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Entre ecólogos y ecologistas existen tensiones y contradicciones. Más allá de su interés común en los temas ambientales, unos y otros parecen representar dos perspectivas de trabajo tan distintas que han desembocado en una controversia que ilustra, una vez más, las semejanzas y diferencias entre activistas y científicos. Hay quienes defienden enfáticamente las diversas acciones de grupos ecologistas por la protección de la Naturaleza: desde protestas callejeras contra los ensayos nucleares a los arriesgados jóvenes que en alta mar se enfrentan a barcos balleneros. Otros, en cambio, felicitan a los científicos que trabajan en ecología, sea recogiendo muestras en un manglar o llenando sus planillas en la computadora. Hoy por hoy, desde la militancia, los activistas reclaman compromisos sociales a los académicos, cansados con su "neutralidad científica". Por su parte, hay ecólogos universitarios que rehuyen del ambientalismo, tildándolo de charlatanería. Complicando aún más el panorama, no son pocos los ecólogos que se han transformado en ambientalistas y nutren al movimiento social con los datos y las guías que aportan su actividad científica. Este tira y afloje entre ecólogos y ecologistas se ha mantenido por largo tiempo y pueden recordarse múltiples ejemplos. Meses atrás, se desarrolló en Estados Unidos una polémica académica sobre la validez de los datos técnicos acerca del recalentamiento planetario, la que a su vez desembocó en reclamos de los grupos ecologistas. La respuesta de "no hay evidencia científica concluyente" tan sólo agita las aguas ambientalistas. En el propio ámbito de los ecólogos latinoamericanos el tema es recurrente. Recuerdo que tiempo atrás, durante el Primer Congreso Latino Americano de Ecología, que tuvo lugar en Montevideo en 1989, el ecólogo Eduardo Fuentes, de la Universidad Católica de Chile, defendía una visión de la ecología replegada en el mundo biológico. Pocos años más tarde, la sociedad de ecología argentina fue objeto de críticas cuando en una de sus reuniones anuales excluyó trabajos en áreas como la educación ambiental o la ética ecológica. En líneas generales, tanto las asociaciones científicas como las universidades como instituciones, no han jugado en papel protagónico en el debate ambiental. Sí han existido prominentes figuras individuales desde la universidad, y sobre todo universitarios que han desarrollado una ciencia militante desde otros ámbitos, como las ONGs. En cambio, los ecologistas han sido promotores de la temática ambiental, tanto desde la denuncia como la propuesta, buscando una ecología comprometida con la conservación. Varios artículos en números anteriores de Ambien-tico ilustran ese dinamismo. Situaciones de este tipo se repiten tanto en América Latina como en los países industrializados, y en realidad reflejan dos maneras de concebir a la ecología. Una enfatiza la investigación básica, orientada a conocer la distribución y abundancia de los animales, plantas y microorganismos, dejando en un segundo plano la conservación y la participación del hombre en el ambiente, sea por argumentos de corte epistemológico (neutralidad valorativa) como de objetivo de estudio (énfasis en componentes naturales). La otra estudia al hombre integrado a su entorno, y avanza sobre las consecuencias de la acción humana sobre el ambiente, opinando sobre una multiplicidad de temas, no sólo los relativos a la Naturaleza, sino en terrenos como los políticos y económicos, toda vez que ese entorno natural esté en juego. Corrientemente se sostiene que la primera tendencia es propia del desarrollo de la ecología, desde su nacimiento en las ciencias naturales a fines del siglo pasado. Por el contrario, la segunda vertiente sería mucho más reciente, originándose en la eclosión de denuncias sobre los problemas ambientales en los años 60, y fructificando con el surgimiento de los movimientos ambientalistas y los partidos verdes. Sin embargo, revisando uno de los artículos fundadores de la ecología como disciplina científica, es posible descubrir un aspecto novedoso que no ha recibido la atención que merece. El ensayo, escrito por el botánico inglés A. G. Tansley, y publicado en 1935 por la ya prestigiosa revista técnica Ecology, estaba dedicado al "uso y abuso de los conceptos y términos de la vegetación" en ecología (1). Allí se postula por primera vez la palabra ecosistema y se brinda una nueva visión de cómo está ordenada la Naturaleza. No está demás recordar que el concepto de ecosistema revolucionó los estudios ecológicos y que el término ha perdurado hasta nuestros días. Tansley primero rescató el concepto de sistema, como conjunto de elementos que se relacionan entre sí, y seguidamente concibió que un sistema ecológico integraba tanto a los seres vivos (como plantas y animales) como el marco físico que los sostiene (el suelo, el agua, la atmósfera). Así, la idea de ecosistema dió la llave para estudiar los flujos de materia y energía entre componentes vivos y no vivos del ambiente, su estructura y organización, y dejó firmemente establecida la noción de relación. Anclado en el concepto de ecosistema se desarrolló la ecología básica, al amparo de los laboratorios universitarios y los servicios de vida silvestre de los gobiernos. Los catedráticos disertaban sobre la eficiencia de las plantas verdes en convertir la energía del Sol en materia orgánica o la competencia entre las aves en acceder a su alimento. Se estudiaba el mundo animal y vegetal, y se excluían a los seres humanos. La audiencia de estos esfuerzos estaban en las aulas universitarias y los colegas científicos, y difícilmente alcanzaban las páginas de los diarios. Todo eso cambió drásticamente con el surgimiento de estudios sobre el impacto negativo del ser humano sobre la Naturaleza que alcanzaron científicamente robusto, ya que el "análisis científico debía penetrar debajo de las formas de las entidades 'naturales'", y tampoco sería de utilidad práctica, en tanto "la ecología debía ser aplicada a la condiciones desencadenadas por la actividad humana". Para Tansley el estudio del hombre integrado al ecosistema era parte de la más seria ecología como ciencia: "Tanto las entidades 'naturales' como sus derivados antropogénicos deben ser analizados en términos de los conceptos más apropiados que podramos encontrar". Esas ideas de Tansley no tuvieron consecuencias directas en los programas de investigación científica. Los ecólogos olvidaron el papel del ser humano inserto en el ambiente, y no pocas veces reaccionaban contra aquellos que lo intentaban. Los laboratorios de las universidades no fueron los grandes motores de una "ecología humana", y en gran medida el despertar ambientalista se debe al empuje y tezón de individuos que tuvieron que actuar por fuera de la academia. La ecología se desarrollo esencialmente como investigación básica, y secundariamente como ciencia aplicada. Desde esa premisa prevaleció la perspectiva de Pinchot, que enfatizaba la distribución justa de los recursos naturales, su aprovechamiento eficiente, y el control estatal de su uso. De hecho, el concepto de ecosistema, otras de las ideas de Tansley, se convirtió en un instrumento de análisis cartesiano: se descomponía a la Naturaleza en sus partes, se desentrañaba su funcionamiento, y a partir de ese conocimiento se podía realizar una gestión técnica óptima. El concepto de ecosistema es manipulativo, y por lo tanto se diferencia de otros instrumentos de comprensión relacionales (4). Por el contrario, Leopold sostenía que la conservación era algo más que la maximización de la captura de animales silvestres, y donde la complejidad de los ecosistemas era tal, que era muy difícil encarar la gestión ambiental bajo criterios de utilidad (5). Tanto esa polémica como la actual, muestran que en realidad existe un problema más profundo que antecede a la dicotomía entre ecólogo y ecologista: hay dos perspectivas científicas diferentes de la ecología. Una, de corte instrumental, proclama la neutralidad; la otra, convive con los compromisos éticos. Donald Worster advirtió este hecho en la historia de la ecología como ciencia, calificándolo como una lucha entre dos visiones rivales sobre la relación del ser humano con el entorno: "una visión dedicada al descubrimiento del valor intrínseco y su preservación, la otra a la creación de un mundo instrumentalizado y su explotación" (6). La visión instrumental se atrinchera en la superioridad de la academia y no necesita articularse con un movimiento social; la otra, en cambio, se vincula con los movimientos sociales y su compromiso ético. La ecología instrumental cuando se relaciona con la sociedad cobra la forma del eco-management, el free-market environmentalism o el eco-marketing. Esta distinción tiene a su vez raíces más profundas, como el mismo Worster reconoce, retrotrayéndose a por lo menos el siglo XVIII. Recordando a Max Horkheimer y Theodor Adorno en su "Dialéctica del iluminismo", señala una la lucha entre una postura donde la razón sirve a la liberación y la trascendencia, y la otra, donde la razón se transforma en un medio de dominación y manipulación, del hombre y de la Naturaleza. En forma análoga, aunque no específicamente dedicada a la ecología, hace unos años atrás sostenía que las ciencias hoy dominantes se basaban en una racionalidad instrumental-manipuladora, inspirándome también en Horkheimer, además de Marcuse y Habermas (7). Este último autor considera que la ciencia y la técnica se han convertido ellas mismas en ideología. Medio siglo después de las advertencias de Tansley, y de las polémicas de Pinchot y Leopold, a pesar de la avalancha contemporánea de agrupaciones ambientalistas, y en contra de la profusión de estudios en filosofía de la ciencia, el debate continúa. Instituciones tan prestigiosas como el MIT, se promovían un año atrás, en un foro telemático sobre ecología. Noss, uno de sus más decididos promotores, reconoce "que la ciencia puramente objetiva, libre de valores, es un mito tan grande como el del cowboy, los biólogos todavían pueden buscar respuestas a las preguntas científicas sobre la conservación de una manera razonablemente sin desviaciones" (11). La biología de la conservación se presenta a sí misma como una disciplina científica, pero con un propósito: la protección de la Naturaleza; y con una creencia fundamental: que la biodiversidad es buena en sí misma, y por ello debe ser protegida (12). Se siga ese camino u otro, los ecólogos deberían aplicar todo su rigor científico también para estudiar las relaciones entre el ser humano y el ambiente, y con ello comprometerse en los debates socioambientales. Por su parte, los ecologistas no deberían olvidar que necesitan de la ciencia para descubrir allí donde no es aparente, los grandes problemas ambientales y sus repercusiones. Sigue siendo necesario un toque de respeto en una y otra corriente, donde los ecólogos deberían mirar con mayor humildad la militancia ecologista, la que ha sido, a fin de cuentas, la que sustenta la importancia del trabajo científico, mientras los ecologistas deberían reconocer la necesidad de pausas para la reflexión y la investigación. Notas 1. Tansley, A.G. 1935. The use and abuse of vegetational concepts and terms. Ecology 16(3): 284-307. 2. Carson, R.L. 1960 (1980). Primavera silenciosa. Grijalbo, Barcelona. 3. Los principales antecedentes del ambientalismo contemporáneo se discuten en Bramwell, A. 1989, Ecology in the th century: a history, Yale Univ. Press, New Haven, y Worster, D. 1993, The wealth of Nature. Environmental history and the ecological imagination, Oxford Univ. Press, New York. 4. Golley, F.B. (sin fecha), Historical origins of the ecosystem concept in biology. 5. Un buen resumen de estas posturas se presenta en Whither conservation ethics?, por J.B. Callicott, 1990, Conservation Biology 4(1): 15-. 6. Worster, D. 1977. Nature's economy. A history of ecological ideas, Cambridge Univ. Press, Cambridge. 7. Gudynas, E. 1992. La reconstrucción de las ciencias. Una contribución desde la ecología social, Pensamiento Multidiverso 1: 1-43pp. 8. BF Ecólogos -vs- ecologistas?, resumido del Foro Telemático Ecología y Evolución del MIT, en Revista del Sur 5(48): 38. 1995. 9. ESA (Ecological Society of America). 1991. The sustainable biosphere initiative: an ecological research agenda. Ecology 72(2): 371-412. 10. Wilson, E.O. 1995. Naturalist. Warner, New York. 11. Noss, R.F. 1994. Cows and conservation biology. Conservation Biology 8(3): 613-616. 12. Noss, R.F. y A.Y. Cooperrider, 1994, Saving Nature's legacy, Island Press, Washington. Eduardo Gudynas
Centro Latino Americano Ecología Social, Casilla Correo 13125, Montevideo 11700, Uruguay. claes@adinet.com.uy |
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