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Argentina, el país de los seis continentes



Las estancias argentinas

Las estancias argentinas son establecimientos agro-ganaderos cuyo casco o residencia principal, generalmente mansiones del siglo pasado, han sido adaptadas para recibir huéspedes. Abarcan grandes extensiones de tierra donde el ganado pasta libremente y los sembradíos aprovechan las excepcionales condiciones de la tierra. En algunos casos, el casco de la estancia está conformado por una recidencia señorial, un palacete o una mansión estilo inglés o francés, lujosamente amueblada y con las comodidades de un hotel de primera categoría. En otros, las viviendas conservan el atractivo estilo colonial, con una elegancia austera y refinada, y ambientes que evocan la personalidad de esta tierra.





Las estancias pueden estar ubicadas en la Pampa, en la Patagonia o en otras zonas del país, pero todas tienen la particularidad de que, además de ofrecer un confortable alojamiento, permiten participar al visitante en las actividades típicas del campo argentino.

Los huéspedes pueden realizar paseos a caballo, prácticas deportivas, recorridos de observación de la flora y la fauna del lugar, así como compartir las cotidianas actividades de los gauchos que trabajan en el campo.

Las tareas más habituales son el arreo del ganado, la esquila de las ovejas, el marcado de animales, la yerra de vacunos, y también suele ser común presenciar una doma o jineteada, una payada - competencia de versos improvisados cantados y acompañados por guitarras - además de otras actividades relacionadas con el trabajo de campo y el folklore local.

El alojamiento en estancias permite disfrutar de una exquisita gastronomía basada en las excelencias de las carnes y los afamados vinos argentinos. Hay que pensar que las estancias son el centro de producción de donde sale la carne que ha logrado una excelente reputación mundial, por su extraordinaria calidad, por lo que un asado de tira, unas anchuras o un bife cocinados a la usanza argentina, contará con la mejor materia prima.

La aparición de las estancias trajo aparejada la transformación del espacio vacío y sin límites que conformaba el ámbito rural argentino, que se convirtió en una superficie racional de producción, y llevó a este país a ubicarse entre los primeros productores mundiales de carnes y granos.

Esta conversión influyó notablemente en la vida del gaucho, que de habitante errante y rebelde de estas llanuras pasó a ser trabajador, capataz y personaje fundamental en la vida de estos establecimientos.

Otro protagonista central en el intenso trajín de las estancias es el estanciero o hacendado, dueño de las tierras, propietario del ganado y quien dirige la explotación del establecimiento.

En tiempos de apogeo, cuando se levantaron las mansiones que hoy sirven de alojamiento a los visitantes, los estancieros solían vivir largas temporadas, durante el otoño e invierno argentino, en París o en Londres, para regresar y hacerse cargo de sus posesiones en la primavera y el verano de este país.

Las modernas tecnologías incorporadas a los establecimientos agropecuarios y los requerimientos del mercado internacional, hicieron comprender al hacendado que debía brindar mayor tiempo a la explotación agropecuaria, poniéndose al frente de la misma. Entendió que las excepcionales condiciones de la tierra y el clima de la pampa, no bastaban para asegurar su rentabilidad; que también era necesaria una administración racional.

Hoy en día todos esos establecimientos cuentan con el apoyo de ingenieros agrónomos y administradores, alternando los hacendados entre el campo y la ciudad.

En definitiva, las mansiones y palacetes de estilo y elegancia europea, vestigios coloniales y atmósfera criolla, levantados por aquellos pioneros, en el marco de una naturaleza pródiga, conforman la sugerente propuesta turística de las estancias argentinas.

El turismo en estancias es incluido por muchos tours operadores que organizan excursiones a la Argentina, ofreciendo a sus clientes la posibilidad de alojarse en esta clase de establecimientos, de disfrutar de una singular modalidad vacacional, o simplemente, conocer un lugar distinto, típico de la Argentina.

Ahora bien, una vez decidido el viaje, resulta necesario conocer y tener en cuenta algunas particularidades propias del alojamiento en estancias.

A diferencia de un hotel, en la estancia, el visitante recibe un servicio más personalizado que, en todo caso, lo hace sentir como un invitado especial del dueño de casa, más que como un huésped de hotel.

Uno de los objetivos primordiales de este tipo de turismo es la posibilidad de acercarse a una privilegiada naturaleza incontaminada, vivir las costumbres y tradiciones del campo argentino y participar de una amplia oferta deportiva y recreativa.

Las estancias otorgan al visitante la posibilidad de compartir los cotidianos momentos de la vida del gaucho, verlo trabajar sobre su caballo, otro actor principalísimo en este gran escenario.

Los caballos traídos por los conquistadores españoles en 1536, en ocasión de la fracasada primera fundación de la Ciudad de Buenos Aires, se dispersaron, multiplicándose vertiginosamente a lo largo y a lo ancho de las inconmensurables llanuras pampeanas, a partir de una fácil adaptación a su nuevo hábitat, dando origen, con el correr del tiempo, a una nueva raza: el caballo criollo.

Noble y fiel por instinto, de gran docilidad, ágil y de extraordinaria resistencia a las grandes distancias, terminaron por hacerse grandes amigos del hombre. Los indios los usaron para desplazarse y con ellos llevar a cabo los grandes malones sobre los poblados situados en el umbral de la frontera que separaba la civilización del desierto salvaje. El ejército regular y el de montoneras los utilizaron en las guerras de guerrillas y en las grandes batallas emancipadoras. En la paz se convirtió en vehículo de progreso. Pero indiscutiblemente fue el gaucho -que estuvo en todas - el que logró, cabalgando en él las vastedades de la región, forjar su legendaria imagen de centauro indomable de las pampas argentinas.

Y son los descendientes de aquellos gauchos - los paisanos criollos de hoy - y de aquellos caballos, los que continúan porfiadamente unidos en las tareas del campo; y pueden verse en las estancias argentinas manteniendo la vieja estampa de siempre, que se niega a ser otra cosa. Una historia que hicieron juntos.

Es así que lo que parecería audacia es solo experiencia y habilidad acumulada a través de los tiempos. Basta para comprobarlo, ser espectador de un doma de potros, contemplar la imponencia de un rodeo de cientos de reses conducidos al destino propuesto, los emocionantes momentos de una yerra, o las pruebas de destreza y maestría en el manejo de sus caballos, que los paisanos suelen realizar como si se tratara de un juego o de una competencia por mostrarse el mejor.

Las estancias son establecimientos agropecuarios en pleno funcionamiento, con una forma peculiar de vida en la que se practican y respetan viejas tradiciones. Es comprensible que existan reglas propias en cuanto a la atención y al comportamiento que se espera del visitante.

Salvo que lo estén esperando, no es prudente que el viajero se presente de noche o a la hora de la siesta, ya que durante esos horarios de descanso, difícilmente alguien más que los perros saldrán a recibirle.

Presentarse por el nombre y apellido y con un franco apretón de manos, suele ser lo que en un hotel equivaldría a registrarse. Si bien lo normal es que se incentive al visitante a participar en todo tipo de actividades, no se considera adecuado que un forastero se inmiscuya en la preparación de un asado, moviendo el fuego o manipulando las carnes, ya que esta tarea está reservada a un especialista, por lo general muy celoso de su trabajo.

Sin embargo, y sólo si se le pregunta, se mostrará solícito en explicar, con lujo de detalles, los "secretos" de las distintas formas y modos de hacer un típico asado a la criolla.

El mate es otra de las costumbres, con todo un ritual de comportamientos, de la que resulta conveniente conocer algunas reglas de cortesía. Participar en una ronda de mate, acerca a la gente y elimina toda diferencia entre huésped y anfitrión, o entre peón, capataz y hacendado.

Tal es la razón por la que siempre es recomendable aceptar el convite, si se incorpora a una ronda. El primer mate es para quien lo ceba (sirve) que puede escupirlo a la tierra, por formar parte de ese ritual o, simplemente, por estar aún frío o amargo.

Sólo se debe decir gracias cuando no se desea tomar más, pero si se agradece después de probar el primer mate, es muy probable que se lo considere como un signo de desprecio. Bajo ningún concepto habrá que limpiar la bombilla - tubo de succión -, moverla o soplar en lugar de absorber. Hay que limitarse a succionar el líquido hasta agotarlo, devolver el mate al cebador y esperar a que, luego de cumplir la vuelta, le toque nuevamente.

Compartir el mate en una estancia, o en cualquier lugar de este país, es la mejor manera de acortar distancias y relacionarse con la gente.

Las estancias son una parte inseparable de la historia del país y aún hoy conservan una presencia vigorosa en la economía nacional. Desde fines del siglo pasado se establecieron en todo el territorio argentino, desde el norteño Valle de Lerma, en la provincia de Salta, hasta la zona más austral, en Tierra del Fuego.

Constituyen una oportunidad única de conocer y disfrutar los distintos paisajes y particularidades dominantes en las regiones del noroeste, de la pampa, la patagonia, del extremo sur o de la mesopotamia argentina, y descubrir las confortables mansiones, los usos y costumbres típicos del campo, la naturaleza pura, generosa y pródiga, y una gente sencilla, franca y de trato amistoso.




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