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¡Después del electrochoque quedé perfectamente normal! ¿A qué demente puede habérsele ocurrido que para curar trastornos mentales había que poner la cabeza en el enchufe, cuando nuestros padres siempre nos advirtieron del peligro de poner sus dedos en él? ¡A Enrique Pichón Riviere! (Maurice Dubois). Gonzalo Bosch, médico psiquiatra, nació en Buenos Aires el 2 de agosto de 1885 y murió en la misma ciudad en 1967. Fue uno de los más importantes alienistas argentinos de la primera mitad del siglo XX. Docente de las ciencias psiquiátricas durante la mayor parte de su vida, fue también un gran escritor y promotor de los estudios disciplinares en el país. En 1943, Bosch accedió a la titularidad de la Cátedra de Clínica Pediátrica de la Universidad de Buenos Aires, que habían dirigido eminentes científicos de la talla de Lucio Meléndez, Domingo Cabred, José T. Borda y Arturo Ameghino. Durante su presidencia, el doctor Enrique Pichón Riviere realizó en el Hospicio el primer electrochoque realizado en la ciudad de Buenos Aires (texto extraído de un diccionario histórico). ¡No creo que lo entiendan, profesor Velmont, son conceptos demasiado avanzados para esta época! El electrochoque, en definitiva, no es más que una lobotomía sin cirugía, aunque de actuación más lenta, a la cual hay que agregarle el terror producido por las descargas eléctricas que dejan secuelas irreparables. Los mismos psiquiatras saben de los nefastos efectos de esta seudo terapia, que hoy sólo se utiliza únicamente porque detrás está el dinero, ya que las aplicaciones se cobran bien. El electrochoque decididamente viola los derechos humanos al destruir la mente. Además del dinero, también hay otro factor, y es que el electrochoque está de acuerdo con la teoría psiquiátrica -falsa, por supuesto- de que "cordura es adaptación". El electrochoque transforma al hombre en poco más que un zombie... ¿y quién se adapta más y mejor al mundo que un zombie? Para probar la falsedad de dicha premisa basta contemplar al castor que, adaptándose al medio, desde que apareció en la Tierra sigue y seguirá construyendo el mismo dique. El hombre, en cambio, lejos de adaptarse al medio lo enfrentó y su resultado son las enormes y majestuosas represas, rascacielos y puentes que hoy son orgullo de toda la humanidad. La Psiquiatría nunca le llama electrochoque al tratamiento, porque esta palabra, a pesar de ser terminológicamente correcta, tiene una connotación amenazante. De ahí que para mitigar cualquier reacción negativa la disfraza como "electroterapia" o "terapia de electroconvulsiones". Los psiquiatras, por su parte, tampoco dirán abiertamente que no saben como "funciona" y que no tienen ningún argumento científico por el cual se puede sostener que es buena idea destruir células cerebrales. El procedimiento es rápido y directo. Al paciente no se le permite comer o beber por cuatro o cinco horas para prevenir vómitos durante el procedimiento. Una media hora antes se le suministra una droga, por ejemplo Atropina o Robinol, que reduce las secreciones bucales. Esto disminuye el riesgo de asfixia y otras complicaciones que podrían presentarse si el paciente fuera a tragarse su propia saliva. Dentaduras, joyas y ornamentos en los cabellos son removidos para prevenir heridas durante la convulsión. La persona es colocada sobre una cama. Cerca de ella hay un equipo de emergencia, que incluye un "desfibrilador" para darle arranque a un corazón con eventual paro cardíaco. Se aplica una jalea sobre las sienes del paciente para mejorar la conductividad eléctrica y prevenir quemaduras y se inyecta en las venas anestesia para provocar su inconsciencia total. Luego le es administrado un relajante muscular causando un paro virtual de la actividad muscular. Seguidamente es puesto en un respirador artificial que se desconecta cuando termina el tratamiento y vuelve a respirar por sus propios medios. También se le coloca una mordaza de goma para impedirle que se rompa los dientes o se muerda la lengua. Una vez colocados los electrodos sobre las sienes se aprieta un botón enviándose una corriente eléctrica de entre 180 a 460 voltios que chamusca el cerebro de sien a sien (ECT bilateral), o del frente a la parte de atrás de un lado de la cabeza (ECT unilateral). Esto crea una convulsión severa de larga duración, que es idéntica a un ataque epiléptico. En razón de que el relajante muscular disimula la respuesta normal del cuerpo al electrochoque, el psiquiatra que lo administra usualmente busca una encorvadura hacia arriba o movimiento de los dedos del pie para determinar si el electrochoque "funcionó". Sin este síntoma, se continúan aplicando los choques eléctricos hasta que se obtiene el efecto deseado. El procedimiento completo dura entre cinco y quince minutos y el resultado es inevitablemente daño cerebral. La onda eléctrica a través del cerebro hace que éste descargue energía en una forma muy caótica incrementando el metabolismo a un nivel tan alto que despoja al cerebro de oxígeno y destruye las células cerebrales con consecuencias tales como falta de memoria e incapacidad de aprendizaje, así como también desorientación espacial y temporal. El electrochoque, cabe reiterar, no es más que una lobotomía sin cirugía, aunque de actuación más lenta, a la cual hay que agregarle el terror producido por las descargas eléctricas que dejan secuelas irreparables. @ Para mayor información, envíe un mail al Prof. Horacio Velmont a la siguiente dirección de correo electrónico: grupo_elron@hotmail.com ![]() |
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