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   Edición 84 / Mayo - Agosto del 2002

Salud



Enriquecimiento de la Sexualidad


Por Lic. María Adela Mondelli
Boletín "Vivir Mejor"
mondelli-online@fibertel.com.ar

Argentina


¿Quién habla cuando hablamos de sexualidad?

En las últimas décadas observamos que parece imponerse un sentido impersonal de la palabra dicha. "Se dice...", "la medicina sabe...", "el feminismo sostiene...", "el discurso del poder es...", "la juventud opina...". "... la opinión pública condena...", "... la gente quiere..."


La necesidad de dejar en claro quién es el que habla, desde qué lugar lo hace, con qué propósito y desde qué perspectiva, pareciera hoy carecer de sentido en muchos casos.

Esto tal vez sea una herencia de pensamiento científico, pero en concreto, el hecho de que tal o cuál biólogo con todas las cuestiones que lo determinan es quien dice esto; que tal o cual mujer con estas experiencias es la que sostiene tal cosa; determinado poderoso es el que es representado por tales palabras; que este joven de tal clase social, con estos deseos, es el que opina una cosa; tal o cual ciudadano perteneciente a tal grupo el que condena aquello... parece quedar perdido.

A pesar de que parece más o menos claro que nos entendemos cuando escuchamos estas enunciaciones, en ellas, la persona, el sujeto que dice, no aparece como tal... es abstracto, impersonal. Esto, restringe la responsabilidad sobre el decir de alguien y las consecuencias de esas palabras. Y, por supuesto, esto es un límite a la capacidad de respuesta.

Un ejemplo. Yo puedo decir algunas cosas sobre la eyaculación. Dejar dicho que no soy hombre, que he compartido ese momento con algunos de ellos, que he escuchado a otros y aprendido respecto del tema, contextualiza la palabra dicha. Esto -una palabra contextualizada- responsabiliza a quien la dice. Cuando por aquello se me interpelare, no podré decir: "Ah, yo hablaba de la eyaculación no de mí". No es así, yo hablaba de mi experiencia respecto del tema, aunque nunca haya eyaculado. ¿Se entiende la diferencia, verdad?. La experiencia y nuestras circunstancias resignifican lo dicho. Si no, lo dicho pareciera no tener consecuencias en quien lo dice.

Los modos "de decir", implican un modo de entender el mundo, un modo de pensarlo, una perspectiva desde la cual es visto.

Este modo de decir que intento mostrar, rompe con las dicotomías: El cuerpo por un lado, la mente por otro; el científico por un lado, el objeto de conocimiento por otro... nuestro pensamiento u opinión por un lado, nuestra experiencia y/o actos por otro...

Entonces ¿de qué hablamos cuando hablamos de sexualidad?.

Desde esta mirada que propongo, desde este rompimiento de las dicotomía en donde el que habla queda afuera de lo que dice, lo primero que debemos reconocer es que cuando hablamos de sexualidad estamos intentando traducir al lenguaje verbal -escrito en este caso- nuestra experiencia corporal más inconmensurable. Una experiencia en la vida, tan difícil de traducir en palabras, como lo es la muerte misma...

Inconmensurable para la palabra digo... Porque la experiencia de la sexualidad, pertenece a un orden que no es el de la palabra... tal como la muerte. Son del orden de lo que acontece más allá de la palabra. ESO de lo que todos sabemos

La más bella descripción que pudiera hacerse de la experiencia orgásmica ¿Lo dice todo respecto de ella para quien no la experimentó? ¿O apenas resuenan determinadas notas que entran en consonancia con una experiencia indescriptible para el que la ha experimentado?.

Paradójicamente, aunque perteneciente a otro orden, el lenguaje es una parte muy importante de esa experiencia de la sexualidad, y parte importante de lo que la determina en sus modos de desarrollarse.

Si sólo fuera "de esto no se puede hablar", estaríamos salvados:) ... el tema es que de esto, no se puede decir todo pero se impone el intento de seguir diciendo lo posible, forzando el límite que impone el lenguaje. No se puede traducir todo a la palabra... Pero se impone el decir respecto de ella, porque de palabras también está constituida la sexualidad.

Esto implica reconocer que no todo puede ser "traducido", que la sexualidad dicha no puede identificarse en modo directo con la experimentada, pero que como una modifica a la otra (la dicha a la experimentada y viceversa) reconocer y poder dar testimonio de desde qué lugar habla cada uno es parte de esa modificación mutua en sí y con otros. @




 

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