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   Edición 83 / Marzo - Abril del 2002

Opinión



Como Decíamos Ayer

Por Ing. Héctor L. Koberski
Editor de Llama Piloto
fontana_sa@ciudad.com.ar

Argentina


Ufffff, ¡¡¡¡¡¡¡¡POR FIN!!!!!!!!


He rendido y aprobado mi tesis, el último requisito de la Carrera de Ingeniería Laboral. Fue un largo postgrado que me insumió casi tres años lectivos de duración.

Lamentablemente, tal especialidad fue discontinuada en la Universidad Tecnológica Nacional -UTN-, donde he cursado la misma. El plan de estudios contemplaba dos períodos lectivos, incluyendo más de treinta materias y un trabajo final.

Créame que estoy apenado por la decisión de las autoridades universitarias. Y voy a explicar el por qué de ese dolor.

Mire, no hay dolor por el dolor en sí. Piense un momento en el pulgar de su mano izquierda, concéntrese en él e imagínese que le duele. Al cabo de un rato se agotará, y no habrá logrado ese objetivo. Entonces, vuelva a concentrarse nuevamente tantas veces como quiera, intentando lograr el dolor en el dedo seleccionado. A no ser que tenga poderes mentales con los cuales maneje a voluntad su cuerpo, la mayoría de nosotros no logrará que le duela el bendito dedo gordo.

Pero hay otro camino: Tome un martillo, apunte bien, cierre los ojos y péguese un buen martillazo. En ese caso, si no yerra el golpe, estoy casi seguro que comenzará a dolerle el dedo.

Yo hice la experiencia y comprobé que, efectivamente, cuando me doy un martillazo instantáneamente surge el dolor. Es más, he verificado con varios ensayos en otros dedos que, la intensidad del dolor es proporcional a la fuerza con que me doy el martillazo.

Logré una gran conclusión científica y la reprimenda de Enrique, mi amigo médico, ya que como ingeniero quise obtener una escala de la intensidad del dolor en función del martillazo para luego graficar los resultados. Me quedó la mano que parecía un manojo de cinco berenjenas, con los dedos morados e hinchados.

Cuando Enrique vio el estado de mis pobres dedos me dijo muy preocupado: ¿No se te ocurre otra cosa un poco más inteligente que reventarte los cinco dedos de la mano izquierda para sacar una conclusión que ya está definida por la ciencia médica utilizando métodos más imaginativos que el tuyo?

Héctor, ¿Acaso no tienes imaginación para sacar conclusiones intelectuales? Mientras, me vendaba uno a uno los inflamados y machucados dedos.

Me retiré del hospital pensando que Enrique tenía razón. El ser humano tiene esa capacidad. Tiene imaginación, puede razonar, elaborar teorías y obtener conclusiones teóricas, verificar resultados a partir de repeticiones de la realidad en laboratorio, o simulaciones de ésta, aplicar las variables de ensayo y verificar si los resultados son los esperados.

Con ellos va forjando el saber científico.

Esa metodología es aplicada a ciencias como la física o la química. Pero en ciencias como la Educación, la Política o la Sociología, la cosa funciona de otra manera.

A esta altura de mis elucubraciones llegué a mi casa. Mientras bajaba del auto, Antonio, el cuidador de vehículos de la gente que va al restaurante vecino, me pregunta:

- ¡¡Eh Ingeniero!! ¿Que le pasó? ¿Por qué le vendaron así esa mano?

- Mire don Antonio... como usted sabe, hace unos días me recibí de Ingeniero Laboral, si es que tuvo en cuenta la cantidad de corchos de champagne que dejé en la vereda, pero esa carrera no se cursa más. Quise probar si el dolor que me produce su cierre es el mismo que el producido por pegarme martillazos en los dedos.

- ¡Ingeniero, a usted se le ocurre cada cosa más rara! ¿Cómo va a martillarse los dedos? Lo que llama dolor, en realidad es tristeza. Es la misma que tuve cuando instalaron los parquímetros en el Parque Sarmiento y tuve que dejar de cuidar autos allí para instalarme por estos lugares a cuidar los autos de la gente que viene al restaurante. Sentí tristeza porque me gustaba el lugar y tuve que irme a otro lado. No tenía sentido alguno que me quedara allí. Mi trabajo perdió validez. Tal vez con su postgrado ocurrió lo mismo, ya no sirve para nada y por eso lo cerraron. Empiece a buscar otra cosa que le permita obtener algún ingreso porque, por lo que veo, perdió el tiempo.

Ese pensamiento fue un duro golpe al hígado. Así que ahora me dolían los cinco dedos de la mano izquierda más el hígado a lo que se sumó la cabeza, por el esfuerzo intelectual que estaba haciendo. Como para que no faltara nada.

Después de tomar un té de ruda para curarme el hígado, tratar de mantener la mano en alto para que se desinflamara y aplicarme compresas frías en la frente, fui a la facultad y hablé con el portero. Le solicité que me contara todo lo que sabía sobre el cierre de la carrera. (Cuando quiero saber la verdad de algo siempre pregunto al portero, ellos entran y salen de los despachos y escuchan todo. Él podrá contarme qué piensa cada uno de los funcionarios. De ahí saco mejores conclusiones. Pruebe y verá que tengo razón).

Tomando un cafecito en el bar de la Universidad, con la valiosísima información que me acercó este hombre, estaba en condiciones de hacer un buen análisis.

Parece que el asunto fue así: la carrera de ingeniería laboral surge como respuesta académica a la demanda de profesionales que requería la aplicación de la Ley argentina 19.587 de Higiene y Seguridad, sancionada en 1972, cuyo Decreto reglamentario fuera modificado en 1979.

Durante los primeros años, el postgrado tuvo una buena cantidad de alumnos que, una vez egresados, se desempeñaban en cargos que requerían las tímidas exigencias de los organismos de aplicación y control de la mencionada Ley y como peritos técnicos de una floreciente industria de juicios laborales, que azotó a nuestro país allá por la década del ochenta.

Sí señor, tristemente célebre fue esa época; muchas empresas y compañías de seguro sucumbieron ante la deformación de las leyes de contratos laborales. Tal vez en otra oportunidad me refiera a esa "picardía criolla" de nuestros abogados nacionales.

Sobrevino en 1996 la Ley de Riesgos del Trabajo que dio nacimiento a las Aseguradoras de Riesgo del Trabajo, o ART como las conocemos por estas latitudes, dando respuesta a aquella deformación legal. Allí surgió una nueva fuente de trabajo para los profesionales de la higiene y la seguridad laboral. Pero... no hay rosas sin espinas, ya verá.

Una vez más presentó fallas el sistema de fiscalización y control y en la práctica, si bien hay notables mejoras, la higiene y seguridad en el trabajo, en muchos casos quedó en manos del voluntarismo de las empresas. De esta manera, las buenas intenciones de la Ley quedaron en agua de borrajas, la demanda de ingenieros laborales decayó bruscamente y, por supuesto, la cantidad de alumnos que se inscribían en la carrera fue cada vez menor.

¿Qué respuesta dio la Universidad a esta situación? Pues nada más ni nada menos que bajar el nivel y abrir la admisión a profesionales de ramas distintas a la ingeniería. Se creó en su reemplazo la Especialidad de Higiene y Seguridad con un año de duración. También un postgrado al que podía concurrir todo profesional que hubiera cursado una carrera superior. Así, por dos años, contaron entre sus alumnos -además de ingenieros- a médicos, arquitectos o biólogos, sólo para mencionar algunas profesiones.

Con esta "brillante" idea, las autoridades pensaron que aumentaría la cantidad de matrículas anuales y cubrirían el déficit económico que le producía la carrera. (Todo un criterio mercantilista de la educación. ¿No le parece?).

No obstante, en los claustros se enseñaba a mejorar los ambientes de trabajo y a reducir la siniestralidad y las enfermedades profesionales DESDE LA ÓPTICA DE LA INGENIERÍA.

Imagínese a esa pobre gente; por ejemplo, le enseñaban a calcular un sistema de extracción de gases contaminantes a una cuba de ácido crómico de un proceso de cromado de metales, utilizando métodos propios de ingeniería aplicada de la mecánica de los fluidos, a un biólogo, un médico o un arquitecto. Seguro que les resultarían más comprensibles unas clases de chino. Su formación profesional de grado fue orientada para otra cosa, no para ese tipo de cálculos.

Esta aberración, felizmente fue comprendida por el Ministerio de Educación de mi país, quien no dio validez oficial a esa especialización; en consecuencia, el Colegio de Ingenieros no pudo matricular a dos promociones ni la Superintendencia de Riesgos del Trabajo registró a esos profesionales.

Como solución, la Universidad aplicó UN PARCHE: los alumnos debieron cursar una serie de materias más, a fin de completar los conocimientos mínimos para ejercer la profesión.

Ahora la pelota se tiró al otro lado de la cancha, me gustará ver como se las ingenia el Colegio de Ingenieros Especialistas para matricular a un médico o un biólogo como especialista en Higiene y Seguridad, o la Superintendencia de Riesgos para registrar a ese profesional. ¡Qué hermoso lío!

Pobres muchachos, víctimas de un criterio obtuso y mercantilista deberán pagar los platos rotos con una posterior formación autodidacta que deberían haber obtenido en su curso de postgrado.

Pero, ¿allí termina todo?

Actualmente se sigue dictando el postgrado en la Especialidad de Higiene y Seguridad en el Trabajo, con un contenido ligeramente distinto a la carrera que cursé. A pesar de los errores anteriores, sigue teniendo sus bases en la ingeniería, pero admiten alumnos que no tienen carrera de grado en ella. Además, los profesores que dictan cátedras siguen sin rendir concursos de oposición y antecedentes, que es otro condimento dañino al estómago de nuestra enferma Universidad.

No crea que para este razonamiento me tomé un solo café. Fueron varios, al punto que el mozo ya debía cerrar el bar, limpiaba las mesas a mi alrededor, acomodaba las sillas arriba de ellas, barría el piso y toda suerte de artilugios como para que me diera cuenta de que debía irme, hasta que se dio por vencido y decidió dejarme la llave del local y explicarme cómo funcionaba la máquina de café, las proporciones de molido, la presión de la calderita y toda otra serie de técnicas para obtener un buen "express". Era algo muy complicado, así que me volví a casa y empecé a escribir.

¿Sabe por qué le cuento todo esto? Pues, porque nuestra sociedad necesita encontrar un rumbo que la defina como país previsible y esta anécdota es una más de los millones y millones de errores que cometemos a diario. Creo que es una palpable muestra de imprevisibilidad con resultados y todo. @




 

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