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Sin variar su tradición, los pronósticos catastrofistas con que algunos fanáticos ecologistas intentan presionar para forzar un cambio global, han resultado un fraude. Sin embargo, algunos de sus mitos siguen teniendo peso en la opinión pública pese a la oposición de la ciencia. Si el Amazonas no es el pulmón verde del mundo ni el dióxido de carbono un problema ni existe tal agujero en el ozono causado por la contaminación, ¿con qué propósito insistir? A veces la prensa puede transmitir información errada, provocando graves males en la sociedad. Basándose nuestro trabajo en aspectos de polémica y de pensamiento así como en probar la real influencia de los medios de comunicaciones y ONGs diversas en la formación de la opinión pública, no cerraremos las cuestiones científicas a lo expuesto en estas líneas. Siempre pueden agregarse más antecedentes y consideraciones, pero no varían los sustentos de sus verdades. Contra todas las previsiones del informe original de la CIA sobre el debilitamiento de la capa de Ozono, hacia mediados de los setenta, ni las plantaciones se estropearon ni la aridez conquistó al planeta. Por el contrario, se han registrado las temperaturas más bajas y más altas del siglo, la producción de alimentos ha sido la más alta, los precios han decrecido y ya hay zonas donde se ha revertido la deforestación. El beneficioso cambio climático ha significado una superabundancia de cosechas pero, curiosamente, esto no ha redundado en beneficios para el sector agrario. Lamentablemente la nueva configuración de la economía, la irrupción de multinacionales manejadas con criterios especulativos, entre otros factores de orden formal, ha devenido en un empobrecimiento y agonía para los agricultores. El juego de grandes capitales y medios de comercialización internacionales, la incorporación de tecnologías de punta y aspectos similares implican una competencia no ya desleal sino más bien absurda. Malthus y los absurdos súper-poblacionistas Como es por todos conocido, Malthus propuso una ridícula teoría de crecimiento poblacional contrastada con los recursos. Según esta fórmula, siempre la población termina superando la producción de recursos para alimentarla y llega a un colapso. Y aunque ya los hechos y la simple lógica han destruido semejantes patrañas, son muchos los "genios" que siguen creyendo en estas historias. Sin ir mas lejos, el hermético Club de Roma, que pareciera dirigir invisibles hilos de poder, ha impulsado estas tenebrosas teorías y las ha impuesto en el pensamiento mundial. La misma ONU y sus aliados las sostienen como base ideológica de control demográfico. A fin de no asustar al lector, le haremos reír con una de las afirmaciones más categóricas y rotundas que han surgido de las filas ecologistas. De paso comentaremos que en su momento tuvo repercusión mundial, con las consiguientes corroboraciones de los "sabios" del momento. Fue en la década de los 70. El eminente profesor y activista verde Dr. Ehrlich sostenía que era "totalmente imposible en la práctica" que la producción agrícola aumentase lo suficiente para poder alimentar a los 6.000 millones de seres humanos que se esperaban para el 2000. Sus computadoras vomitaban cifras intimidantes. En esa época el mínimo de calorías era de 2.360. Hoy, con el mínimo de 2.740 la producción alimenticia no parece ser un problema. La complicación está, acotemos, en el problema de la distribución de los alimentos. Se arrojan toneladas de comida mientras se pudren otras tantas en paralelo con el sufrimiento de millones que gimen por falta de recursos para sobrevivir y para producir alimentos. Es más: La producción de alimentos sobrepasa los índices de crecimiento de población (decreciente) y de contar con producciones híbridas o transgénicas, los índices podrían dispararse aceleradamente en la producción de recursos. El CO2: El villano de la historia Tozudos en su ideología, los terroristas verdes vienen a asustar a la población para movilizarla -por el miedo- a sus ideales sociales. Y este juego es macabro. Veamos por partes el problema. Si el lector hace un viaje de digamos unos 100 kilómetros en automóvil, arroja a la atmósfera unos 40 kilos de CO2 (dióxido de carbono). Lo que pondría los pelos de punta a un bienintencionado boy scout no intranquilizaría a un estudiante de biología. Éste le recordaría que antes del mismo oxígeno, ya existía dióxido de carbono. Le agregaría que ni siquiera es un gas tóxico. Es más: El CO2 es el principal material que utiliza la naturaleza para sostener la vida. Los vegetales se "alimentan" de CO2 para su proceso de fotosíntesis. Luego formarán las azúcares que terminarán produciendo la energía de la vida vegetal y animal. Quizá, para convencer al niño explorador, lo llevaría a un invernadero y le mostraría las máquinas que insuflan CO2 al recinto para estimular el crecimiento de la vida vegetal. Luego le llevaría a un museo de historia natural para mostrarle las plantas y vegetales varios que existían en la Era Secundaria. Eran gigantescas. ¡Y los índices de CO2 archisuperaban cualquier cifra que un ecologista podría tener en su más negra pesadilla! Pero seamos un poco crueles con el entusiasta biólogo. Mientras caminaba junto al boy scout, les sale al encuentro un bienintencionado militante de Greenpeace. Les entrega un panfleto en que denuncia "el dramático aumento de la concentración de CO2 en la atmósfera". La quema de madera y de combustibles fósiles como el carbón, el petróleo y el metano ha elevado las cifras enormemente, les dirá. Y para muestra un pequeño dibujo en que se ve cómo antes de la Revolución Industrial la concentración de CO2 era de unas 250 partes por millón. A la derecha otro dibujo que indica que hoy hemos llegado a nada menos que 365 partes por millón... y antes de mediados del nuevo siglo quizá lleguemos a 800. Ambos, el niño explorador y el ecologista miran al biólogo. ¡Está sonriendo! El buen científico les pregunta si acaso conocen un avión. Mejor aún si han viajado en alguno. Ambos contestan que sí. "Bien", aclara, "el reglamento de seguridad de las líneas aéreas indica que el piloto debe conectar el aire acondicionado, tomando aire limpio del exterior, cuando la concentración de CO2 en el aire de la cabina es superior a las 30.000 partes por millón. Hasta entonces la concentración es perfectamente tolerable". Ahora los tres se sientan frente al mar a beber un refresco. El estudiante de biología aprovecha la vista para aclarar aún más. Les comenta que de las 6 gigatoneladas de carbono que la humanidad produce por año, apenas la mitad queda en la atmósfera. "¿Y el resto?", preguntan sus nuevos amigos. "El resto lo absorbe en parte el océano y la mayor parte pasa a aumentar la reserva de carbono de la biomasa terrestre", responde. "Es más", agrega, "¿sabían que ni el Amazonas ni los bosques son los pulmones del planeta?" El activista de Greenpeace se tapa pudorosamente la camiseta que clama "¡Salvemos el Amazonas, pulmón verde de la Tierra!" A las miradas perplejas, nuestro amigo les explica cómo la Tierra se compone por un 75% de agua. Son los océanos, repletos de microalgas, quienes respiran por la tierra. Ellos son los gigantescos pulmones verdes. Y para mayor regalo, la masa vegetal a nivel mundial está aumentando. Mirando al propagandista verde, le aclara que esto no significa que haya que arrasar los bosques ni el Amazonas, que esa respuesta sería una falacia. Y con esta explicación les consuela ante las protestas iniciales por la no tan grave desertificación. Aquí el activista verde le pregunta, entre molesto y curioso, sobre cómo puede ser posible esto. Y el buen científico le responde calmadamente que el aumento de la biomasa global se debe en parte a las políticas de reforestación de muchos países como Estados Unidos, Australia o Chile. "Pero por sobretodo", enfatiza, "por el proceso de mayor crecimiento de la vegetación ya existente en las latitudes medias y altas, en donde la vegetación se beneficia de una atmósfera más fértil". "¡Si", se ríe por las caras atónitas de sus amigos, "con la quema de combustibles fósiles, devolvemos a la atmósfera y al ciclo vital el carbono que alguna vez fue suyo. Los depósitos de carbón, o de metano, o de petróleo, que hoy consumimos, se formaron precisamente por la sustracción a la atmósfera, durante el Cretácico, o el Carbonífero, u otros períodos geológicos, del CO2 atmosférico. Hoy la humanidad se lo devuelve". Observó la leyenda de la camiseta y se rió un poco por la vergüenza que tenía el adolescente. "Se calcula que si se quemasen todos los bosques, arbustos y hierbas del mundo, la disminución de la concentración de oxígeno en la atmósfera disminuiría tan sólo un 0,03%.... ¿entiendes mejor lo que te digo?. Sin embargo, obviamente, sería un desastre para los animales y nosotros mismos, pero por motivos absolutamente diferentes". ¿El dióxido de carbono disminuye el oxígeno? Mientras charlaban, los refrescos se acabaron. Regresando por el mismo camino, el buen ecologista se reencontró con la protesta de sus colegas. Estaba confundido. El estudiante de biología entendió lo que pasaba y se anticipó a su duda. "¿Te preguntas sobre si acaso el CO2 disminuye realmente el oxígeno del planeta?" El chico verde le contestó moviendo la cabeza y reconociendo que aceptaba que el dióxido de carbono no era peligroso ni venenoso ni mucho menos, pero que no acabara con el oxígeno y el ozono... era difícil de tragar. "Mira, es simple", le acotó al biólogo, "si cada partícula de carbono toma una de oxígeno para formar CO2, entonces por cada molécula de CO2 perdemos una de oxígeno del aire. Es tan sencillo que me confunde que lo niegues", concluyó el ecologista. El biólogo, lejos de retroceder, se le acercó entusiasmado por la pregunta. "Esperaba que dijeras eso", respondió. "Observa bien que son más de mil millones de gigatoneladas de oxígeno las que contiene la atmósfera". Continuó explicándoles que el oxígeno comenzó a producirse prácticamente desde el surgimiento de los vegetales, en tanto que se produce en la reacción clorofílica. "Todo el CO2 que producimos los hombres y los animales destruye ese oxígeno". Ahora bien, ¿sabían que las plantas también producen CO2? ¡Y mucho! Si cuando viven los vegetales absorben CO2, cuando mueren se pudren, se descomponen... y producen tanto CO2 como absorbieron antes. "Por eso los bosques, particularmente los bosques viejos y centenarios, son al mismo tiempo grandes productores del mal temido CO2", continuó. Como atardecía, les mostró el Sol con una mano y les agregó que la absorción del CO2 por parte de los vegetales sólo se da de día, cuando hay luz. Que de noche aumentan los niveles de dióxido de carbono hasta los máximos niveles. ¿Y el calentamiento terrestre? La brisa del mar les refrescaba un poco los rostros. Había sido un día caluroso. El ecologista recibió agradecido de manos del atento boy scout un gran y espumeante vaso de agua mineral. El calor le recordó algo que le hizo sonreír. Buscó en su carpeta de buen activista y sacó un papel. Le mostró al biólogo, como refutando, las terribles predicciones que en 1895 el Dr. Svante Arrhenius presentó ante la Sociedad Física de Estocolmo. "Como es bien sabido", comenzaba el folleto, "Arrhenius fue el precursor de la preocupación mundial por el aumento del CO2, el efecto invernadero y el calentamiento terrestre". El estudiante de biología terminó de leer el pasquín y lo devolvió. Sonrió otra vez, preparando a su pequeño auditorio para otra sorpresa. "Deberías saber que si bien es cierto que Arrhenius demostró que las variaciones de la concentración atmosférica de CO2 podrían tener un gran efecto en el balance de energía global y en la temperatura superficial del planeta, nunca alertó ni se preocupó por el efecto invernadero. ¡Por el contrario!", se interrumpió con carcajadas, "¡Arrhenius sugería que el incremento del contenido del dióxido de carbono en la atmósfera, debido a la quema de combustibles fósiles, podría ser beneficioso al hacer que los climas de la Tierra fuesen más cálidos y más parecidos, estimulando el crecimiento de las plantas y proveyendo de más comida a la creciente población!" A continuación aclaró que si bien es cierto las previsiones eran beneficiosas, no se podían suponer los efectos realmente negativos que tendrían ciertas actividades industriales y de transporte. Pero que sin embargo, las últimas noticias bastaban para demostrar que ni con los 0,5º C con que se acusa al calentamiento terrestre se podría afirmar un efecto invernadero. De hecho mientras en Europa se fríen de calor, en el sur del mundo las ovejas mueren congeladas. O que mientras Argentina experimenta calores insufribles, en Estados Unidos el frío causa estragos... ya a principios del verano e invierno respectivamente. Y continuó explicando que realmente el CO2 es un gas invernadero. De hecho, retiene la radiación infrarroja y, de esta manera, calienta las capas más bajas de la atmósfera. Ahora bien, que su incremento sea la principal causa del aumento térmico es todavía una cuestión en debate. "Los climas de la Tierra han sufrido variaciones a lo largo de toda su historia, en muy diferentes escalas de tiempo: De millones de años, de milenios, de siglos y hasta de décadas. Y no es nada seguro que las variaciones del CO2 hayan sido su principal causa", recordó. "Por lo demás, cada vez que llegamos a récord -del siglo- en temperaturas, nos encontramos con una cifra igual o mayor antecesora en uno o dos siglos, lo que significa que el fenómeno no es extraño al planeta, sino que surge cada determinada cantidad de años. Y de períodos anteriores a doscientos años no contamos con registros científicos creíbles". Cerró los ojos, como recordando alguna información debatida recientemente con sus colegas. "Los cálculos teóricos indican que una duplicación del CO2, con respecto a los niveles preindustriales -que se alcanzará probablemente antes del final del próximo siglo- implicaría un aumento de tan sólo 1,2 grados. El resto del aumento, hasta unos 4 grados según algunos modelos climatológicos, sería en realidad debido, sobre todo, al incremento derivado de otro gas invernadero: El vapor de agua. De todas formas, el aumento de la nubosidad y otros complicados efectos consiguientes, podrían hacer que el aumento térmico se quedase en nada". Miró a sus amigos y continuó con entusiasmo, "puede incluso darse la paradoja de que un calentamiento inicial produzca el enfriamiento de Europa debido a la parada de la Corriente del Golfo que calienta el Atlántico Norte. Este "patrón" se produciría teóricamente si en el Atlántico Norte aumentasen las precipitaciones y las aguas superficiales perdiesen salinidad y se hiciesen menos densas. El agua densa que actualmente se hunde al sur del Ártico, y cuyo hundimiento permite la llegada de agua superficial cálida venida desde el Trópico, dejaría de hacerlo y la Corriente del Golfo no llegaría hasta las latitudes altas. Los vientos del oeste que atraviesan el Atlántico y llegan hasta Europa, serían fríos y nuestro continente entraría en una fase gélida. Según las convenciones científicas, ya ocurrió algo parecido una vez, hace 13.000 años, en un milenio que se conoce como el de la Joven Dryas. Entonces el CO2 también iba en aumento y, sin embargo, las temperaturas, sobre todo en Europa, descendieron" Sus contendores estaban atónitos. Les propuso hacer una pausa para comer alguna cosa. El agujero de la capa de ozono Mientras comían se rieron mucho de una respetable señora con una melena armada casi completamente con fijador en aerosol. Su peinado parecía un casco. El biólogo aprovechó la oportunidad para continuar. Resumió lo anterior y les comentó sonriendo que tras todas las campañas de los ecologistas, la gente ya casi ni distinguía entre el agujero de la capa de ozono y el calentamiento global. De hecho, el efecto invernadero muchas veces era explicado por la prensa simplemente como el resultado de la excesiva cantidad de radiaciones que se colaban por el agujero y que terminaban calentando la Tierra. "En realidad, el aumento de la cantidad de energía solar directa que se recibiría en superficie tras una hipotética disminución del espesor del ozono es pequeñísima, pues la radiación ultravioleta absorbida por el ozono sólo representa un pequeño porcentaje de la energía total recibida del Sol: Menos del 0,04%", puntualizó. Pero agregó con un golpe de efecto: "¡El efecto contrario -el de un enfriamiento debido a la reducción de la capa de ozono- es más probable!" Como ya casi ni le creían de tanto contradecir a la prensa y a los extremistas verdes, se concentró en explicar el fenómeno fácilmente. Señaló que el ozono, como el vapor de agua o el CO2, es también un gas invernadero, que frena la pérdida de radiación infrarroja transmitida al espacio por la superficie de la Tierra y la devuelve hacia abajo; es decir, hace aumentar la temperatura de la superficie terrestre. Por lo tanto, su disminución implicaría un enfriamiento. Y este efecto de enfriamiento sería superior, según los cálculos radiactivos, al efecto de calentamiento producido por el incremento de la radiación ultravioleta. En este sentido, calentamiento global y disminución de la capa de ozono son dos catástrofes que poco tienen que ver. Incluso se podría decir que son antagónicas. Dado el complejo equilibrio entre los efectos del aumento del CO2 en la troposfera y la estratosfera (calienta la primera y enfría la segunda), es imposible predecir con certeza las consecuencias. Unas cosas equilibran otras. De hecho, las nubes polares estratosféricas de primavera de la Antártida producen por si mismas un agujero (el famoso agujero), dada la cantidad de ozono que destruyen. Pero la radiación solar en sí misma es un factor creador de ozono. Por esta razón los modelos indican una disminución del ozono en las latitudes altas (cerca de los polos) y un aumento en las latitudes medias y bajas (cerca del trópico). Conclusiones Hasta aquí acompañamos a nuestros amigos. Nos queda un espacio breve para reflexionar. ¿Por qué, entonces, se insiste tanto en algo que es mentira o un mal entendido casi inexcusable para la prensa y los "ambientalistas"? Diremos que lo que se intenta obtener es disminuir a cualquier costo el incremento del CO2, lo que tendría consecuencias económicas y políticas incalculables. Se quiere atajar su consumo bajo la amenaza del cambio climático. Una lástima, porque las reservas de combustibles fósiles son muy abundantes, lo que podría permitir unos precios bajos y facilitar el desarrollo de los grandes países pobres como China y la India. Los 2.000 millones de personas que carecen de energía no contaminante padecen los efectos de este terrorismo ecológico. Son personas que cuentan tan sólo con madera y un poco de carbón para suplir sus necesidades energéticas. Y con esto no sólo deforestan, sino que contaminan peligrosamente el interior de sus viviendas. Las campañas internacionales y multimillonarias tendientes a impedir la construcción de centrales eléctricas, son un tipo de presión que se nos antoja inhumanitaria y auténticamente antiecológica. En 1970 los mismos ambientalistas juraban sobre sus herbarios que las reservas de petróleo no durarían 20 años. A lo sumo 30. Subieron los precios hasta las nubes. Hoy en día, si no se explotasen nuevas reservas ni se mejorase ni inventase ninguna tecnología, tendríamos combustible por lo menos para 60 años. Sólo de carbón tenemos reservas indefinidas, muy ricas. Y está muy bien repartido sobre el planeta. No se corren riesgos de monopolios. Pero para agregar ridículo a las antiguas aseveraciones, surge la "asombrosa" noticia de que la OPEP ha "debido" disminuir la producción de combustibles en 1,5 millones de barriles diarios. ¿Falta combustible? No... Les "falta" dinero por cobrar... Realizaremos parte de nuestras consideraciones resumiendo el excelente trabajo de Antón Uriarte en el libro en homenaje a D. Carlos Santamaría, de muy próxima aparición. "Entre los combustibles fósiles", escribe Uriarte, "el metano (gas natural) es ahora el preferido. Produce un 40% menos de CO2 que el carbón por unidad de energía. Sin embargo, tiene sus inconvenientes: Es más caro y está mucho peor repartido. Por detrás del debate, paradójicamente, el tipo de energía que más intenta beneficiarse es la energía nuclear. Las energías alternativas, solar y eólica, no son en realidad alternativas globales de peso. Pueden servir para suministrar energía en lugares remotos, o para dar un lustre ecológico a edificios modernos y caros (la ciudad olímpica que se construyó en Sydney es un ejemplo). Pero la electricidad de origen eólico representa actualmente tan sólo el 0,04% del consumo mundial eléctrico. Desde hace siglos el viento sopla donde quiere y no tiene más fuerza que la que tiene. Por poner un ejemplo próximo, el proyecto de Eólicas de Euskadi, con la instalación de unos 300 aerogeneradores en 7 parques eólicos y una inversión de 25.000 millones de pesetas, sólo tendrá en total una potencia, en condiciones óptimas de viento, de 175 Mw; poco en comparación con los 2.000 Mw que pueden alcanzar las dos o tres centrales térmicas que, sin ser apenas anunciadas, están también proyectadas. Estos molinos modernos (motores y cables con aspas), que ocupan grandes superficies del campo, suministran, más que energía, la imagen ecológica (anti CO2) que se dan las compañías eléctricas y los gobiernos europeos. Su crecimiento en Estados Unidos, donde comenzó, está prácticamente estancado. El desconcierto ecologista es grande. Los grandes grupos multinacionales (Greenpeace, Amigos de la Tierra...), que adoptaron el lema imperial de "pensar globalmente, actuar localmente" son partidarios de construir más y más parques eólicos. Sin embargo, los grupos ecologistas de las localidades, como en el caso español, que tienen que soportar sus inconvenientes a cambio de muy pocas ventajas, se oponen a ellos. En cuanto a la energía solar, se necesita que haya Sol y grandes superficies en donde instalar los paneles. Pero las diferencias estacionales de insolación son muy grandes, y la energía es necesaria a lo largo de todo el año. Su necesidad es máxima precisamente en el invierno, cuando las noches son más largas y la inclinación del Sol diurno es más baja. No, el Sol no es una solución para suministrar de energía a las grandes ciudades contemporáneas. No lo es en las urbes pobres y hacinadas de México, El Cairo o Nueva Delhi, ni en las urbes de largos inviernos fríos del Norte (Pekín, Moscú, Nueva York...)" Cuando comenzábamos nuestro artículo, decíamos que era necesario detener el terrorismo ecológico. Ya le hemos denunciado con anterioridad en este medio. Es sabido que en sus vertientes más radicales, el ecologismo propone un tipo de hombre y de sociedad tribalizados, carentes de toda tecnología o civilización, reducido únicamente a la satisfacción de sus pasiones más animales. Y esto no sólo implica aspectos materiales, también repercute en la concepción del mundo y de Dios. Gnósticos más o menos develados, incluso han llegado a proponer en Eco '92 que el hombre sea visto como un cáncer sobre la Tierra y que benévolamente se podría permitir vivir a una de cada cinco personas. El fenómeno ideológico es, por lo tanto, mucho más complejo de lo que puede contener este espacio destinado a cuestionar los dogmas verdes. Si distinguimos entre una verdadera ecología, una que se preocupa por todos los ambientes en que se desarrolla la creación, donde el hombre se encuentra a la cabeza, como rey y señor, entonces resulta más fácil entender el porqué de los desastres reales que sufre el planeta. Y también el porqué de los vicios que mueven a los enemigos de la civilización. Como rey, el hombre responderá ante Dios por el buen gobierno. Mal gobernante sería aquel que no velase por el bienestar del reino, y lo devastara y arruinara por caprichos y maldad. La reflexión final la centraremos en un punto importantísimo: En aplicarnos con seriedad y responsabilidad a informarnos y pensar por nosotros mismos en consonancia con la Santa Iglesia. A no acreditar sin juicio alguno lo que dicen los medios de comunicación informativos. Éstos sirven para comunicar ideas pensadas por otros, que en ocasiones nada tienen que ver con la realidad. Y en peores casos, las noticias vienen mezcladas con prejuicios. Ellos no informan la verdad - como deberían - como nos intentan hacer creer. Simplemente transmiten lo escuchado. Su función, muy importante y necesaria, es informar con objetividad y no otra, cosa que no suele ocurrir. Nada de malo hay en cuidar el planeta que nos ha sido otorgado. Por el contrario, es nuestro deber de Estado. Lo importante, insistimos, es que el cuidado se dirija hacia las bases (buena educación, fomento de la virtud, información fidedigna, menos individualismo, etc.) y no hacia cifras aterrorizadoras que muchos intentan refutar sin conseguir siquiera un pequeño espacio en los grandes medios de comunicación, supuestamente objetivos e interesados en el bien mundial. Lo mismo diremos para juzgar a quienes movidos por ideales se dejan llevar por organizaciones de aparente virtud. Sea nuestra esperanza en el Reino de Dios la guía que nos oriente en este paso por la Tierra y nos de integridad para el buen gobierno del universo. Así se cumpla el bien perfecto para el que fuimos ordenados y creados. @ |
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