La Zarza...
Fuerza Indómita de la Naturaleza

Por Miguel Herrero Uceda
Corresponsal en España

hu@nexo.es


España


   La zarza (Rubus fructicosus) es un arbusto mediterráneo con una gran capacidad de crecimiento; desarrolla numerosas ramas curvadas y espinosas capaz de convertir cualquier paso, en zona infranqueable, incluso ahogando a otras plantas que pueda encontrar en su camino. Estas largas ramas pueden crecer hasta cinco centímetros diarios balanceándose. En la conquista de nuevas zonas, sus ramas escalan paredes, se enredan con la vegetación que encuentre a su paso y la arrolla. Si estos tallos vuelven a tocar tierra, se transforman en nuevas zarzas, pues puede generar raíces desde la propia rama, multiplicándose vegetativamente. Las agudas espinas le sirve tanto para anclarse en su expansión, como para defenderse eficazmente.

   El origen del término zarza es prerromano, probablemente proceda del mismo vocablo que la palabra catalana "xarxa", que significa red, tal es su enmarañamiento. El caminante que encuentra estos arbustos en barrancos, entre piedras o en los bordes de los caminos, sin que llegue a cerrarlos, agradece su presencia ya que la planta le obsequia primero con sus florecillas blancas o rosada y posteriormente con sus frutos: las zarzamoras o moras de zarzal, que son polidrupas comestibles muy dulces.

   Desde la época de los poblados palafíticos, el hombre ha recolectado este fruto para el consumo directo o para preparar jarabes y mermeladas. Sin embargo, en la práctica nunca ha existido un verdadero cultivo de la zarza, porque este arbusto encierra la fuerza indómita de la naturaleza, puede obstruir caminos o inundar las construcciones humanas, haciéndolas inhabitables. Su poder de propagación y crecimiento anárquico es tan grande que resulta infructuosa la espinosa tarea de podarla, en un vano intento de domesticarla. El mismo Dios, para mostrar su soberanía, eligió esta planta para presentarse a Moisés:

Allí se le apareció el Ángel de Yavé en llama de fuego, en medio de una zarza.
Miró y vio que la zarza ardía sin consumirse.
Moisés se dijo: "Voy a acercarme a ver esta gran visión: por qué la zarza no se consume".
Viendo Yavé que se acercaba para mirar, lo llamó de en medio de la zarza diciendo: "¡Moisés! ¡Moisés!".
Y él respondió: "Heme aquí".
Dios le dijo: "No te acerques.
Quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás es Tierra Santa.
" Y añadió: "Yo soy el Dios de tu padre; el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob".

(Éxodo 3,2-6)



   El Ángel de Yavé es el mismo Yavé que se hace perceptible a nuestros sentidos en forma de fuego, símbolo de divinidad, de purificación y de potencia que se puede transformar en destrucción, como la zarza.

   Cuando los jueces gobernaban el pueblo de Israel, había un sector importante que deseaba que todo el país estuviera unificado al mando de un rey, como los beligerantes pueblos vecinos. No obstante, ese interés en otorgar todo el poder a una única persona que se dedicase exclusivamente a manejarlo, a su libre albedrío, significaba un peligro para la supervivencia como nación.

Una vez los árboles se pusieron en camino para ungir un rey que reinase sobre ellos. Dijeron al olivo: "Reina sobre nosotros".
El olivo les respondió: "¿Voy a renunciar yo al aceite con el cual se honra a Dios y a los hombres para ir a balancearme sobre los árboles?".
Los árboles dijeron entonces a la vid: "Ven tú, reina sobre nosotros".
La vid les respondió: "¿Voy yo ha renunciar a mi mosto, que alegra a Dios y a los hombres para venir a balancearme sobre los árboles?"
Entonces todos los árboles dijeron a la zarza espinosa: "Ven tú, reina sobre nosotros".
La zarza espinosa respondió a los árboles: "Si de verdad queréis ungirme por vuestro rey, venid y refugiaos a mi sombra, y si no saldrá un fuego de la zarza espinosa y devorará a los cedros del Líbano".

(Jueces 9,8-15)



   Estas palabras las pronunció Jotán cuando le comunicaron la intención de nombrar rey a Abimelek, y añadió:

"Si habéis obrado con buena fe y con justicia con Jerobaal y su casa en el día de hoy, entonces que Abimelek sea vuestra gloria y vosotros la suya, pero si no que salga fuego de Abimelek y devore a los nobles de Siquem y Bet Milo y que salga fuego de los nobles de Siquem y Bet Milo y devore a Abimelek".

(Jueces 9,19-20)



Acuarela de Antonio Herrero Uceda

   Probablemente Jotán se sirve de una fábula conocida. El apólogo es antidictatorial. El olivo y la vid, árboles cuya preocupación es producir la máxima cantidad de frutos, rechazaron la función de gobernar a otros, de igual forma que Gedeón rechazó la realeza. Sin embargo, Abimelek aceptó, como la zarza espinosa, pero esa aceptación entraña un gran peligro para el pueblo como pronto se vio, el rey usó su poder para asesinar a setenta de sus hermanos. Las tribus no aceptaron este poder central, tras tres años de reinado, no volvió a haber otro rey en Israel hasta un siglo después, cuando Samuél ungió rey a Saúl. El fuego en este párrafo tiene el mismo sentido que en el de la zarza ardiente de Yavé, potencia destructiva, como en seguida se vio en toda su crudeza con las terribles siete plagas sobre Egipto.


   El dios egipcio Osiris primitivamente era el dios de las fuerzas terrestres y particularmente de las vegetales. La zarza era su planta emblemática, se confeccionaban estatuas de Osiris con barro del Nilo, que contenían semillas vegetales, estas germinaban y se formaba entonces los "Osiris vegetantes". Más tarde, dejándose llevar por la obsesión a la muerte que caracterizó a toda la sociedad egipcia, este dios simbolizó la continuidad de los nacimientos y muertes, identificándose con el sol en fase nocturna, por analogía a la semilla enterrada. Así, Osiris pasó de ser el señor la vida vegetal a ser el de los muertos y de la vida eterna, popularizándose su culto en todo Egipto. La zarza dejó de representar al dios, pero por el comportamiento enmarañante y agresor de la planta, identificó a quién por su propia actuación en la vida no puede superar sus instintos ancestrales y emprender un vuelo hacia la liberación, hacia lo celeste.

Es la tierra de Soria árida y fría.
Por las colinas y las tierras calvas,
verdes pradillos, cerros cenicientos,
la primavera pasa
dejando entre las hierbas olorosas
sus diminutas margaritas blancas.
La tierra no revive, el campo sueña.
Al empezar abril está nevada
la espalda del Moncayo
y en las quiebras de valles y barrancas
blanquean los zarzales florecidos,
y brotan las violetas perfumadas.

(A. Machado, Campos de Soria)
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