El Agua
Un recurso renovable pero limitado


Por el Dr. Luis Fernández


El agua, el elemento clave para la subsistencia de la vida, ha sido siempre indispensable para la viabilidad y desarrollo de toda civilización. Por sus particulares propiedades físicas y por sus cualidades para disolver y transportar otras sustancias, no es extraño que en ella se haya originado y desarrollado la vida, que tenga un significado espiritual tan profundo en la mayoría de las religiones y que sea tan particularmente susceptible para las acciones contaminantes.

Desde los canales de riego contiguos al Nilo, hace más de cinco mil años, el hombre ha ideado las formas más ingeniosas para aprovechar un recurso del que no puede prescindir, ha analizado dificultades y soluciones para la provisión de los grandes núcleos urbanos, la entrega de caudales a las pequeñas y grandes extensiones de cultivo, a la industria, a las actividades mineras, a la producción hidroenergética. Se ha enfrentado de diversas maneras con la escasez, la sobre abundancia y la mala calidad, ha construido obras hidráulicas para encauzar, regular, corregir y manejar el recurso, a fin de dar respuesta a los requerimientos y necesidades básicas de las comunidades.

A toda esta gama de acciones para el conocimiento y manejo del agua, germen de vida, en las tres últimas décadas se ha agregado la necesidad de enfrentar seriamente el deterioro del recurso por la persistente acción contaminante de las actividades humanas. Va de suyo que algunos de los factores contaminantes son incontrolados por el hombre, pero otros dependen directamente de su acción. Los deshechos industriales, domésticos y agrícolas pueden transformar los lagos, ríos y arroyos en cloacas a cielo abierto, y los acuíferos en inservibles para cualquier uso (cuya percepción no es inmediata por la lentitud de la dinámica subterránea).

No únicamente la contaminación produce deterioros. Cuando se implementan programas de riego mal diseñados y no se planifica adecuadamente el uso del agua, los efectos son: la revenición, salinización, desertificación y erosión. La resultante, es la pérdida de capacidad productiva de los suelos que lleva inmediatamente a la escasez de alimentos, situación grave en un mundo con un crecimiento poblacional cercano a los 90 millones de habitantes por año.

Según la FAO a partir de 1950 se ha triplicado el consumo del agua en todo el mundo. Mientras que el consumo por habitante ha aumentado casi en un 50% (800mts. cúbicos por habitante, siendo el sector agrícola (70% del total) y el sector industrial (20% del total) son los que utilizan la mayor parte del agua que se consume.

Actualmente, la cuarta parte de los países del mundo tiene insuficiencia de agua tanto en cantidad como en calidad, con lo cual no cabe duda que un uso más intensivo e inapropiado del recurso aumentará los riesgos para la población y supone una grave rémora para la producción alimentaria, para el desarrollo económico y para la protección de los ecosistemas.

Las repercusiones de los cambios en la calidad de los recursos hídricos se advierten tanto por sus efectos directos en la salud humana al potenciar enfermedades de origen hídrico, como por los inconvenientes que ocasiona para otras formas de vida y por dar lugar a la realización de esfuerzos especiales para su tratamiento.

Algunas investigaciones han estimado que el 80% de todas las enfermedades y el 33% de las muertes en los países en desarrollo están relacionados con la inadecuada calidad del agua y según el estudio del PNUMA "cuatro de cada cinco enfermedades endémicas en los países en vías de desarrollo se deben al agua sucia o a la falta de instalaciones sanitarias" y la Organización Mundial de la Salud (OMS) informó que las enfermedades ligadas al modo de vida y al ambiente son responsables de las tres cuartas partes de los 49 millones de defunciones que se producen en el planeta cada año, y, medio mundo -2.500 millones de personas- sufren enfermedades asociadas a la contaminación del agua y a la falta de higiene, señalando una estrecha correlación entre la insuficiencia y calidad del recurso y la ocurrencia de enfermedades de origen hídrico.

Conciente del deterioro y mal uso del agua, la Agenda 21 (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Ambiente y Desarrollo Río de Janeiro, Junio de 1992), le ha dedicado el capítulo 18 en el cual, entre otros conceptos señala que: "...la escasez generalizada de agua, su destrucción gradual y su creciente contaminación,..., exigen una planificación y una ordenación integrada de los recursos hídricos...", proponiendo "...planes de utilización racional del agua mediante una mayor conciencia pública, programas de educación, etc..."

Satisfacer las necesidades humanas respetando los términos económicos, ecológicos y políticos que impone el agua, conlleva un trato totalmente nuevo de este elemento. A lo largo de la historia, nuestra filosofía de tratamiento del agua ha sido la de apurar hasta el límite, disponiendo de los recursos naturales en cualquier medida que lo permitieran las posibilidades ofrecidas por que lo permitieran las posibilidades ofrecidas por la tecnología. La sociedad moderna ha dado en considerar el agua como un recurso que está a nuestro alcance inmediato y sin limitación, en lugar de un elemento vital básico que sustenta el orden natural del que dependemos.

Colocar los problemas del agua en el centro de la discusión nos remite seriamente al quiebre del hombre con la naturaleza, a la pobreza y la mal nutrición que asola a gran parte de la humanidad, y a las crecientes inequidades en el orden internacional.

Simultáneamente con el agravamiento del deterioro ambiental, las condiciones económicas de la población en la mayoría de los países en desarrollo se han estancado o degradado acentuándose las diferencias de ingresos de los países ricos con los pobres. Así, mientras en la década del 60, la diferencia de ingresos era de 30 a 1, en la década del 90 es de 60 a 1.

En este momento, los países desarrollados, con el 20% de la población mundial, controlan el 85% de las finanzas mundiales y los países subdesarrollados que concentran el 80% de la población mundial, sus economías sólo representan el 22% del P.B.I. del planeta.

El 20% de la población mundial que concentra la mayor riqueza aumentó su participación en el ingreso global de un 70 a un 85% en los últimos 30 años. Aquellas naciones en donde habita el 20% más pobre de la población mundial, participaban a principios de los años 90 con apenas el 3,6% de los ingresos del planeta contra el 4,9% que les correspondía en los años 60. Actualmente, ya más de mil millones de personas viven por debajo de la línea de pobreza, definida por un ingreso anual de 370 dólares, esto es, un poco más de un dólar por día.

El Proceso de reconfiguración económica conlleva una marcada y continuada polarización en la distribución de la riqueza. ¿Se podrá mantener semejante orden mundial donde una minoría controla los recursos de este mundo?, (el 6% de la población mundial goza del 50% de ingreso.

No debemos olvidar que cada vez son más los invitados a la mesa del mundo y son mayores sus necesidades y legítimas aspiraciones y que el agua, elemento básico para cualquier forma de existencia, que surte acueductos, sistemas de riego, minería e industria, generación de electricidad, vía de transporte y comunicación y, además, el principal escenario donde desarrollamos nuestro ocio y descanso, está repartida de manera desigual o con un aprovechamiento inadecuado (se despilfarra, se malgasta o se contamina) dividiendo a los hombres en privilegiados o no.

Muchos hogares de países desarrollados llegan a consumir diariamente más de 2000 litros de agua de buena calidad. Al mismo tiempo más de 1700 millones de personas escasamente pueden acceder a este vital elemento o bien no tienen acceso a un agua segura. (la Organización Mundial de la Salud considera ideales 150 litros por día).

La vida en nuestro planeta surgió del agua y desaparecerá cuando ésta nos falte. Tan evidente y rotundo enunciado sirve para delimitar el lugar que ocupa un elemento que siempre ha sido inoloro, incoloro e insípido pero que ahora, además de indispensable, es inapreciable y, sobre todo, insuficiente.

Nuestra agricultura, nuestras ciudades y nuestras industrias están estrechamente vinculadas al agua y su existencia estaría amenazada si perdiéramos la capacidad para regularla y manejarla: en lugar de estar constantemente tratando de abarcar más, hemos de empezar a mirar hacia nuestro entorno; nuestras regiones, nuestras comunidades, nuestras casas y nosotros mismos, a fin de hallar maneras de satisfacer nuestras necesidades al tiempo que respetamos las funciones básicas de sostén de la vida que el agua desempeña.

Recordemos que las dos terceras partes de nuestro país tienen déficit hídrico, mientras se manifiestan excesos en distintas zonas. Esta distribución irregular, ya sea espacial o temporal (variabilidad de caudales), unidas a una inadecuada gestión, generan serios problemas ambientales; a lo que debemos agregar la intensa ocupación del espacio sobre el Litoral Húmedo (concentra aproximadamente las 3/4 partes de la población total del país), con su conocida importancia político-económico-social y cultural.

La situación mundial en relación con los recursos hídricos es de una gravedad inocultable; la escasez, el mal uso y la también mayoritaria creencia popular acerca de su abundancia, han determinado una excesiva y desaprensiva utilización del recurso lo que plantea una grave y creciente amenaza para la seguridad alimentaria, la salud humana y los ecosistemas de los que dependen aquellos.

Nos estamos dando cuenta que nuestro estilo de vida no es sostenible; que estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades. En aras del desarrollo, estamos deteriorando la base de recursos de los cuales depende nuestra capacidad de sobrevivir en esta tierra y el mundo, que ayer creímos infinito en superficie y recursos, hoy lo vemos en otra dimensión, agredido en sus mares, bosques y suelos dando muestras de clara extenuación.

El ambiente -físico y social- que alberga y condiciona el quehacer humano, y que lo deseamos y necesitamos sano, seguro, propicio y estimulante para que los individuos y las comunidades humanas desplieguen sus mejores posibilidades materiales y espirituales, está limitado, perturbado y amenazado. Dentro del panorama general del uso y deterioro de los recursos naturales es importante recordar que, entre los llamados recursos soporte (¿Renovables?) el agua es uno de los más agredidos.

El cambio experimentado en nuestra relación con la Tierra desde la Revolución Industrial, en especial a lo largo de este siglo, -y con mayor evidencia durante las últimas décadas- está provocando en la actualidad graves perjuicios en el sistema hidrológico mundial.

La crisis hídrica es, en estos momentos, una de las mayores preocupaciones ambientales y podría señalarse que asumirá niveles de mayor criticidad, lo que la convertiría de hecho en la crisis ambiental por excelencia del siglo XXI.

Esta percepción, que al presente nadie discutiría, no se valoró adecuadamente en el pasado. Fue necesario constatar la pérdida de la navegabilidad de nuestros ríos por erosión o sedimentación, la profunda e irreversible degradación de extensas superficies de suelo -con pérdida de la cubierta vegetal en vastas zonas rurales-, las severas limitaciones en la disponibilidad de agua potable, la contaminación de los grandes reservorios de agua por residuos de la actividad doméstica o por vertidos industriales o por el excesivo uso de agroquímicos o por derrames de hidrocarburos; los procesos de desforestación -ya sea por el avance de la frontera agropecuaria o por un aprovechamiento forestal insostenible- causa principal de la pérdida al por mayor de la biodiversidad; la actividad torrencial, inundaciones, sequías, aluviones, avalanchas y deslizamientos de suelos, etc., para redimensionar la magnitud de la crisis hidro-ambiental, crisis que se hizo más visible a partir de la primera mitad del presente siglo, generando múltiples impactos sociales que afectan la calidad de vida de amplios sectores de población.

Los recursos hídricos están, ciertamente, en condiciones de desarrollar todos los usos posibles y satisfacer todas las demandas requeridas. Pero no podemos pedirle que responda simultáneamente a todos ellos, ya que algunos usos se contraponen y algunas demandas se contradicen.

Es ampliamente conocido que las actividades humanas y el uso de agua que ellas generan crean conflictos entre la fuente y los residuos de cada actividad en particular, no sólo desde el punto de vista cuantitativo sino también cualitativos. El concepto de usos múltiples del recurso se transforma en utopía cuando lo trasladamos del contexto global al que alude, para aplicarlo con ingenuidad a las realidades particulares.

Estas interferencias en la utilización y aprovechamiento del recurso hídrico de forma mas conciente y eficaz, con repercusiones netamente ambientales, adquiere una dimensión superlativa al adicionarse el problema jurisdiccional y la dificultad de articular y coordinar las instituciones a cargo de su manejo.

Tradicionalmente el manejo de los recursos hídricos en la mayoría de los países ha sido, y agrego, es, fragmentado, con la responsabilidad, sobre los diversos aspectos del mismo adjudicada a diversas organizaciones. Son pocos los modelos que han logrado establecer organismos ágiles, bien dotados de recursos, con atribuciones adecuadas al cumplimiento de sus funciones y con mecanismos de coordinación que integren la presencia y la acción de los diversos actores sociales involucrados.

En tales condiciones, y con una información insuficiente sobre las disponibilidades actuales y futuras, sin una adecuada compatibilidad entre los diferentes usos (agua potable, energía, riego, navegación, recreación), sin una previsión de los requerimientos futuros y sin el establecimiento de prioridades, la revisión de los problemas mas relevantes y la evaluación de los criterios de manejo desarrollados encuentran dificultades y obstáculos que entorpecen notoriamente la gestión racional de los recursos hídricos.

El manejo del agua es hoy absolutamente necesario, tanto desde la perspectiva del buen uso de los recursos naturales de que se dispone cuanto desde la de su conservación y renovación, como bases de un desarrollo sostenible en el tiempo y que tenga como destinatario real al hombre de hoy y al de mañana.

No escapará a ustedes que los problemas derivados del descuido, de la negligencia o de la simple depredación, no pueden ser resueltos sólo con obras civiles de contención de avalanchas, con encauzamiento artificial de los cursos de agua o reforzando puentes u otras acciones mastodónticas de alto costo y de precaria utilidad.

Hoy es evidente la necesidad de enfocar esta situación en forma comprensiva, es decir, trabajando en todo el ámbito geográfico y con todas las unidades, públicas y privadas, directamente involucradas. Este, a nuestro juicio, es un camino posible aunque ciertamente difícil. No sólo se deberá concertar y compatibilizar intereses a veces contrapuestos y cambiar hábitos muy arraigados de trabajo de nuestras organizaciones, sino que estará marcado por el mediano y largo plazo.

Felizmente, se ha desarrollado la conciencia de que la magnitud de los problemas actuales hace imperioso el trabajo conjunto y la definitiva superación de los aislamientos disciplinarios o institucionales, de los cuales sólo resultan visiones fragmentaria o frustrantes tareas inconclusas. Por eso es muy significativo que organismos gubernamentales, organizaciones no gubernamentales, universidades e instituciones públicas y privadas, reúnan a especialistas en distintas áreas para reflexionar en común sobre un tema que compromete el futuro de la comunidad misma.

El momento histórico que enfrentamos, las grandes transformaciones políticas, económicas y sociales que vivimos y los desafíos que el futuro nos presenta, compromete a la comunidad internacional a producir más y distribuir mejor lo que se produce conservando al mismo tiempo los recursos naturales para las generaciones venideras, con la firme convicción de que solo preservándolos se asegura el derecho de todos a una mejor calidad de vida.

Garantizar a las generaciones presentes y futuras alimentos y agua suficientes, y, al mismo tiempo, proteger el ambiente, son las tareas mas importantes que nunca haya tenido la comunidad.

Afortunadamente, la preocupación por el hábitat, no solo humano sino total, ha trascendido a los adelantados de su época, que por mucho tiempo nadie escuchó. Al presente, una inmensa mayoría exige un medio apto para la vida, ambiente en el que pueda encontrar belleza, descanso y, mas importantes que ello, posibilidad de una existencia realizada. El hábitat del ser humano en el siglo XX constituye una variable fundamental de la "calidad de vida". De esta manera, recuperar nuestros recursos naturales, recrear el equilibrio perdido, buscar el uso más racional de los bienes existentes, es tarea básica para resolver muchos de los problemas que nos agobian.

Mucho queda por hacer, es cierto, para avanzar en la búsqueda de un camino de desarrollo sustentable. Si bien el manejo racional de un recurso renovable y escaso, y el control de las descargas de contaminantes, son acciones de gobierno imprescindibles para corregir efectos perjudiciales en el sistema agua-suelo, necesitamos además, un continuado esfuerzo de interpretación científica y de apropiada creatividad tecnológica; un nuevo enfoque ético y filosófico y un cambio sustancial de motivaciones y conductas para hacer posible el desarrollo humano en la Tierra en armonía, no sólo con los de su especie sino también con toda forma de vida.

Lejos de aquellas visiones que invitan a paralizar la acción en espera de mayor conocimiento y certeza de sus resultados, compartir experiencias y reflexionar en conjunto permitirá mostrar caminos y encarar de manera más eficiente el diseño de una política hídrica con proyección al siglo venidero, sin olvidar que una sola agua es el agua del planeta, una sola agua fluye por el mundo, mitiga nuestra sed y sostiene la vida.







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