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   Edición 85 / Septiembre - Diciembre del 2002

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EcoPortal.net


Ambientalismo y Política


Por Max Henríquez (*)
mover@cable.net.co

Colombia


Hoy en día existe un contradictorio sistema de valoración entre muchos seres humanos que se dicen ambientalistas para las ideas y opiniones, pero productivistas para las acciones prácticas, sin que exista ese compromiso real a favor de la conservación de los ecosistemas.


Los que me conocen dirán ..."Ahora a Max le dio por meterse a la política" o ..."le dio por meterse de ambientalista..." . Tienen razón si mencionan cualquiera de esas dos actividades, pero no el "le dio por meterse...", ya que el ser una persona conocedora de la responsabilidad que nos cabe como profesionales de unas de las ciencias básicas del ambiente: La que estudia la atmósfera, nos obliga a tener una conciencia mayor que cualquier persona hacia la defensa de la naturaleza, de la fragilidad de las estabilidades y los equilibrios que en ella se desarrollan.

Este nicho donde habitamos los ecologistas y ambientalistas tiene su razón de ser en el ser humano mismo y sus particulares formas de ver la vida, el desarrollo y el futuro. Porque el que alguien se vuelva ambientalista está en función al grado de conocimiento que va adquiriendo sobre las interacciones entre el hombre y la naturaleza. Esa relación en la clave. Por ello muchos defensores del maltrato al ambiente se empeñan en seguir manteniendo en la ignorancia a la población, para que no piense y no razone, para que no llegue a conclusiones que lo harán defensor de la vida.

Cuando Arpad Pusztai, eminente científico húngaro-británico que luego de 30 años trabajando en el instituto de biotecnología Rowett de Aberdeen-Escocia, tuvo que realizar un experimento con ratas dándole papa transgénica, se encontró con unas sorpresas que no fueron muy agradables. Las ratitas sufrieron una serie de transformaciones en sus órganos y murieron, por el consumo de esa papa, que había sido alterada por el ser humano en un esfuerzo que puede considerarse loable científicamente, pero cuestionable en cuanto a sus resultados verídicos en la salud y el ambiente.

Surgió la duda científica sobre si esos procesos de la transgénesis (paso de genes entre el reino vegetal y el animal y viceversa) eran o no seguros. La empresa del profesor Pusztai lo obligó a callar los resultados obtenidos ya que en buena medida esa papa estaba ya siendo implementada y vendida para consumo humano, con todas sus consecuencias.

A Arpad lo echaron del trabajo porque él no consideró ético callarse semejante cosa y fue y lo contó a los periodistas que comenzaron el escándalo que hizo que se declarara una moratoria en el uso de tales productos en la vida diaria. Arpad se volvió un científico defensor de la verdad sobre la mentira, defensor de la vida sobre la muerte. Se convirtió en un símbolo del ambientalismo.

Hoy en día existe un contradictorio sistema de valoración entre muchos seres humanos que se dicen ambientalistas para las ideas y opiniones, pero productivistas para las acciones prácticas, sin que exista ese compromiso real a favor de la conservación de los ecosistemas. Más bien termina aceptando que es inevitable la destrucción ecológica para lograr el "desarrollo". Es decir, se desea la preservación del ambiente, pero sin un compromiso ni responsabilidad con su comportamiento cotidiano conservacionista y reparador. Es como decir "..Sí, pero no..." o "pecar y rezar para empatar".

Hoy y en el futuro tenemos la obligación de compatibilizar ese dilema generando una nueva cultura verde que supere la desconexión radical entre el afán destructor y devorador que tenemos principalmente en las ciudades, con las crisis socio-ecológicas que hoy contaminan no sólo el aire, agua y suelos, sino que también constituyen una amenaza creciente a la vida y bienestar de todos nosotros.

Esa estrecha visión de la rentabilidad económica a corto plazo, desplaza casi siempre la opción de tener en cuenta la sostenibilidad ambiental y la relega a un segundo y tercer plano. La obsesión por el crecimiento y la competitividad eclipsan constantemente el debate en torno a los fines sociales y ambientales implícitos en los proyectos públicos y privados de desarrollo.

Las acciones tímidas que se imponen desde los estratos altos de nuestra dirigencia política, incluidos el ministro del ambiente y sus funcionarios cercanos, de un ambientalismo desarrollista, son sectoriales, desconexas, equivocadas y cosméticas, que están muy lejos de responder adecuadamente a la crisis ecológica local y global que padecemos. Y cuando llegan a ser acciones de más peso y contundencia, ellas están desconectadas del resto de la gestión pública y por ello su efecto queda reducido.

La acción que ha realizado el Ministerio del Ambiente desde su creación se han convertido en interesantes foros de concientización y participación, pero no ha conseguido reorientar la tendencia hacia la destrucción de los suelos, la contaminación del aire y las aguas en nuestro país. Por eso es urgente ampliar las políticas ambientales para poder transversalizar y problematizar ecológicamente las decisiones de todo tipo que adopten nuestros gobiernos.

Por ejemplo la explotación de petróleo, la construcción de proyectos de vivienda, de avenidas y carreteras, la toxicidad de los productos usados en la agricultura, los planes de desarrollo, el tráfico en las ciudades, etc.

A diferencia del proceso que se viene llevando a cabo en países europeos donde los movimientos sociales y los partidos verdes han logrado incluir la sostenibilidad en cada debate público y privado sobre temas de interés colectivo, en Colombia el escenario político ha estado huérfano de organizaciones fuertes capaces de centralizar la ecología en ellas. El ambiente continúa siendo considerado como algo distante o que lesiona el desarrollo y obstaculiza la toma de decisiones.

Por ello es que hemos decidido junto con muchos colombianos que piensan igual, que queremos optar por una vida en paz con el planeta, donde ganen terreno las propuestas de sostenibilidad, que impliquen a nuestro entorno más cercano y nuestras costumbres ancestrales.

El Movimiento Verde Colombiano -MOVER-, buscará viabilizar las políticas ambientales teniendo en cuenta todos los fenómenos estructurales que acompañan la globalización económica, buscando la armonización con el planeta que vivimos.

La ecología política que practicamos es una apuesta profunda a favor de importantes cambios en todas las esferas, económica, política, social y cultural. Le pedimos a Dios su ayuda divina para lograrlo, lo cual coadyuvará para la construcción de un nuevo país o para la reconstrucción de la patria. @


(*) Max Henríquez, es el director del Movimiento Verde Colombiano - MOVER; Teléfonos: (571) 6160471 / 6104916; Celular: (571) 2726758; Carrera 7 Nº 83-81, Oficina 301; Bogotá-Colombia


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