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Muchas de las ballenas francas de Península Valdés forman parte de un catálogo de fotoidentificación, iniciado por el Dr. Roger Payne en 1970, y mantenido en la actualidad por la investigadora Vicky Rowntree del Instituto de Conservación de Ballenas / Whale Conservation Institute (ICB/WCI). Algunas de las más de 1.500 ballenas identificadas tienen nombre propio. Sin embargo, la mayoría son conocidas sólo por su número de catálogo. Este es el caso de la Ballena 200, fotografiada por primera vez en Valdés en 1972. Gracias al monitoreo continuo de esta población, los investigadores conocen bastantes detalles de la historia de vida de esta Ballena y de sus hijos. Esta prolífica hembra fue avistada con sus ballenatos en Valdés en 1976, 1979, 1985 y 1997, y también fue vista sin crías en otros años, aunque pudo haberlas tenido. En el 2001, tres décadas después de su primera identificación, la Ballena 200 dio a luz a un ballenato que un año más tarde sería el protagonista de una historia excepcional, cargada de emociones, y de advertencias sobre el futuro de esta población. El 25 de agosto del 2001, a la Ballena 200 la he avistado en el Golfo San José y fotografiada desde los acantilados junto a su última cría. Debido a una llamativa mancha blanca en el lomo del ballenato similar a la huella dejada por el arañazo de una garra, en esa oportunidad la bauticé "Zarpazo". Con al menos dos meses de edad Zarpazo fue reidentificado durante un relevamiento aéreo de la población realizado hacia fines de octubre, cuando aún nadaba junto a su madre en el mismo golfo antes de su primera migración. Casi un año más tarde, el 25 de septiembre del 2002, una Ballena juvenil se enredó en las cadenas del fondeo de un catamarán de avistajes en la rada de Puerto Pirámides. Los guías balleneros y buzos locales fueron los primeros en intentar liberar a la Ballena. La peligrosidad de la situación, la imposibilidad de acceder a las cadenas en el agua y la dificultad de la Ballena para mantenerse a flote para respirar, los estimuló a tomar la original decisión de varar intencionalmente a la Ballena en la playa para liberarla allí durante la bajamar. Con el esfuerzo colectivo de toda la comunidad de Pirámides, la Ballena fue mantenida fresca con baldazos de agua, se cortaron las cadenas y se liberó su cola que había quedado enterrada en la arena. Al atardecer y con la marea alta, volvió al mar, y fue noticia en muchos medios de comunicación. Curiosamente, los presentes coincidieron en bautizar a este macho como "Garra", debido a una llamativa marca blanca en su lomo en forma de zarpazo. El hijo más joven de la ballena 200 había regresado a Valdés con un año de edad. Es muy probable que Garra se haya separado de su madre apenas unos días o semanas antes de quedar atrapado. Típicamente, las ballenas francas pasan el primer año de vida junto a sus madres, amamantando y aprendiendo de ellas. La curiosidad e inexperiencia de los juveniles hace que sean especialmente vulnerables a diversas amenazas. Las ballenas juveniles (y quizás también las adultas) parecen disfrutar del contacto con algas marinas, con las que frecuentemente juegan frotándolas sobre sus cuerpos sin ningún riesgo, a veces durante horas. Sogas y cadenas tal vez sean igualmente atractivas para jugar, pero pueden transformarse en juguetes letales para las curiosas ballenas. Garra comenzó su vida como Ballena independiente de manera bastante alarmante. Los enmallamientos en redes y sogas de pesca son una de las principales causas de muerte de origen humano entre las ballenas francas del Atlántico Norte, debido a las heridas cortantes que sufren o a que mueren ahogadas. Por ejemplo, en el 2002 se reportaron ocho casos de enmallamientos, de los cuales seis se presumen fatales. Y se estima que sólo un tercio de los enmallamientos que realmente ocurren son reportados cada año. En una población de apenas poco más de 300 ballenas que son monitoreadas de cerca por decenas de científicos, estas muertes parecen inaceptables, pero continúan ocurriendo. Los golfos de Península Valdés no tienen por ahora la alta densidad de sogas, redes y cadenas de la costa atlántica de Norteamérica. Sin embargo, la historia de Garra es un poderoso llamado de atención para las autoridades locales al momento de evaluar el uso que debe darse a los Golfos Nuevo y San José, sitios clave de reproducción de ballenas francas. Es necesario aprender y entender las necesidades de hábitat de las ballenas a través de la investigación y los monitoreos anuales para lograr su conservación a largo plazo. Garra está enseñándonos de manera directa y en la práctica cuáles son los riesgos potenciales que nuestras acciones pueden tener sobre el futuro de las ballenas. Garra no ha vuelto a ser avistado con vida desde el día en que fue liberado, y por lo tanto, no puede asegurarse que haya sobrevivido a las heridas y al estrés sufridos. De haber muerto, sería una gran pérdida para esta población, para su madre la Ballena 200, y para sus cuatro hermanos. Si por el contrario aún está con vida y vuelve a ser avistado en las aguas de Península Valdés, Garra será, una vez más, protagonista de una gran noticia para la vida salvaje de nuestros mares. @ El Instituto de Conservación de Ballenas - ICB es una asociación civil sin fines de lucro dedicada la protección de los mamíferos marinos y su hábitat. Está afiliado al Whale Conservation Institute (WCI) de Estados Unidos. Su principal meta es promover la recuperación de las poblaciones de ballenas francas a partir de la investigación, conservación y educación. El Dr. Roger Payne es Presidente y Fundador del WCI, cuyo Programa de Investigación Ballena Franca Austral es dirigido por Vicky Rowntree. Este es el proyecto de identificación y seguimiento de ballenas individuales de mayor duración y continuidad en el mundo. Nueve ballenas de Península Valdés forman parte del Programa de Adopción del ICB (www.icb.org.ar). Adoptando a alguna de ellas, pueden aprenderse muchos datos curiosos sobre su comportamiento y sus historias de vida, y se participa activamente en su conservación. . ![]() |
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