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Todas las sociedades humanas se desarrollan suponiendo un cierto tipo de condiciones climáticas. El clima es, para nosotros, un eje organizador y una hipótesis implícita de continuidad. Edificamos a una cierta distancia del río, porque allí vamos a tener facilidad de abastecimiento de agua pero, al mismo tiempo, nos vamos a ver libres de inundaciones. En la mayor parte de las actividades humanas tenemos hipótesis implícitas de regularidad climática. Los nómades del desierto, como los pastores de la Puna o como los judíos de la primera parte del Antiguo Testamento, llevan las ovejas de los campos de invernada a los campos de veranada, y van a esos sitios en los que la altura del sol sobre el horizonte les indica el rebrote de los pastos tiernos. Del mismo modo, los indios norteamericanos que seguían las largas migraciones de los bisontes, vivían en función de ciertas características climáticas. Los nómades dependían del clima del momento presente, y ése fue, tal vez, el principal motivo para volvernos sedentarios. La Biblia cuenta la historia de José para mostrar cómo después de siete años de vacas gordas, los agricultores pudieron conservar trigo para soportar los siguientes siete años de vacas flacas. Mientras tanto, los pastores de las colinas les mendigaban comida y aún se ofrecían a sí mismos como esclavos para que los alimentaran. Jeremías describe los efectos de una larga sequía en Judea, cuenta de la desesperación de humanos y animales y dice que los asnos salvajes se paraban abriendo la boca contra el viento para tratar de captar algo de humedad. Huyendo de esa forma de vulnerabilidad, nos volvimos sedentarios y comenzamos a construir ciudades. Sólo que, al dejar de ser nómades, cambiamos la forma de vulnerabilidad ante el clima. Ante un par de años inesperados (de sequías o de otros desastres), los hombres sedentarios parecen mejor preparados para sobrevivir que los nómades de las grandes llanuras. Paradojas de la historia: al asentarnos, dejamos de estar tan atados al clima del momento presente, al sol y a los pastos, y comenzamos a crear estructuras rígidas, que se vuelven vulnerables a los cambios que tiene el clima en el mediano y el largo plazo. Cuando las condiciones climáticas se vuelven intolerables, los nómades se llevan sus camellos o sus ovejas. Pero cuando nos pasa lo mismo a nosotros, ¿adónde nos llevaremos las ciudades? Y es que cuanto más grandes las ciudades y más complejas son las obras humanas, mayor es su rigidez, y es también mayor su vulnerabilidad ante las variaciones climáticas. Sin embargo, vivimos inmersos en una cultura que tiende a negar los mecanismos de la naturaleza. Nos cuesta percibir, nos cuesta imaginar el conjunto de implicancias que tiene para nosotros el corrimiento de unas líneas en el mapa que hacen de la nuestra una ciudad más húmeda y más calurosa. Por eso los hemos convocado y por eso agradecemos la presencia de todos ustedes. Para que pensemos juntos en esas implicancias y en nuestra forma de responder ante ellas. Estamos acostumbrados al ciclo de las estaciones del año y también a percibir que nuestro entorno se ha ido calentando un poco en las últimas décadas. Pero existen también ciclos climáticos mucho mayores, que cubren varios siglos de amplitud. Por los condicionamientos que nos impone nuestra cultura, nos resulta difícil de percibir la magnitud de sus efectos sobre la historia humana.
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