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A partir de mediados de la década de los 60 y en las décadas posteriores se fueron desarrollando un amplio y confuso conjunto de ideas alrededor del tema del ambiente y de su relación con las actividades y actitudes de la sociedad. Estas ideas se corporizaron en un no menos confuso movimiento social y político que fue creciendo y expandiéndose tanto en ideas como lugares. Empezó con ciertas características en los países anglosajones, se extendió después en el resto de los países desarrollados y se volcó finalmente, siempre en transformación, a los países subdesarrollados. Durante este proceso se vio enriquecido con nuevas ideas y conceptos, pero también se fragmentó en diferentes corrientes, dando como resultado final una gran cantidad de movimientos que lo único que tienen en común es su preocupación por su objetivo final: Las relaciones socio-ambientales. Hoy, la ecología, el ambientalismo y los problemas ecológicos son términos intercambiables cuya disciplina y objeto de estudio se mezclan en el lenguaje cotidiano. Una de las características más particulares del ambientalismo es que ha pasado a ocupar un lugar en el sentido común de la gente, es parte de lo cotidiano, infaltable en las proclamas políticas y referencia obligada en el discurso público de los empresarios. ¿Qué particularidades históricas y que contexto social dieron lugar a que 300.000 personas participaran en los EE.UU. en el primer "Día de la Tierra"? Los países desarrollados veían crecer a su población empujada por el famoso baby boom de la posguerra y los países subdesarrollados adquirían velocidades de crecimiento inusitadas a partir de la aplicación de unas pocas medidas sanitarias básicas, tal como la eliminación de las enfermedades endémicas (Malaria, Viruela, Tuberculosis) por la aplicación masiva de los nuevos remedios y los nuevos pesticidas. Desde la aparición en la Tierra del Homo sapiens, tomó 4 millones de años para que la población humana llegara a 1.000 millones. Por largo tiempo, el número de los humanos creció lentamente. Se cree que cuando nació Cristo la población mundial era de alrededor de 300 millones. Desde entonces hasta mediados del siglo XVIII llegó a 800 millones. La población humana se duplicaba aproximadamente cada 1.500 años. Si nos hubiésemos mantenido en esa tasa de crecimiento, no habría sido hasta el cuarto milenio, hacia el año 3250, que la población alcanzará los 1.600 millones. Pero para el 1800 la tasa de incremento había comenzado a acelerarse y en 1900 la población del mundo llegó a 1.700 millones. Duplicarse sólo le había tomado 150, no 1.500 años. Ese fue el período más vigoroso de la revolución industrial. También fue una época en que la ciencia médica hizo grandes contribuciones a la calidad, y particularmente a la extensión, de la vida humana. Las tasas de mortalidad estaban cayendo y la gente vivía más tiempo, con más niños que sobrevivían los primeros años de vida. El resto del mundo se beneficiaría por último en medida variada por esos avances, y para 1950 la población mundial alcanzó los 2.500 millones. Esa vez se había duplicado en menos de cien años. Llevados por una oleada en la población Occidental que se industrializaba, los números estaban creciendo exponencialmente. Se estaba echando bases para incrementos masivos en la población que dominarían el paisaje de la Tierra en nuestra época y más allá. La interpretación catastrofista parecía plausible y digna de ser apoyada. Desde el punto social, es en ese momento cuando comienzan a crecer los problemas urbanos, relacionados con la gran migración del campo a la ciudad y con la expansión acelerada de las grandes ciudades. Aparecen los problemas de hacinamiento, transporte, fragmentación social y territorial, inseguridad y también de contaminación. La metáfora urbana no es la alegría de Paris, sino las sórdidas calles de Nueva York o la atmósfera contaminada de Los Angeles. En contra de todo esto el ambientalismo ofrece la vuelta a una naturaleza limpia, segura y sabia. No parece tener importancia si esta vuelta es factible o no, lo que importa es tener una nueva ilusión. Las primeras ciudades aparecieron muy temprano en la historia, en la Antigüedad. Pero fue principalmente el desarrollo de la industria, durante los siglos XIX y XX, lo que desencadenó el crecimiento explosivo de las ciudades en Europa y América. Estas se convirtieron en los principales centros de actividad económica y atrajeron una población cada vez más numerosa, extendiéndose desmesuradamente. Durante mucho tiempo, más del 90% de la población mundial vivió en el campo. En la actualidad, a pesar de que en muchos países muy poblados gran parte de la población es todavía campesina, el 50% de la población mundial vive en ciudades. La urbanización, es decir, la concentración de población en las ciudades, pareciera no tener límites. El exceso de construcciones modifica el suelo y puede originar catástrofes. Así, durante lluvias torrenciales, los suelos recubiertos de asfalto no logran retener las aguas, que corren violentamente, y pueden inundar la ciudad en pocas horas. Dentro de las ciudades, se plantean otros problemas, relativos especialmente a la contaminación. En los países subdesarrollados, los sistemas de alcantarillado urbano no están adaptados al creciente número de habitantes, y las napas de agua potable se contaminan paulatinamente, comprometiendo el suministro de agua a la población. Los automóviles también generan complicaciones: Los gases de escape forman una nube de contaminación tóxica, el smog. Ciudades como Londres, Los Angeles, Atenas, Santiago o México están, periódicamente, asfixiadas. Chicago, con su trazado ortogonal, sus calles rectilíneas, sus enormes rascacielos y sus juegos de luces en la noche, simboliza a la perfección el crecimiento desmedido de las ciudades modernas. La ciudad de Chicago se fundó a comienzos del siglo XIX en la ribera del lago Michigan y se desarrolló rápidamente. Esta ciudad que en 1833 tenía apenas 300 habitantes, alberga en la actualidad a más de 8 millones de personas. En el contexto internacional, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Ambiente que se llevó a cabo en Estocolmo en 1972, fue una divisoria de aguas puso la cuestión de la ecología en la agenda global y abrió el debate acerca de sus parámetros. Por primera vez, se reunieron las naciones para considerar el estado del planeta Tierra. Por primera vez integramos el escenario en la acción de la obra. Nada volvería a ser igual, porque después de Estocolmo nos vimos obligados a mirarnos a nosotros mismos de maneras fundamentalmente diferentes. Estocolmo promulgó la Declaración Internacional sobre el Ambiente que fue el comienzo, una base sobre la cual levantar, si no un monumento sobre la supervivencia humana, al menos algunos pilotes esenciales para mantener la Tierra como lugar adecuado a la vida humana. Un logro fundamental de la conferencia de Estocolmo fue la agudización de la conciencia mundial de la polución. La declaración de Estocolmo desemboca veinte años más tarde en la Declaración de Río o Eco '92 donde se definen los derechos y responsabilidades de las naciones en la búsqueda del progreso y del bienestar de la humanidad. Basándose en:
En este contexto general, sombrío y desencantado, donde crece el ambientalismo, en sus diferentes concepciones. Vamos a encontrar movimientos ambientalistas que van desde los fuertemente antropocéntricos, basados en la superioridad natural del hombre con respecto a la naturaleza y su necesario destino de organizador y usuario de la misma, hasta los que buscan una posición ecocéntrica, negándole al hombre algún derecho sobre la naturaleza y poniéndolo al mismo nivel que otros seres vivos. Estas dos posiciones extremas dan como resultado el ambientalismo llamado "superficial", preocupado por los temas ambientales pero adoptando una política de regulación del uso de los recursos y conservación de la naturaleza desde el punto de vista de su utilidad para el hombre. En el otro extremo, aparece el ambientalismo "profundo", que utiliza la hipótesis de Gaia para proponer un hombre totalmente integrado a la naturaleza, alejado del uso de productos materiales innecesarios, viviendo en comunidades pequeñas, que no mata animales para comer y respeta a todos los integrantes del ecosistema. Entre la extrema practicidad y la extrema utopía se desarrolla toda una serie de movimientos que confía en mayor o menor medida en la sabiduría natural para solucionar la supervivencia humana o en la capacidad del hombre para desarrollar cada vez más sofisticadas tecnologías. Ambientalismo, ONGs y partidos verdes Desde un principio estos movimientos fueron muy bien manejados, tanto en lo que hace pública como su capacidad para obtener financiamiento. Los ambientalistas comenzaron a actuar en tres tipos de organizaciones diferentes:
En la Argentina, teniendo en cuenta el tamaño del país y la variedad de problemas de conservación existentes, es improbable que una sola ONG pueda tener éxito operando en forma aislada. Las dificultades asociadas con la coordinación de esfuerzos conjuntos y los diferentes criterios con que se encaran los problemas de conservación, constituyen obstáculos que muy seguido requieren ser superados a través de emprendimientos conjuntos. Pero no sólo las pequeñas ONGs ambientalistas tienen problemas. Entre las principales dificultades que se afrontan, se encuentra la falta de continuidad de los programas, la tendencia a permanecer en un plano más declamativo que práctico, la falta de coordinación y de una adecuada red de información entre las distintas fundaciones, el desconocimiento por parte de muchas ONGs de sus limitaciones, lo cual genera desconfianza en muchas instituciones académicas dedicadas a temas ambientales, la escasa representatividad en número de miembros, la dificultad para obtener fondos. La falta de madurez gubernamental para aceptar la relación compleja que, clásicamente, se estructura con las ONGs, en las que suelen darse críticas y trabajos en conjunto a la par, y la representación de posiciones extremas por parte de las ONGs, siempre presionadas para denunciar y generalmente poco valoradas e incluso sospechadas cuando no lo hacen. Este último punto es difícil de afrontar y plantea un divorcio entre lo que la gran parte de la sociedad desea escuchar de una ONGs y lo que las ONGs sienten que deben decir, en función de su misión y su visión. Pese a todas estas barreras, tanto las interacciones entre las ONGs como la segmentación de sus públicos está llevando a una diversificación de nichos que permiten actividades complementarias. Esta complementariedad no suele ser planificada y puede incluso ser involuntaria, pero funciona. La profesionalización es creciente y con ella, la obtención de logros concretos se facilita. Las ONGs siguen evolucionando, y en la Argentina surgen como una de las herramientas para lograr cambios en nuestra realidad ambiental. El Estado nacional y varios provinciales, de hecho, tienden a descargar a veces más responsabilidades sobre las ONGs ambientalistas de lo que quizás deberían. Esto es especialmente cierto si se tiene en cuenta, al mismo tiempo, las escasas facilidades de tipo económico que se les brinda, a diferencia de lo que ocurre en otros países o, incluso en nuestro país, en otros rubros de actividad, como es el caso de la promoción del Arte. Tanto Greenpeace como la Fundación Vida Silvestre Argentina, usualmente percibidas como las ONGs ambientalistas más poderosas del país, tienen presupuestos menores a los de muchas PyMEs y recursos humanos muy escasos. En general, las autoridades aún desconfían de las ONGs. La ven como un indiscreto testigo de sus acciones de Gobierno. Pero una ONG responsable nunca esconde sus intereses y, si sabe comunicarlos con transparencia, la relación entre Gobierno y ONGs puede ser madura y a la vez, independiente. Este tipo de relación es la que permite inyectar nuevas ideas en las oficinas de Gobierno y lograr resultados concretos en más de una ocasión. En la Argentina existen 1200 organizaciones no gubernamentales. Sin embargo, 800 de ellas están formadas por un reducido número de personas. De las 400 restantes, solo unas 50 trabajan siguiendo los lineamientos de la Estrategia Mundial para la Conservación de la Naturaleza y sus Recursos. Muy pocas cuentan con el respaldo de una importante masa societaria. El primer grupo conservacionista que surgió en el país fue la Asociación Ornitológica del Plata, en 1916. Hoy se llama Aves Argentinas. A partir de 1940 se crearon varias entidades ambientalistas como: Asociación Natura, Asociación Amigos de los Parques Nacionales, Asociación Argentina contra la Contaminación del Aire, pero el movimiento conservacionista recién cobro importancia en la década del '70. La mayoría de las ONGs tiene su sede en las grandes ciudades. Pero son cada vez más las ONGs del interior. Este dato se presenta como una oportunidad de interacción con sectores representativos de la sociedad civil más cerca del ámbito donde se encuentran los ambientes naturales. Sin embargo, frecuentemente, por falta de recursos y otros factores, su capacidad es muy limitada, así como su grado de profesionalismo. Balance del ambientalismo A casi 30 años de sus primeros pasos, es posible ahora hacer un balance del movimiento social que generó la relación sociedad/ambiente, lo que en término generales hemos llamado el ambientalismo. Este ha tenido un papel importante en la sociedad como guardián y controlador del manejo del ambiente. El ambientalismo es lo que podríamos llamar "la voz de la Tierra". Desde ese punto de vista ha tenido un papel importantísimo en la desaceleración del crecimiento nuclear (sobre todo en el caso de las usinas nucleares), en el crecimiento aún pequeño de las energías no convencionales (eólica, biogás y solar), en el consumo de productos llamados "orgánicos" (así se llama a aquellos en cuyo proceso de producción no intervienen agroquímicos), en las medicinas no ortodoxas (homeopatía, acupuntura), en el reciclaje de los residuos familiares y en lo que podríamos llamar la educación ambiental. Tal vez uno de los problemas básicos de este amplio movimiento es que muchas veces ha pretendido erigirse en una nueva ideología o en un nuevo paradigma. Es difícil pensar que sea ni una cosa ni la otra: Carece de la necesaria amplitud como para ser una ideología, en pocas palabras, una forma de mirar globalmente el futuro del mundo porque deja de lado a buena parte de los sectores que hacen al desarrollo social y económico y sólo se concentra en uno: El ambiente. Por otra parte, tampoco es un nuevo paradigma, si es que los paradigmas -el cúmulo de teorías, métodos y visiones que determinan ciertas formas de proceder- se pueden construir voluntariamente, dado que, otra vez, no involucra todos los aspectos del saber, sino sólo aquellos relacionados con la sociedad y el ambiente. Las ideas del ambientalismo son tal vez el embrión de una nueva forma de ver las cosas, que requiere todavía mucha elaboración, discusión y acuerdos para constituirse en un saber estructurado. Es posible que los problemas que sufre el ambientalismo se vayan amalgamando con otros movimientos sociales que le den una visión más amplia y socialmente progresista. Es verdad que existen problemas ambientales globales, pero no parecen ser los más urgentes ni los más fáciles de resolver. El Agujero de Ozono puede esperar si tenemos primero que solucionar temas como el de millones de personas viviendo en la miseria, poblaciones enteras sin agua ni cloacas, ríos contaminados, industrias contaminantes y ciudades envenenadas por los motores de combustión. Y ese es uno de los papeles importantes del ambientalismo: Jerarquizar los problemas concretos y ayudar a dar soluciones viables para todos. @ (*) Cristian Frers, es Técnico Superior en Comunicación Social especializado en Periodismo Científico.![]() |
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