El Místico Ciprés
Por Miguel Herrero Uceda
Corresponsal en Madrid
hu@nexo.es


España




   El ciprés mediterráneo o Cupressus sempervirens es un árbol de climas cálidos y secos, resiste con dificultad las heladas. No es exigente en el tipo de suelo, lo que permite encontrarlo en cualquier medio, dentro de la cuenca mediterránea. Según algunos autores, su nombre deriva del antiguo nombre de la isla de Chipre “Kypros” donde es especialmente abundante, aunque en la cultura grecorromana el ciprés tiene un origen mítico en el monte Ida, en el centro de Creta; en los escritos de Virgilio se nombra al árbol como ídeos. Lo cierto es que el área original, en tiempos históricos estaba confinada al Mediterráneo oriental y fue el hombre quien lo propagó por la parte occidental.

   Esta especie, tal como es en la actualidad, vivió durante el Plioceno (hace unos 5 millones de años), según los hallazgos fósiles descubiertos en Bulgaria y Polonia.

   Presenta flores masculinas y femeninas en el mismo árbol. Las primeras se identifican por sus amentos amarillos y las segundas por sus conos globulares de color rojizo. Al madurar se vuelven de color pardusco.

   Aunque las hojas son apenas olorosas, su madera es muy aromática y casi imputrescible, gracias a la oleoresina le hace muy resistente al ataque de los insectos y microorganismos; por lo que unido a su resistencia y facilidad de trabajar, la hacen idónea para la construcción naval y para fabricar mobiliario de jardín, armarios y arcones para guardar la ropa. Antaño se hacían cajas de madera de ciprés para guardar los objetos más queridos y estimados.

 

   En medicina popular se utiliza como vasoconstrictor, porque los frutos contienen mucho tanino. De la destilación de sus hojas se obtiene un aceite usado en la industria farmacéutica. Las hojas y semillas trituradas también tienen diversos usos medicinales.

   Al sur de Argelia, en el corazón del Sahara, en una meseta pedregosa y desértica, conocida como Tassili-n-Ajjer, se han encontrado pinturas rupestres que datan de un periodo que comenzó hace 6.000 años. Durante 4.000 estuvieron habitadas, plasmando su realidad y sus ideas en pinturas. Las más antiguas aparecen escenas de caza de herbívoros en medio de una selva; mientras que en épocas más modernas pintaron camellos y escenas que podrían corresponder a los actuales moradores del desierto. Junto a ellos habita un único ejemplar de ciprés, con una edad calculada de 4.000 años, es el único vestigio de vida en una inmensa extensión de terreno.

 
El Ciprés (acuarela)
Antonio Herrero Uceda
 

   Estos hechos indican que este ciprés ha sido testigo de profundos cambios en la ecología de la zona. El motivo de estas transformaciones la tienen la circulación a nivel mundial de vientos secos, provocando dos zonas áridas: en el hemisferio boreal corresponden a los desiertos del Sahara, Arábigo, Irán, Gobi y el de la altiplanicie mejicana; y en el hemisferio austral: el de Kalahari y el Australiano. Durante las últimas glaciaciones estas zonas se han visto modificadas con los cambios climáticos. Hace 8.000 años el polo Sur presentaba una gran expansión de las zonas heladas, por lo que las zonas áridas fueron empujadas hacia el norte, correspondiendo la zona de Tassili al bosque tropical. Desde hace 4.500 años el frío está retrocediendo en la Antártida, por lo que comenzó a avanzar el desierto hacia el sur, como continúa actualmente. Este ciprés milenario ha presenciado como una vegetación exuberante, poco a poco se ha ido muriendo, desapareciendo los animales, los vegetales, el agua y cómo, con el transcurso de tiempo, el desierto invadía su territorio.

   En el patio de la alberca, en el centro del jardín granadino del Generalife, se conserva, como reliquia, el tronco de un ciprés, conocido como “el ciprés de la sultana”, porque según la leyenda fue testigo de los amores furtivos de la esposa de Boabdil, el último rey nazarí, con un caballero abencerraje, de cuya desmedida represalia y el brutal degollamiento de miembros de esta familia, culpa el conocido romance del cambio del curso de la historia.


	Mataste los Bencerrajes,
	que eran la flor de Granada;
	cogiste los tornadizos
	de Córdoba la nombrada.
	!Ay de mi Alhama¡
	Por eso mereces, rey 
	una pena muy doblada:
	que te pierdas tú y el reino,
	y aquí se pierda Granada.
	!Ay de mi Alhama¡.

	             (romance anónimo)
   

   Según algunos autores esta cruel matanza tuvo lugar en el reinado de Muhammad X el Cojo (1445-53). No obstante, toda tradición guarda siempre algo de verdad: está bien documentadas las luchas e intrigas por el poder, entre esta influyente familia y la, no menos poderosa, de los Zaegríes, que llenaron todo el siglo XV y debilitaron al reino granadino, contribuyendo notablemente a su decadencia, hasta llegar finalmente a su desaparición, cerrando ocho siglos de dominio musulmán en España.

   Es inconfundible el aspecto de este árbol, por su copa estrecha y afilada, particularmente cierto en la variedad stricta. Sin duda la visión más original e imaginativa se deba a Hans Christian Andersen.


	¿Y qué habría detrás de los Pirineos?... 
	El resplandor del gran farol colocado al frente del carruaje esclarecía la carretera,
	iluminando las hileras de pinos y plátanos; más allá se alzaban,
	como signos de admiración, esbeltos cipreses: "paraguas cerrados",
	hubo quien así los llamó. Aquí, en la atmósfera sutil y despejada parecían decir:
	se acabaron las lluvias y los chubascos, puede cerrarse el paraguas,
	porque corres por el país del verano, por España. La luz del farol
	se proyectaba sobre "los paraguas', o sea, sobre los cipreses,
	pero no trascendía allá lejos, donde el Tohuvabohu bíblico,
	el caos fundido en las sombras, el misterio,
	formaban un valladar que confinaba nuestro mundo.
	De lo que habría allí detrás sabíamos tan poco... 

	                               (Hans Christian Andersen, Viaje por España
   

   El ciprés es un árbol sagrado entre numerosos pueblos, pues es símbolo de inmortalidad, gracias a su longevidad, a su verdor persistente por el follaje perenne, a la incorruptibilidad de su madera y a su forma estilizada, diríase espiritual.


	Silencioso ciprés que en la limpia tersura
	del estanque retratas tu severa figura,
	que levantas la cresta,
	por la luna argentada,
	al magnífico enigma de la noche azulada
	besando las arcadas de oro con tu sombra
	y barriendo luceros en la celeste alfombra;
	algo grande hay en ti que me invita a pensar,
	y a soñar, y a sentir, y a morir, y a cantar;
	algo grande y divino que endulza el sufrimiento
	que en las horas de angustia y de aniquilamiento
	aquel lácteo camino me señala del cielo
	y levanta mis ansias y despierta mi anhelo.
	cual si hubiese en tus frondas algo que sueña y siente
	el latido fraterno de un corazón ardiente...

	                    (Fray Justo Pérez de Urbel, El ciprés del claustro)	
   

   Sin embargo al ser símbolo de inmortalidad, nos recuerda nuestra propia mortalidad, por lo que desde antiguo conserva esa dicotomía de lo positivo, frente a lo negativo:

   En la mitología clásica está ligado al culto de Hades, el dios de los infiernos, es el árbol de las regiones subterráneas. Los pitagóricos órficos recomendaban huir del ciprés de Hades. Cipariso, uno de los amores desgraciados y masculinos de Apolo fue castigado convirtiéndose en ciprés.

   Mientras que por otro lado, en un texto cretense del siglo II a.C. aconsejaba beber de la fuente eterna donde está el ciprés.

   También es un símbolo de duelo, por asociar a la idea de inmortalidad con la de la resurrección de los muertos. Por otro lado, el teólogo Orígenes ve en el ciprés el compendio de las virtudes espirituales, llegando a afirmar que su olor es el de la santidad. Actualmente sirve de contrapunto ver en las antiguas ruinas de civilizaciones, que hace milenios desaparecieron, plantada su alargada silueta junto a algún antiguo monumento, formando una estampa especialmente pintoresca: lo artificial junto lo natural, lo pasajero junto a lo eterno.

   Existen otras especies de ciprés, en otros lugares, donde también se le asocia el mismo simbolismo sagrado y de inmortalidad.

   - En Japón la madera del ciprés hinoki (Chamaecyparis obtusa) es especialmente seleccionada para los ritos del shinto, la edificación de templos y construcción de instrumentos musicales sacerdotales.

   - En la China antigua, se consumían semillas de ciprés, pues pensaban que así conseguían la longevidad. También aseguraban que si se frotaba los talones con la resina, se podía andar sobre el mar (que universalmente significa inmensidad y eternidad). La llama obtenida por las combustión de las semillas permitía diferenciar de otras sustancias, de engañoso parecido, al jade y al oro, símbolos de pureza, inmortalidad, poder y nobleza.


	Enhiesto surtidor de sombra y sueño
	que acongojas el cielo con tu lanza.
	Chorro que a las estrellas casi alcanza
	devanado a sí mismo en loco empeño.
	Mástil de soledad, prodigio isleño;
	flecha de fe, saeta de esperanza.
	Hoy llegó a ti, riberas de Arlanza,
	peregrina al azar, mi alma sin dueño.
	Cuando te vi, señero, dulce, firme
	qué ansiedades sentí de diluirme
	y ascender como tú, vuelto en cristales,
	como tú, negra torre de arduos filos,
	ejemplo de delirios verticales,
	mudo ciprés en el fervor de Silos.

	                                (Gerardo Diego, El ciprés de Silos) 

   



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