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Amanece, y Pedro, ya camina hacia su escuela. En sus nueve años, y tres de escolar, ha hecho ese recorrido cientos de veces. Los casi diez kilómetros de tierra que median entre su casa y la escuela rural se tornan interminables para sus pies descalzos. El paisaje que sus ojos color miel observan es siempre el mismo: las verdes lomas, y el caminito que cuando llueve, se torna en un lodazal. Piensa en Juanita, su hermanita menor; en su padre, que ahora está en la cosecha; en su madre, con las manos y el rostro curtido por las penas y el sufrimiento... Cuando baje la loma, podrá ver la escuelita, y sabrá que la maestra ya está colocando a esa hora, los tazones de leche en la amplia mesa de madera; cuando salude y entre, percibirá el olor caliente del pan recién horneado. No tiene útiles, y escribe sobre el dorso de esos papeles que les regala la intendencia del pueblo vecino. Lucia, La maestra, es tan joven... ¡Y cuanto les quiere. ¡Cómo se preocupa cuando alguno de sus pequeños se enferma!. Todavía recuerda cuánto corrió en busca de ayuda cuando José se cayó del caballo y se rompió una pierna... Su sueldo es tan mísero como lo son las casi treinta casas del poblado en que se alza la escuela. Es un lugar de la Argentina, de nuestra Argentina de ojos rasgados y piel cobriza, de risas inocentes y sol a flor de piel. ¡Necesitan tanto! Ropas que cubran sus cuerpitos dorados y sus almas de niños; zapatos; algún cuaderno y un lápiz cualquiera; una taza de leche y algo más que pan para saciar hambre atrasada y urgente. No buscan la gloría, no. Sólo desean conocer la historia grande de la patria; la vida austera de sus héroes, las cuatro operaciones y la ubicación de sus ríos. No quieren ignorar la palabra ciudadano, el respeto a sus mayores, ni los límites marcados del amado suelo, ni qué significa "soberanía". Les urge el ansia de saber, en esa escuela de adobe y paja, sin manuales ni libros. Aprenden con nada, con su voluntad solamente. Con maestros que, idealistas, les brindan en un mismo gesto, dulzura, esperanza y lección... Son muy pocos, pues algunos padres necesitan a sus hijos en las cosechas. Cuando éstas acaben, unos pocos niños volverán a la escuela. La maestra les espera, con su mirada algo cansada pero fuerte, y esos brazos que se resisten a caer postreros. ¡Tanto falta y tanto se puede dar! Nos necesitan a todos; al Gobierno y a cada uno de nosotros, precisan comedores que funcionen, libros, útiles, dinero para mejorar sus escuelas, buen sueldo para los maestros, apoyo a sus alumnos y nunca el abandono pertinaz. Son nuestros hermanos, son nuestro pueblo. El que amamos en la bandera, de aquel que estamos orgullosos. Y ellos se sienten tan argentinos como el que más. Meditemos en esto. No les condenemos al olvido. Ellos están allí, esperando, con sus ojos puestos sobre el horizonte lejano... @ |
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