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Desde los albores de la humanidad hubo cirujanos. Basta recordar a los trépanos de piedra, al taladro de la Edad de Bronce o la sierra de cristal -todos, instrumentos de más de 3.500 años de antigüedad- para confirmar la sospecha. Los testimonios bíblicos mencionan la circuncisión egipcia y hebrea, las tablillas de cera indias y chinas hablan de trepanación y grabados incaicos y persas explican cómo amputar un pie o un brazo. Las noticias más completas sobre el arte de operar aparecen en la obra del médico romano Celso (25 d.C.) que compila todo el saber quirúrgico anterior (unos diez siglos). Por él nos enteramos que Hipócrates ya entendía en el 420 a.C. sobre fracturas, extracción de muelas, punciones en tumores y castración de genitales. Celso observa que para hacer cirugía es necesario ante todo "conocer la anatomía, su base sagrada". La escuela de Alejandría (S. 3 a.C.) proveyó al entendido de toda la teoría y la práctica del funcionamiento de órganos. Claro que por aquella época, se hablaba de "humores vitales" o "soplos divinos" para explicar el por qué de la vida y los doctores de la ley y de la medicina, acordaban en que por razones religiosas, "al cuerpo no había que perforarlo sin causa justificada". La mayoría entendía que no se lo debía tocar ni aún estando muerto. Entre estas teorías antagónicas creció "la cirugía". Celso denuncia a la doctrina del dejar estar y funda la patología quirúrgica (estudio de las enfermedades que merecen ser examinadas en las mismas entrañas del organismo). Equivocado la mayoría de las veces, acierta en cambio el camino a seguir: La investigación. Hasta entonces, los cirujanos practicaban su oficio sin método y sobre el mismo "campo" enfermo. No buscaban causas sino efectos. Y a éstos, llámense tumores u ojos defectuosos, los extirpaban. Reparación de órganos Galeno, en el año 169 d.C. da precisión a lo apuntado vagamente por Celso, abriendo el camino a la cirugía clínica y creando la técnica del vendaje. El periodo grecolatino -entre los siglos 5 a.C. y 5 d.C.- es imitado por árabes y pueblos de la India y Mesopotamia. Los chinos, en cambio, practican la acupuntura, un medio entre quirúrgico y místico basado en pinchazos con agujetas especiales para lograr un buen mecanismo vital. Los 1.500 años que siguen a Galeno están impresos por su talento como teórico y pocos pudieron escapar a su influencia. Sus dogmas fueron terminantes: El método científico estaba de más y todo debía hacerse "bajo la dudosa luz del pragmatismo", según dijo el doctor Adrián, pionero en operaciones del sistema nervioso. En otras palabras, para Galeno y sus continuadores "lo que estaba mal estaba mal y no se podía curar". Sin embargo, el anatomista belga Vesalio, en 1543 intenta demostrar que los órganos que funcionan irregularmente pueden ser reparados mediante la intervención quirúrgica. Levanta una ola de protestas que solo se acalla con su velada confesión "de haber perdido el juicio para refutar a Galeno, el maestro". El oscurantismo del medioevo ahogó la información de los audaces como Vesalio y apagó todo amago de polémica. Lo positivo de este período, fue que surgieron grandes hospitales dedicados a la cirugía clásica y leyes médicas que favorecían el progreso de la especialidad, a la que consideraban "menor que el saber recetar desde una silla confortable sin acercarse siquiera al paciente". Los peluqueros doctores La cirugía llegó a divorciarse tanto de la ciencia que su ejercicio quedó relegado a los barberos. Los "ilustres doctos" no querían tocar a mutilados o enfermos que sufrían ataques de vísceras. La oscura -y aislada- contribución de algún cirujano se dio en muy contados casos. A partir del Renacimiento y hasta el siglo XIX ocurre una "explosión médica": la revalorización de uno de esos tímidos especialistas fue el germen. ¿Quién fue el rescatado del olvido? Ambrosio Paré (¿1510-17? -1590), estudioso que en 1545 sintetizó en un libro todas sus experiencias quirúrgicas. Padre de la cirugía moderna, Paré supo curar fracturas de cráneo, hernias, tumores internos, estómago ulcerado y hasta músculos paralizados. Él abolió la absurda costumbre de tratar con aceite hirviente las heridas por arma de fuego e introdujo la técnica de ligar arterias en las amputaciones en vez de aplicar hierro al rojo vivo en las heridas. Junto a Vesalio elevó a la cirugía al rango que la ciencia le reclamaba. El fin del dolor Pese al progreso, una cosa quedaba en pie: El sufrimiento del operado, antes, durante y después del acto quirúrgico. Muy pocas personas tenían fortaleza para soportar el paso cruento del bisturí. Lo más probable era morir en el quirófano de un shock o poco después del postoperatorio, a causa de infecciones. La manipulación del cirujano en los órganos internos era inaguantable para el enfermo y los microbios o virus esperaban su turno para acabar con el paciente en plena convalecencia. El combate contra la invasión infecciosa surge en 1860 con Pasteur, y diez años más tarde Lord Lister lo aplica en el quirófano. Lavarse las manos fue el secreto número uno. Muchos cirujanos se negaron, pero el tesón y la experiencia de Lister triunfaron finalmente. A pesar de conocerse desde 1800 la anestesia, recién en 1844 se la prueba experimentalmente en una extracción dental realizada por Wells con gas óxido nitroso. A partir de 1890 y durante la primera década del siglo XX, fueron perfeccionándose los sistemas de anestesia, y el dolor comenzaría a quedar abatido en la sala de operaciones. Numerosos avances relacionados con la respiración extracorpórea, el uso de instrumental eléctrico para cauterizar heridas e inspeccionar a simple vista el territorio orgánico a operar, representaron adelantos que se alcanzaron en los períodos de las dos entreguerras. Desde 1970 es posible operar prácticamente, todo el cuerpo. Las operaciones de cerebro y médula espinal, que por milenios han sido vedadas a la cirugía, son actualmente intervenciones comunes. Hoy, el refinamiento de la teoría médica y la pulida práctica quirúrgica no encuentran fronteras en la reparación de órganos. De la piedra al acero La técnica quirúrgica reconoce sus antecedentes más antiguos en los bisturíes de piedra tallada y pulida de la India. Para los historiadores, la antigüedad de estos instrumentos oscilaría entre los 6.000 y 7.500 años. En el 1.000 a.C., los incas contaban con serruchos de lajas para amputar miembros gangrenados y utilizaban una herramienta de madera en forma de T para trepanar cráneos. En el 420 a.C., Hipócrates describía su arsenal enumerando trépanos de cobre, pinzas, sondas acanaladas, espejuelos para mirar la garganta, cauterios y catéteres (instrumentos típicos para punzar y fijar tejidos). Fuego para cicatrizar llagas o chapas de oro para mantener rígidos huesos fracturados, completa el "stock" quirúrgico. Durante los próximos dos milenios sólo aparecen unos pocos instrumentos de cirugía. La falta de teorías fisiológicas coherentes (además de ignorar la anatomía humana) todavía frenaba el progreso. Sin embargo, se perfeccionan los utensilios probados por la experiencia: Suturadores de piel, tenazas, gubias, martillos y serruchos para amputar brazos o piernas y compresas. Más allá de los logros alcanzados con estas herramientas, dañaban o infectaban al organismo y era aún incapaz detener las hemorragias. El óxido de los metales introduce el tétanos (microorganismo que daña el tejido cerebral) y, desconociéndose la asepsia, todo era motivo de muerte en las operaciones del pasado. Cuando entre 1740 y 1760 se obtiene acero fundido, gracias a los trabajos de Huntsman, la cirugía encuentra un aliado inmejorable, y el bisturí su filo definitivo. Llega la electricidad Los aparatos con que cuenta la medicina quirúrgica entre 1800 y 1879 suman 17 mil, según tratados médicos de la época. En la mayoría son versiones modificadas de herramientas del tiempo de Hipócrates. Dasault es el gran inventor: Sondas, escalpelos, extirpadores de cataratas y tumores, dilatadores de uretra, entre otros. Cuando aparecen en escena anestesia y asepsia surge el diseño de equipos eficaces que optimizan las intervenciones. Luego, los expertos incorporan en la mesa de operaciones a la electricidad, hija directa de la Era Maquinista. Por ella se llega al autoclave (esterilizador del instrumental quirúrgico), al respirador artificial, al trasfusor de sangre y al cauterizador de heridas. En 1948 un nuevo miembro de la familia médica se hace cargo de trabajos más audaces: La electrónica. Nace la era de la biología nuclear y el viejo quirófano es uno de los grandes beneficiados. Electroencefalógrafos para conocer el ritmo cerebral, electrocardiógrafos para tomarle el pulso al corazón y analizadores generales de plasma sanguíneo, presión arterial, disposición molecular del tejido vivo y cientos de aparatos más, entran en escena. El quirófano se trasforma en gabinete de física y el cirujano cada día se parece más a un ingeniero o a un doctor en física. Ya no basta su destreza manual para empuñar el bisturí: Hace falta saber cómo y cuándo desgarrar la piel; cuánto tiempo tener en estado de muerte aparente sin asfixiar células del cerebro y de qué manera reanimar al operado. Riñón artificial, pulmotor, trasfusor automático de sangre y paneles electrónicos de detección del estado de salud completan la fascinante década del 50. Una estética antigua El Ayurveda, compendio hindú de medicina redactado hace más de 2000 años, habló de técnicas de "reconstrucción nasal", a cargo de alfareros y ceramistas. Papiros egipcios muy anteriores también informaron acerca de "restaurar rostros con pedazos de piel". Una nariz rota en el campo de batalla solía emparcharse con colgajos sacados de mejillas. El injerto fue conocido desde la antigüedad. Celso dejó prolija descripción de la implantación de tejidos vivos en caras quemadas o marcadas por lanzazos. Galeno creó procedimientos originales para reparar labios y orejas. Pero, como todo lo ocurrido en cirugía, recién entre 1480 y 1590 el arte de restaurar cara y cuerpo adquirió madurez. El italiano Tagliacozzi -a mediados del siglo XVI- sorprendió a sus contemporáneos con un exitoso injerto: Trasplantó un pedazo de piel del brazo a la nuca y a la frente de un militar. Tagliacozzi trascendió como el padre de la cirugía plástica científica. Su fracaso: El injerto se "secó" porque tuvo escasa irrigación sanguínea. Esta técnica, llamada autoinjerto, quedó durante 300 años olvidada. Entretanto, y a consecuencia de lances caballerescos y continuas guerras, abundaron narices y orejas de cerámica. Ojos artificiales aparecieron en 1798 en Alemania, y ya en 1873 se supo de la "rectificación de mandíbula, nariz y frente" efectuada por un anónimo cirujano francés. Un especialista en refacciones corporales, el doctor Larrey, sentó las bases de suturas entre 1870 y 1880, al par que ideó pinzas para injertos de colgajos de piel. Se cree que fue quien "remendó" el mentón a Napoleón III, poco antes de su calda emperador. Injerto de manos Hasta la Primera Guerra Mundial todo quedó como estaba: Hubo poco progreso visible. La ortopedia se hizo cargo de mancos, cojos y paralíticos. En 1926 nació la prótesis de placas gracias a los trabajos de un neurólogo, pionero en la unión de nervios y tendones desgarrados. Esto permitió colocar láminas de hueso animal en el hueco nasal o rectificar el trazado de mandíbulas hundidas. John Addell fue el primero en insertar, en 1928, un brazo articulado de madera en el hombro de un soldado al que una granada le voló aquel miembro. Pero fue el doctor Passot quien unió la prótesis y la ortopedia con la cirugía plástica. En 1940, y ya en plena Segunda Guerra Mundial, otro "as" de la especialidad, el inglés McIndoe, recibe el sobrenombre de "Dios". Volvió a la vida a 4.500 aviadores semihundidos en la monstruosidad física. De aquí en más la cirugía plástica pasó a ocupar un lugar relevante dentro de la ciencia universal. @ ![]() Publicación Mensual Editor/Director: Dr. Marco Aurelio Real (h) Lavalle 1625 1048 - Buenos Aires - Argentina Telefax: (54 11) 4374-8402 / 4372-7436 mercurio_salud@mercurio.com.ar www.mercuriodelasalud.com.ar |
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