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   Edición 87 / Abril - Diciembre del 2003

Información General



La Nacionalización de los Circos


Por Dr. Jorge Eduardo Ritter (*)
jritter@cwpanama.net

Panamá


Nunca antes un funcionario había expresado tantos exabruptos ni tan graves desatinos en tan poco tiempo


Un amigo, muy dado a las bromas, me llamó un día muy temprano para decirme que el ministro de Relaciones Exteriores estaba hablando en radio y televisión del Tratado de Neutralidad. Supuse, desde luego, que se trataba de una tomadura de pelo y, sin inmutarme, seguí leyendo el periódico. Un minuto después recibí otra llamada, esta vez de una persona más seria, para pedirme que escuchara lo que el canciller estaba explicando. Así lo hice y, como consecuencia, ya no considero como amigo a ninguno de los dos: No hay derecho a estropearle la mañana a nadie de esa manera.

Quien dirige con la presidenta nuestras relaciones internacionales dijo -no fue broma ni perversidad de mis amigos: Yo mismo lo alcancé a oír- que si Panamá fuera neutral no podría participar ni en las Naciones Unidas ni en la OEA. Así mismo. Lástima que nadie le hubiera soplado a tiempo que Austria, Suiza, Irlanda, Suecia y Finlandia, por ejemplo, son por distintos motivos todos neutrales y, salvo que el Partido Arnulfista los haya expulsado en la misma resolución que expulsó a Endara, son también miembros de las Naciones Unidas.

Luego agregó, en un alarde de erudición, que Suiza había cambiado sus leyes para ingresar a la ONU y combatir el terrorismo. Los suizos no son muy dados a cambiar sus leyes sino a dirimir sus asuntos importantes en referéndum. Que fue lo que hicieron para decidir su ingreso a la ONU. Y no para combatir el terrorismo sino para poder, desde una posición de neutralidad, influir en las decisiones políticas (mucho antes de ser miembro pleno acataba las decisiones del Consejo de Seguridad, participaba en sus agencias especializadas, y era el duodécimo mayor contribuyente de la ONU).

Después de semejantes declaraciones, algún alma generosa debería aconsejarle al canciller que en el futuro no desperdicie ninguna oportunidad de quedarse callado, pues nunca antes un funcionario había expresado tantos exabruptos ni tan graves desatinos en tan pocos minutos (y en eso incluyo a su predecesor, lo cual es mucho decir).

Cuando le relaté a un amigo lo que había escuchado, creyó a su vez que el bromista era yo, y me contó que un legislador, copartidario del canciller -sobra decir-, había presentado un anteproyecto de ley para la protección de los animales que era algo aún más surrealista y alucinante que una disertación del canciller sobre la neutralidad de Suiza. Y me lo hizo llegar. Después de leerlo (lleva el número 127 y se tramita en la Comisión de Población, Ambiente y Desarrollo) no sé qué decir: Si fuera fútbol habría que decidir con penaltis cuál de los dos -el legislador o el canciller- se lleva la copa o, mejor dicho, cuál de los dos ostenta la dudosa distinción de habernos colocado en la más alta cima del ridículo.

El anteproyecto de ley dicta normas sobre el trato que se le debe dispensar a los animales y castiga a los que les inflijan sufrimientos. Por ejemplo, pena con multa de B/.45 a B/.200 ó días-multa los actos de zoofilia (relación sexual de una persona con un animal), y ordena que, además, el culpable cubra los gastos de tratamiento y recuperación del animal. Me cuentan que hay regiones en el país donde tales prácticas son tan frecuentes, que si se llegara a multar a todos los que incurren en ellas, no habría necesidad de incluir el Canal en las cuentas nacionales para reducir el déficit fiscal. Me dicen, además, que nadie ha reparado nunca el daño moral infligido a los animales por procurarse a costa de ellos placeres tan depravados.

Entiendo que el proponente, el legislador Francisco Reyes, es médico -¡Dios me libre de caer en sus manos!- y por lo tanto rema para el lado de sus colegas psiquiatras. Pero aquí se le fue la mano. Dice el artículo 20: "Quien adiestre o entrene animales debe presentar un certificado médico expedido por un psiquiatra referente a su estado psíquico, de tal manera que garantice el trato humanitario a los animales bajo su adiestramiento o entrenamiento, índice profesional e idoneidad". Francamente creo que los que deben presentarle al país un certificado de sanidad mental son los legisladores que creen que todo el que quiera adiestrar a un animal va a obtener primero la autorización de un siquiatra.

Pero allí no termina el asunto. Además de regular hasta el detalle la riña de gallos (los jueces -dice el proyecto- actuarán con sentido humanitario), y de prohibir las corridas de toros al estilo español (se exceptúan las de estricto estilo tradicional panameño, lo que sea que eso signifique), el anteproyecto establece, en su artículo 24, esta belleza: "Se prohíbe la entrada, permanencia y funcionamiento en el territorio nacional de todo circo que utilice animales de cualquier especie doméstica o silvestre". Punto. Semejante prohibición nos deja huérfanos de circos extranjeros: Nos tendremos que conformar con oír los debates de la Asamblea Legislativa, o con escuchar al canciller hablar de la neutralidad de Suiza. @


(*) El autor es abogado y ex canciller de la República de Panamá.





 

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