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Soja y Sometimiento:
A Propósito de la "Soja Solidaria"



Por Luis E. Sabini Fernández
lui@wamani.apc.org

Argentina


El hambre tiene que ver con la desocupación y la desocupación con la expulsión de trabajadores rurales y pequeños agricultores, todos ellos "eliminados" a través de "la economía de escala", como se la llama capciosamente para enmascarar el uso de los "paquetes tecnológicos" programados para grandes superficies ("agroindustriales").


Cuando se observa lo acontecido con la distancia que da el tiempo y con los atributos que uno entonces les puede adjudicar a tales acontecimientos, todo resulta fácil, por lo menos mucho más fácil que cuando uno se encuentra inmerso en los acontecimientos, presentes, actuantes.

El país se encuentra, por ejemplo, en un proceso de monoculturización relativa (pero monoculturización al fin) y quienes vivimos inmersos en él y en la vida cotidiana no percibimos en general tales rasgos. Es en cambio visible el proceso de endeudamiento progresivo del país; es decir que algunas zonas de la realidad presente son al menos relativamente observables y otras están veladas al grueso de la población; están invisibilizadas.

Para entender la problemática de la distancia temporal, recorramos juntos un episodio, sobrecogedor por sus resultados, acaecido hace apenas algunas décadas y aquí nomás, allende el Atlántico. La compañía suiza Nestlé, el mayor consorcio lácteo del mundo, seguramente, había lanzado al mercado, polvos sustitutos de la leche materna. Los mercados de los países enriquecidos se habían adueñado de tales productos con fruición. Para no deformarse el seno, al fin y al cabo las mujeres no son vacas para tener ubres, para mejorar la nutrición de los bebes puesto que los laboratorios llegan concienzudamente a una dieta hiperbalanceada que las ignorantes madres jamás podrían equiparar con la natural, vulgar leche materna.

La natalidad siguió su descenso en los países enriquecidos haciendo peligrar las tasas de ganancia obtenidas y, para remate, empezaron a surgir las observaciones de algunos médicos y otros estudiosos advirtiendo que la leche materna otorgaba al bebe una inmunidad que los polvos industriales estaban totalmente incapacitados de brindar, que la leche materna tenía una serie de sustancias y oligoelementos que ningún preparado sintético lograba alcanzar, que la nutrición a base de preparados científicos e industriales engordaba a los bebes por demás, presagiando enfermedades endócrinas y de otro tipo más adelante en la vida, etcétera.

Pero la máquina publicitaria ya había instalado los "adelantos técnicos" en las cabezas consumidas o consumidoras. Y esa misma máquina estaba ávida de nuevos mercados, es decir de no bajar los rindes del capital. Por eso, en los sesenta, con "Lactogen", "Nan" y otras marcas aterrizaron en África. Una vez más la maquinaria persuasiva: Se regaló a madres del África Subsahariana (la región más pobre del planeta, casi cuarenta estados más o menos nacionales, más de veinte millones de Km2, más de 450 millones de habitantes, unas diez Argentinas) un tarro de leche en polvo para bebés, sustituto de la leche materna. Se les regaló ese primer tarro. Para iniciarlas. Luego, se empezó a venderles.

El poder adquisitivo de las familias africanas no estaba en consonancia con los precios primermundianos. En la mayor parte de los países, el costo de alimentar así a un bebé absorbía más de la mitad de cualquier sueldo promedio. Y empezaron a surgir situaciones seguramente no previstas por nadie. Las madres "estiraban" la leche sustituta para gastar menos. Sin darse cuenta que los niños se estaban subalimentando. "Si es tan maravillosa, un poquito menos no le hará nada", se consolarían.

Por otra parte, el dispositivo creado en Suiza "funcionaba" en países como Suiza, Alemania o Francia, con agua corriente más o menos confiable y con disponibilidad energética sobrante. Pero en los países empobrecidos del sur africano, el agua no era confiable, no era a menudo potable y su hervido costaba energía que gran cantidad de hogares o madres no estaban en condiciones de sufragar. Las mamaderas se hacían, muy, demasiado a menudo con agua infectada o contaminada.

Los bebes además perdían la inmunidad natural que otorga el amamantamiento. Con lo cual empezaron a estar aún mucho más expuestos que antes a enfermedades (en muy pocos años la mortalidad infantil en la región se duplicó).

Tiempo después, ya en los noventa, se iba a saber que las mamaderas de policarbonato que por entonces ya se difundían alteraban también los sistemas endócrinos de quienes ingerían sus contenidos (el plástico es un producto muy poco confiable como envase porque no es inerte).

Para remate, la ola modernizadora sustituyendo la leche materna por la "leche" de laboratorio, cortó los ritmos de infecundidad natural que el amamantamiento provoca en más del 90% de las madres. Con lo cual, las parejas africanas tuvieron a menudo tres bebes en el mismo período en que antes solían tener sólo uno (el amamantamiento tradicional es de unos dos años). Tenían más bebes. Y se les morían muchos más.

La "modernización" galopante de Nestlé le arrancó la vida a millones de niños subsaharianos. Seguramente jamás se conocerán los guarismos precisos.

Aunque la empresa procuró mantener "el mercado conquistado", aclarando que su objetivo era alcanzar sólo a los ricos (David Cox, presidente de Laboratorios Ross, Economics of Feeding Infants and Young Children in Developing Countries, cit. p. Francés Moore Lappé y Joseph Collins, L'industrie de la faim, Éditions L'etincelle Quebec, Canadá, aclarará que es pura coincidencia si las campañas de promoción alcanzan a las capas menos pudientes, algo que los autores citados desmienten mediante datos categóricos.

El personal de Nestlé propagaba los productos en las maternidades "debidamente" uniformados de blanco como si fueran enfermeras; la publicidad se propagaba en dialectos locales, populares), el progresivo esclarecimiento de la situación, la oposición de dentro de los países victimizados y de afuera, desde las redes solidarias, logró -lamentablemente tarde para millones de tragedias-, frenar el genocidio años después, con el daño clavado en las sociedades africanas, con sus familias diezmadas, con una generación por lo menos totalmente alterada y debilitada (habría que ver, como hipótesis, en qué medida no ha incidido de manera primordial este episodio en la devastación producida por el SADI -síndrome adquirido de deficiencia inmunitaria, llamado SIDA- en el África desde los ochenta).

Y ahora volvamos a la Argentina actual. La Asociación de Productores de Siembra Directa, los semilleros de soja argentinos, los Boys Scouts, los rotarios, la mediática Lita de Lázzari, puntal de la dictadura militar, así como Juan Alemann y la empresa norteamericana Monsanto, que "está con la Argentina" como reza la publicidad que sistemáticamente otorga a los programas progresistas o "de izquierda" del dial argentino, han lanzado una campaña bautizada "Soja Solidaria" para dar de comer a los hambrientos.

Sospechosamente, la publicitada panacea llega de la mano de quienes han usufructuado o provocado, según los casos, la situación presente de hambre. Porque el hambre tiene que ver con la desocupación y la desocupación con la expulsión de trabajadores rurales y pequeños agricultores, todos ellos "eliminados" a través de "la economía de escala", como se la llama capciosamente para enmascarar el uso de los "paquetes tecnológicos" programados para grandes superficies ("agroindustriales").

El expulsado abandona el campo y languidece en los suburbios. Y quienes se quedaron con su terruño, quienes prescindieron de sus brazos se acercan ahora, para darle porotos, y llenarle la panza...

Esta operación tiene distintas facetas que merecen ser analizadas:

1. Estos cruzados hablan de "enseñar a comer". Porque históricamente, la soja es totalmente ajena a nuestra dieta alimentaria (salvo entre los vegetarianos). Como si los que pasan hambre no supieran cocinar. Y comer. Y comer variado, como es lo históricamente real en la Argentina. Con esta actitud pedagógica logran ubicar a pobres e indigentes en la condición de ignorantes. Los subalternizan un poco más de lo que ya están por la desocupación y el hambre.

Los hambrientos son sometidos así a la condición de alumnos primero. Un nuevo disciplinamiento para alejar toda rebeldía.

2. Los personeros de la "Soja Solidaria" dicen ofrecer el 1% de sus cosechas. Si la solidaridad que proclaman fuera veraz, como muy bien puntualizan Diego Domínguez y Pablo Sabatino (integrantes del GER, Grupo de Estudios Rurales, Facultad de Sociales de la UBA), podrían entregar el 1 mil de sus tierras, en lugar de los porotos; la caña de pescar en lugar del pescado. Con semejante extensión, millones de habitantes desocupados y privados de sustento, podrían recuperar dignamente los alimentos, nutritivos y variados mediante el trabajo.

Pero nada más lejos de los obsequiadores de soja que fomentar la dignidad y la autonomía; procuran, precisamente lo contrario, ahondar la dependencia, la caridad y la sumisión del "agraciado".

3. La soja que se produce en el país es en más de un 95% transgénica. La soja transgénica no es igual a la soja clásica y ni siquiera es igual a la convencional (producida con agroquímicos). Tiene otros tenores de aminoácidos, de isoflavonas y de otros componentes. El presunto fundamento científico de que se valieron los inversores de la ingeniería genética y los reguladores públicos que aprobaron reglamentariamente su producción (ya que no legalmente, puesto que en el país no existe leyes en la materia), el concepto de equivalencia sustancial, es científicamente insostenible.

Jorge Kaczewer, médico y analista de las investigaciones al respecto, resume los rasgos de la soja GM así: "Las cualidades positivas de la soja disminuyen en la transgénica, los defectos propios de la soja, se acentúan en la transgénica".

4. El 99% de la soja que se produce en el país se exporta. Justamente porque no está incorporada socialmente a la dieta del país. Una mitad aproximadamente va a los mercados de consumo del este y sudeste asiático, para humanos. Otra mitad va primordialmente a Europa, como forraje.

La soja que se ofrece a los indigentes y pobres del país es la más barata. Es la forrajera. La que se exporta para cerdos y vacas europeas. Esa soja puede contener legalmente, hasta cien veces más restos agroquímicos que la destinada al consumo humano (20 ppm de glifosato en forrajeras contra 0,2 ppm en soja para consumo humano).

5. En el Lejano Oriente, el 95% de la soja se consume fermentada. Apenas un 5% se la consume cocida (o cruda). Los distintos procesos de fermentación aprendidos por chinos y japoneses durante milenios les han permitido hacer una soja más digerible. En consecuencia, el recetario de "la panacea argentina", que es casi todo sobre la base de soja cocida, desconoce los serios inconvenientes de esa forma de consumo. La ignorancia será pagada por los cuerpos de los pobres que ahora se quieren alimentar a soja.

El ya citado Kaczewer (autor de Soja transgénica, glifosato y ciencia trucha: El nuevo combo solidario argentino) resume el estado de situación del país: "Hasta diciembre de 2001 [mediante la política de los hechos consumados], los que disponen de los destinos de la gente habían logrado introducir soja (transgénica) en la mitad de la población que compraba en los supermercados (porque el 70% de la comida procesada contiene soja en diversas variantes, desde proteína texturizada hasta lecitina, en repostería, hamburguesas, galletitas, helados, rellenos de pasta, etcétera); desde entonces están procurando introducir la misma soja en la otra mitad de la población que no tiene poder adquisitivo para comprar comida procesada en supermercados y se alimenta, cada vez más, a través de comedores municipales, escolares y otras formas más o menos asistenciales. Así, han logrado poner al país entero en la condición de cobayos."

6. En el encuentro nacional convocado por Hilda "Chiche" de Duhalde para un "Plan Nacional de Alimentación y Nutrición" de julio de este año, cientos de nutricionistas y médicos pediatras convocados para definir lineamientos establecieron "Criterios de incorporación de la soja" (p. 18 del resumen del citado encuentro):

"Por su alto contenido en fitatos interfiere en la absorción de hierro y zinc; tampoco es una buena fuente de calcio [...]

"Se recomienda [...] no denominar a la bebida obtenida de la soja (jugo) como "leche" pues no la sustituye de ninguna manera.

[...] desaconsejan el uso [de la soja] en niños menores de cinco años y especialmente en menores de dos años."

Las disposiciones transcriptas han sido sospechosamente ignoradas por la campaña de "Soja Solidaria" y sus voceros como Clarín Rural y las organizaciones rurales pertenecientes al complejo sojero. Pese a que se trata de resoluciones dimanadas de una convocatoria del Gobierno nacional argentino, no de una liga de ecologistas fundamentalistas o críticos irreductibles.

Pediatras atentos a la cuestión entienden absolutamente criminal sustituir cualquier tipo de leche (preferentemente la materna pero incluso la vacuna) por jugo de soja. Porque la soja por su contenido fosfórico tiene una efecto directamente descalcificante. Por eso se consideran grupos de riesgo para ingerir soja: Embarazadas, lactantes, infantes, mujeres maduras (por la osteoporosis), indigentes (por sus déficit en minerales como hierro y calcio).

7. La Argentina se ha caracterizado por tener una dieta relativamente variada (no forma parte de la cultura nacional el despliegue de una cocina como la mediterránea o la mexicana, pero está asimismo lejos de una monodieta) fruto de la feracidad del suelo. No sólo los ricos, también los pobres comían carne, verduras, cereales en muy diversas formas. Asados, ensaladas, guisos, pastas, empanadas, cremas, pan, pizza, quesos, frutas, no eran exclusivos de las clases altas. ¿Por qué este rediseño alimentario según el cual los ricos seguirán comiendo lo tradicional y los pobres tienen que aprender a comer soja y hacer de ella su alimento básico?

8. Las redes imperiales siempre han configurado países monoproductores. Concentrados en la exportación de "su" producto (a veces, ni siquiera autóctono) nunca para beneficio propio, siempre para satisfacción de las metrópolis. Es una definición clásica de relación dependiente.

Para quebrar cualquier desarrollo autónomo. Así, hemos tenido a Cuba como ejemplo de monocultivo azucarero y todavía tenemos a la República Dominicana con el mismo producto, a Honduras como "la república bananera" por excelencia, a Senegal como monoproductor de maní, y análogamente con otros productos no alimenticios, como Venezuela o Arabia Saudita con el petróleo, Sudán, Chad o Malí con el algodón, y un largo etcétera. (En el caso de los países "algodoneros" la vuelta de tuerca hambreadora viene porque para la monoproducción de algodón y el establecimiento de la industria textil que se desplazó de Europa a África, se ha destrozado la agricultura subsistencial y para consumo local o interno).

¿Qué fue el colonialismo sino la conversión de las economías locales a economías destinadas a "exportar" lo que le apetecía a las metrópolis? Si es la función la que hace al órgano, el vuelco tan pregonado por EE.UU. a una economía de exportación de productos básicos como "vía de desarrollo" no es sino la reedición en una escala mucho mayor del viejo intercambio desigual ahora neocolonial o neoimperialista entre zonas enriquecidas y zonas empobrecidas del planeta. "Vía de dependencia" más bien.

En Argentina el cultivo de soja desplaza a la ganadería, arrasa bosque nativo, achica los cultivos de maíz, girasol, de otras leguminosas... ¿vamos en camino de una monoculturización? Si los titulares del poder alimentario planetario logran salirse con la suya, convertirán uno de los vergeles del planeta -el territorio pampeano y precordillerano- en una enorme fábrica de provisión de oleaginosos de bajísima calidad para el mundo entero. Perdiendo carnes y cereales de los de mejor calidad planetaria. Y aherrojando todavía más el destino de la sociedad argentina a los vaivenes de los mercados agrícolas regidos desde Chicago, Filadelfia, u otros emporios del mismo origen.

¿Llegaremos a importar trigo o maíz, siendo, eso sí, los principales exportadores mundiales de soja? Semejante ocurrencia nos parece ahora demencial. Pero deberíamos aprender a ver el sentido en qué marchamos. Taiwán fue siempre un productor de arroz, comida básica de la población. Pero EE.UU. les "enseñó" a comer trigo (cadenas de pan de tipo lactal de pésima calidad alimentaria) y logró convertir a Taiwán en exportador de arroz (por el desplazamiento sufrido en la alimentación). La conversión alimentaria taiwanesa de los sesenta y setenta fue un negocio excelente para EE.UU. y sus excedentes trigueros...

La monoculturización ha significado siempre hambre, dependencia, pérdida de calidad de vida para muchísimos habitantes de los países que la sufren y a veces, trágicamente, la destrucción de la población. Siempre se lleva a cabo bajo la consigna de la "modernización", ahora se ha puesto de moda el aditamento de "tecnológica". Que configura sociedades con una base enorme e increíblemente miserable y una cúspide pequeñísima e insensatamente poderosa (en el medio, unas magras capas medias, para el funcionamiento general, de administración, salud, transporte, finanzas, entretenimientos, etcétera).

9. A la luz de lo que pasa con los países subsaharianos que constituyen casi una décima parte de la humanidad, en muchos de los cuales se registra un retroceso permanente de las expectativas de vida (por el hambre, la tuberculosis y el SADI-SIDA) y de lo que declaran, muy sueltos de lengua algunos jerarcas estadounidenses para fundamentar su política de entrega de alimentos: "Proveer de alimentos a un país sencillamente porque sus habitantes se mueren de hambre es una razón muy pero muy débil" (cit. p. Moore Lappé y Collins, op.cit.), uno no puede dejar de pensar en "la clasificación por tercios", la política sanitaria que en estado de emergencia y escasez se ha llevado adelante en algunos escenarios de guerra.

Los heridos se dividen en tres grupos: Los heridos leves se dejan librados a sí mismos, los heridos serios reciben los esfuerzos concentrados de todo el servicio y los heridos muy graves que se entienden irrecuperables son asimismo abandonados a su suerte. Uno se pregunta si el África Subsahariana no está ocupando el lugar del tercer tercio.

El abismo que separa las condiciones de vida de los países enriquecidos del planeta y el África negra no cesa de ahondarse. Podríamos empezar a preguntarnos hasta dónde son capaces de llegar los titulares del poder planetario.

La fuerte exclusión a que están siendo sometidas las poblaciones en particular de los países empobrecidos, pero incluso la de los países enriquecidos, hace pensar que quienes tienen cierto control sobre las disponibilidades de los bienes del planeta han llegado a la conclusión de que no hay forma de universalizar los bienes de que hoy dispone la población acomodada del planeta.

Por ejemplo, aumentar al actual parque automotor hasta que todos los habitantes del planeta tengan la cantidad de autos de que dispone la población de los EE.UU. (casi uno por habitante), es decir quintuplicar la cantidad hasta llevarlo a por lo menos cinco mil millones de unidades sería demasiado para el aire del planeta (al margen de lo pesadillesco que semejante "adelanto" pudiera resultar por otros conceptos).

EE.UU., con el 6% de la población mundial consume entre un tercio y la mitad de todos los bienes de la Tierra. Y bien: No hay materia suficiente para que todo el resto de la población use tanta agua, tanto acero, energía, trigo, plásticos, papel, máquinas, teléfonos, carne, como los estadounidenses y la mayoría de habitantes de un escaso número de países y ciudades.

Los estrategos de la política alimentaria estadounidense saben a quienes dirigen sus esfuerzos: André Van Dam, planificador en los setenta de la entrada en América Latina de alimentos procesados como mayonesas, manteca de maní o calditos con glutamato, explicaba en 1975: "Dentro de diez años América Latina tendrá 444 millones de habitantes [pésimos también es estadísticas, la población mal llamada latinoamericana anda por tales guarismos en el 2002, no en 1985]. De ellos, un quinto tendrá dinero suficiente para poder comprar casi todos los productos que ustedes comercializan, un tercio lo tendrá como para comprar ocasionalmente algunos.

El resto, la mitad, no serán clientes de ustedes y continuarán viviendo con lo mínimo subsistencial. Este mercado varía según el país, según el producto pero mirado globalmente duplicará las dimensiones del mercado actual." (cit. p. Moore Lappé y Collins, op. cit.). Queda prístinamente reflejado cómo al gran capital no le preocupa la satisfacción todas las necesidades humanas sino precisamente las de algunos (necesidades que, por otra parte, ellos mismos configuran).

La población excluida deviene así población "excedente". Excedente para un proyecto de vida que preserve los derroches y el nivel de vida de que dispone una minoría en el planeta. Una política alimentaria empobrecedora, una atención de salud retaceada son formas de llevar adelante una política para "achicar el excedente". En un lenguaje menos melifluo, eso se llama genocidio.

10. Ya se empieza a ver el daño de la campaña "Soja Solidaria". No todavía el daño físico, pero sí ya el daño mental o ideológico: Existen madres pobres e ingenuas que han suspendido el amamantamiento para dar a su querido bebe "lo mejor"; "leche de soja", aceptando a pie juntillas la propaganda del complejo sojero (registrado en hospitales del Gran Buenos Aires).

Este tipo de episodio muestra el alcance del lavado de cerebro en marcha. Puede ser una "bola de nieve" que apenas ha empezado a moverse.

Los que tienen el poder son conscientes de los límites del planeta aunque no lo confiesen. Por eso están decididos a rebajar la calidad alimentaria de "los demás", de "los que no cuentan" (jamás la propia, aunque el consumo de los ricos per capita multiplique en varias decenas el de los pobres). Por eso están igualmente decididos a "redimensionar", jamás los lujos propios sino las necesidades ajenas. No confiesan tampoco qué significa redimensionar o en qué termina: Reducción de la población.

Si la sociedad argentina no sabe defenderse de esta nueva ofensiva de los centros de poder, será cada vez más "funcional". Funcional al poder vigente, no a la vida. @







 

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