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   Edición 83 / Marzo - Abril del 2002

Columnistas



La Globalización e Impactos
de la Agricultura Convencional
en América Latina


Por Dr. José Santamarta Flórez (*)
Director de World Watch en Español
worldwatch@nodo50.org
www.nodo50.org/worldwatch

España

Si algo caracterizó al siglo XX es eso que se ha dado en llamar globalización, proceso que culmina con la caída del muro de Berlín, el fin del socialismo real, la extensión del mercado global a todo el mundo, sin excepciones, y la generalización de Internet.


El Informe sobre Desarrollo Humano 1999 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) muestra que mientras la integración global está procediendo "a gran velocidad y con alcance asombroso," la mayoría del mundo no participa de sus beneficios. "Las nuevas reglas de la globalización, y los actores que las escriben, se centran en la integración de los mercados globales, descuidando las necesidades de las personas que los mercados no pueden resolver. El proceso concentra aún más el poder y margina a los pobres".


Globalización de la Pobreza y la Exclusión Social

La globalización supone indudables ventajas, pero también grandes desventajas. Entre los actores que se han beneficiado están las instituciones financieras, las empresas multinacionales, las mafias internacionales, turistas, ONG, y la mano de obra muy cualificada. El 20% más rico de la población mundial ganaba 30 veces más que el 20% más pobre en 1960. En 1990 la proporción era de 60 a 1, y en 1997 la diferencia era de 74 a 1, según el PNUD. El siglo XX ha acentuado la desigualdad, en vez de reducirla. En 1820 la proporción era de 3 a 1, de 7 a 1 en 1870, de 11 a 1 en 1913, y de 74 a 1 en 1997, es decir, hoy las desigualdades son mayores que nunca. También hoy más de 80 países (el África Subsahariana y los países del antiguo bloque soviético) tienen una renta per cápita inferior a la de hace una década, y curiosamente muchos de estos países son los más integrados en el comercio global en términos de PIB.

La globalización no contempla ningún mecanismo de redistribución de la renta. Casi la mitad de la población mundial, más de 2.800 millones de personas, viven con menos de dos dólares diarios, mientras las 225 personas de mayor fortuna poseen un patrimonio equivalente a la renta de 2.500 millones de personas, y la fortuna de las 15 personas más ricas supera al PIB del conjunto de los países del África Subsahariana. En Latinoamérica, según el BID, 220 millones de personas viven en la pobreza y de ellos 100 millones viven en la indigencia; el 10% de la población de ingresos más altos concentra el 40% del total, mientras el 30% más pobre recibe sólo el 7,5% del ingreso total. Para paliar el desastre de la globalización de la pobreza, se han propuesto algunas medidas, como la condonación de la deuda externa de los países más pobres y el aumento de la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD), hasta alcanzar el 0,7% del PIB de los países ricos. Pero los pobres probablemente prefieran que les paguen más por el café y otros productos de exportación a las medidas meramente caritativas; como decía un chiste, "Pagar mejor el café, y menos ONGs".

Algunas de las iniquidades de la globalización son consecuencia de las mismas faltas de equidad entre países ricos y pobres, o entre las poblaciones ricas y pobres dentro de ellos, tal como el PNUD ha descrito durante años. El 20 por ciento más rico de la población mundial controla el 86 por ciento del PIB mundial y el 82 por ciento de las exportaciones de bienes y servicios, mientras que el 20 por ciento más pobre apenas un 1 por ciento del PIB y las exportaciones. La globalización ha supuesto también un aumento de la exclusión social, marginando a grupos sociales completos de toda participación real, con el aumento del desempleo y de la pobreza. En América Latina, según la CEPAL, el número de pobres, que en 1980 era de 135 millones, llegó a 200 millones en 1990, y en 1997, a pesar del crecimiento económico experimentado en ese periodo, alcanzó la cifra de 204 millones, y de ellos cerca de 90 millones son indigentes, viviendo en una pobreza extrema.

La crisis de 1999, que afectó a numerosos países latinoamericanos, ha agravado la pobreza y la exclusión social, en un contexto de aumento de las desigualdades sociales, a escala internacional y en cada país. El llamado pensamiento único, que desprecia toda protección social y cualquier mecanismo que no sea la dura lógica darwinista de la supervivencia en el mercado, contribuye a agravar las desigualdades Norte/Sur y dentro de cada país. Un ciudadano de Estados Unidos gana por término medio más que cien ciudadanos de Haití. En España el 20% de los más ricos tienen 4,4 veces más ingresos que el 20% más pobre, mientras que en Colombia tienen 15,5 veces más, cifra que casi duplica al 8,9 de Estados Unidos, que es uno de los países industrializados con mayores desigualdades, según el Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD.

Una nueva forma de iniquidad puede verse en la integración de las comunicaciones. "Internet une a las personas en una nueva red global, pero el acceso se concentra entre las personas de los países ricos," dice el informe. Los países de la OCDE, con el 19 por ciento de la población mundial, controlaban el 91 por ciento de los usuarios de Internet en 1999. En Estados Unidos el 26 por ciento de la población del país tenía acceso a Internet; en los otros países de la OCDE, el 6,9 por ciento; y en las otras regiones del mundo no llega al 1 por ciento de la población.

La globalización económica, o el aumento del comercio exterior, se ve favorecido por la apertura y liberalización de los mercados y por el impacto de la actual revolución tecnológica sobre las comunicaciones tanto físicas (transportes), como electrónicas (información). Uno de los aspectos clave es la gran movilidad del capital financiero, la existencia de un mercado planetario donde diariamente y a la instantánea velocidad de la luz, las redes electrónicas mueven e intercambian sin control, 1,5 millones de millones de dólares. El 20% de los bienes y servicios producidos anualmente son exportados e importados.

Sin embargo, la palabra globalización no se usa sólo referida a la globalización económica o financiera, sino que abarca otros aspectos. Se trata de un proceso que integra las actividades económicas, sociales, culturales, laborales o ambientales. La globalización supone también la desaparición de las fronteras geográficas, materiales y espaciales. Las redes de comunicación, desde Internet a los teléfonos móviles, ponen en relación e interdependencia a todos los países y a todas las economías del mundo, haciendo realidad la llamada aldea global. Globalización y neoliberalismo no son términos sinónimos, pero actualmente se produce una repetida concordancia entre el fenómeno físico de la globalización y el fenómeno ideológico del neoliberalismo. La redistribución de la renta, a escala nacional y mundial, se relega completamente, y la única esperanza es un utópico derrame.

Lo cierto es que la globalización propicia un enorme proceso de distribución desde los pobres hacia los ricos, desde el Sur hacia el Norte, desde los trabajadores hacia el capital, desde el sector productivo al financiero, desde la sociedad y el Estado hacia los grandes empresarios.


Globalización y Agricultura Convencional

Durante milenios, el objetivo de la agricultura fue obtener alimentos suficientes. Las técnicas agrícolas no han variado mucho, hasta el siglo pasado, en que se establecen las bases de la nueva química agraria, y con ella se abren paso a la utilización de los fertilizantes. A principios del siglo XX se empieza a utilizar los fertilizantes nitrogenados, fosfóricos y potásicos, si bien la generalización del uso de los fertilizantes no se realiza hasta los años sesenta.

Después de la segunda guerra mundial, con la aparición del DDT y como consecuencia del auge económico se empieza a desarrollar la industria de los plaguicidas. Es de destacar que el desarrollo de los fertilizantes estuvo ligado a la fabricación de explosivos, así como la fabricación de plaguicidas está relacionado con productos utilizados en la guerra química.

La mejora genética de las variedades cultivadas y de las razas de animales, junto con la utilización de los fertilizantes y plaguicidas (insecticidas, fungicidas, herbicidas) tiene como consecuencia a un aumento de la producción agrícola y ganadera. Este aumento conlleva una nueva problemática ambiental y a un consumo energético muy alto. Los alimentos y cultivos transgénicos son el último peldaño, hasta ahora, de una agricultura industrializada; sus efectos ambientales pueden ser enormes, aún mayores que los resultantes del empleo masivo de plaguicidas y abonos químicos. En 1962 el libro de Rachel Carson Primavera silenciosa dio el primer aviso de que ciertos productos químicos artificiales, como el DDT, se habían difundido por todo el planeta, contaminando prácticamente a todos los seres vivos hasta en las tierras vírgenes más remotas. Aquel libro, que marcó un hito, presentó pruebas del impacto que dichas sustancias sintéticas tenían sobre las aves y demás fauna silvestre. Pero hasta ahora no se habían advertido las plenas consecuencias de esta insidiosa invasión, que está trastornando el desarrollo sexual y la reproducción, no sólo de numerosas poblaciones animales, sino también de los seres humanos.

Nuestro futuro robado, escrito por Theo Colborn, Dianne Dumanoski y Pete Myers, reunió por primera vez las alarmantes evidencias obtenidas en estudios de campo, experimentos de laboratorio y estadísticas humanas, para plantear en términos científicos, pero accesibles para todos, el caso de este nuevo peligro. Comienza allí donde terminaba Primavera silenciosa, revelando las causas primeras de los síntomas que tanto alarmaron a Carson. Basándose en décadas de investigación, los autores presentan un informe que sigue la pista de defectos congénitos, anomalías sexuales y fallos de reproducción en poblaciones silvestres, hasta su origen: Sustancias químicas que suplantan a las hormonas naturales, trastornando los procesos normales de reproducción y desarrollo.

Los autores de Nuestro futuro robado repasan la investigación científica que relaciona estos problemas con los "disruptores endocrinos", estafadores químicos que dificultan la reproducción de los adultos y amenazan con graves peligros a sus descendientes en fase de desarrollo. Explican cómo estos contaminantes han llegado a convertirse en parte integrante de nuestra economía industrial, difundiéndose con asombrosa facilidad por toda la biosfera, desde el Ecuador a los polos.

La utilización de los fertilizantes y de los plaguicidas, junto con la ganadería intensiva, da lugar a la contaminación de suelos y aguas. El uso frecuente e indiscriminado de plaguicidas provoca graves problemas ambientales. Según estudios realizados en los Estados Unidos, de los 500 millones de kilos de plaguicidas utilizados anualmente, sólo el 1% de los productos llega a los organismos nocivos (a los que en principio van destinados). El 99% restante se queda en los ecosistemas. Una parte van a parar a la atmósfera por volatilización, otra parte importante al suelo, y otra a los acuíferos. Otro de los efectos de los plaguicidas son los daños que afectan a la fauna del medio, como las abejas, aves insectívoras y a los insectos útiles, que son depredadores de insectos dañinos. Otra parte se queda en los productos agrícolas, siendo consumido directamente por los animales, y el hombre.

Todos los plaguicidas utilizados por el agricultor tienen unos plazos de seguridad, expresados en días, quedando prohibido la utilización del producto en los días marcados antes de la cosecha, estando en manos del agricultor la responsabilidad del cumplimiento de estos plazos. Existen también unos límites máximos de residuos del plaguicida utilizado que pueden quedar en el producto a consumir. El control de los residuos de plaguicidas corresponde a la administración, si bien tampoco existen los medios suficientes para analizar todos los productos agrícolas que llegan al mercado.

El empleo de plaguicidas es una de las mayores amenazas a la diversidad biológica y a la salud de las personas. Se calcula que una persona normal puede entrar en contacto con mas de 60.000 productos químicos sintéticos diferentes en su vida cotidiana, y sólo en la comida pueden encontrarse 10.000. Muchos de estos productos son tóxicos. Unos 600, cancerígenos. Los plaguicidas utilizados en agricultura son sin duda el grupo más peligroso. Fueron introducidos masivamente en todo el mundo en los años 40 como parte de la llamada "Revolución Verde", junto con las semillas mejoradas, los abonos y la mecanización de la agricultura.

Las plagas gozan de excelente salud pues los plaguicidas estimulan su capacidad de mutación para adaptarse. Sus predadores naturales, como insectos y pájaros, mucho más lentos de adaptación, sucumben bajo los plaguicidas; los monocultivos les aseguran el alimento ideal. En 1965 estaban censadas por la FAO 182 plagas. En 1977 fueron 364. Hoy son más de 500 los insectos resistentes a los plaguicidas, así como 100 especies de hongos y 50 de adventicias. En EE.UU., el uso de plaguicidas se ha multiplicado por 11 desde finales de los años 40. Sin embargo, las pérdidas en las cosechas, debidas a plagas han aumentado de un 7% a un 13%.

Según un informe elaborado por la OIT a partir de los datos suministrados por gobiernos y organizaciones internacionales, 40.000 agricultores mueren en el mundo cada año por intoxicación aguda con plaguicidas de un total de entre 3 y 5 millones de casos. Pero las intoxicaciones agudas son sólo parte visible de los daños causados por estos productos. Los gobiernos establecen, para cada compuesto, una dosis máxima diaria aceptable para el ser humano, normalmente expresada en cantidad de sustancia autorizada por kilo de peso corporal. Los métodos de determinación muestran que más que proporcionar una verdadera seguridad, se trata de ofrecer la imagen, aparentando un conocimiento sobre los productos y sus efectos que no existe. La mayoría de los científicos están de acuerdo en que no se puede hablar de dosis seguras. Pero, además, cada uno de nosotros ingiere diariamente diversos alimentos que pueden aportar las dosis autorizadas de cada uno de ellos. Podemos sobrepasar, al adicionarlos, los umbrales considerados oficialmente peligrosos. Nada se nos dice de los efectos aditivos de varios productos. Ni de los de su acumulación en nuestro organismo (especialmente en la grasa) siendo que, día tras día, año tras año, los ingerimos con los alimentos.

Un gran número de sustancias químicas artificiales que se han vertido al ambiente, así como algunas naturales, tienen potencial para perturbar el sistema endocrino de los animales, incluidos los seres humanos. Entre ellas se encuentran las sustancias persistentes, bioacumulativas y organohalógenas que incluyen algunos plaguicidas (fungicidas, herbicidas e insecticidas) y las sustancias químicas industriales, otros productos sintéticos y algunos metales pesados.

Los disruptores hormonales interfieren en el funcionamiento del sistema hormonal mediante alguno de estos tres mecanismos: Suplantando a las hormonas naturales, bloqueando su acción o aumentando o disminuyendo sus niveles. Las sustancias químicas disruptoras hormonales no son venenos clásicos ni carcinógenos típicos. Se atienen a reglas diferentes. Algunas sustancias químicas hormonalmente activas apenas parecen plantear riesgos de cáncer.

El mercado mundial de plaguicidas representó unos 2 millones de toneladas en 1999, e incluía 1.600 sustancias químicas. El consumo mundial continúa creciendo. Los plaguicidas son una clase especial de sustancias químicas por cuanto son biológicamente activas por diseño y se dispersan intencionadamente en el entorno. Hoy en día se usan en Estados Unidos 30 veces más plaguicidas sintéticos que en 1945. En este mismo periodo, el poder biocida por kilogramo de las sustancias químicas se ha multiplicado por 10. El 35 por ciento de los alimentos consumidos tienen residuos de plaguicidas detectables. Los métodos de análisis, sin embargo, sólo detectan un tercio de los más de 600 plaguicidas en uso. La contaminación de los alimentos por plaguicidas es a menudo muy superior en los países en desarrollo.

La mayor parte de los fertilizantes utilizados en la agricultura son los abonos nitrogenados, fosfóricos y potásicos. En los procesos de fabricación de los abonos se emiten agentes contaminantes (óxidos de nitrógeno, emisiones en polvo de flúor). Los abonos nitrogenados, los más utilizados, provocan problemas de contaminación del agua por nitratos, muy solubles. En el proceso de fabricación del abonado nitrogenado se utiliza en grandes cantidades el petróleo o el gas natural.

Los nitratos plantean serios problemas sanitarios y ambientales. Hoy en día en la Unión Europea el consumo medio de fertilizantes alcanza los 150 kilogramos por hectárea y año. Conviene señalar que la fertilización nitrogenada es especialmente eficaz a bajas dosis: Aplicaciones de 100 Kg N/Ha ocasionan un aprovechamiento del 80% del N, mientras que dosis altas, como 400 Kg N/Ha, posibilitan un aprovechamiento de sólo el 50% del N. El resto se pierde por lavado y contribuye a la contaminación de las aguas continentales.

En ese sentido los nitratos procedentes de los fertilizantes nitrogenados son motivo de preocupación y diversos estudios científicos e investigaciones pretenden aclarar sus posibles efectos nocivos sobre la salud y el ambiente. La ingestión masiva de alimentos o aguas con elevadas concentraciones de nitratos puede provocar en condiciones muy específicas una intoxicación aguda similar a una asfixia conocida como metahemoglobinemia o cianosis. Se trata pues de una enfermedad provocada por la disminución de la hemoglobina en su capacidad para transportar el oxígeno. Los bebés de menos de seis meses son especialmente sensibles a estas intoxicaciones porque la conversión de nitrato a nitrito se da más fácilmente y su hemoglobina es más susceptible a la oxidación.

Esos mismos nitritos formados en el tracto gastrointestinal pueden combinarse con las aminas provenientes del metabolismo de las proteínas para formar las cancerígenas nitrosaminas. La OMS y la FAO fijan el límite máximo aconsejable de nitratos en los alimentos en 75 ppm y la dosis diaria admisible (DDA) de nitritos en 0,133 mg/Kg de peso corporal y la de los nitratos en 3,65 mg/Kg.

Los vegetales, que son la principal fuente de nitratos en la dieta humana, no están sujetos, sin embargo, a ninguna normativa nacional que limite su concentración. Esta preocupante laguna legislativa deberá resolverse en un plazo breve puesto que la Comisión Europea ha elaborado el Reglamento 315/93, de 8/2/93, con ese fin, así como para proponer a cada Estado miembro la elaboración de un Código de buenas prácticas agrícolas que orienten al agricultor para producir hortalizas con el mínimo contenido posible en nitratos.

Un efecto ambiental consecuencia del aumento de los niveles de los nutrientes vegetales en las aguas continentales, nitratos y fosfatos principalmente, es la eutrofización. Esta consiste en una proliferación masiva de algas y vegetales inferiores en las masas superficiales de agua por efecto de un exceso de nutrientes minerales. Esto ocasiona un paulatino empobrecimiento en el oxígeno disuelto y una pérdida de diversidad biológica en los cursos de agua. Se estima que la agricultura es responsable en la Unión Europea de un 25% de los fenómenos de eutrofización y que los nitratos causantes de dicho fenómeno provienen en un 90% de la agricultura.

Por otro lado la contaminación de los acuíferos y aguas subterráneas con elevados niveles de nitratos en las zonas agrícolas se debe en buena parte al empleo de fertilizantes nitrogenados. Otra consecuencia ambiental indeseable de la aplicación de fertilizantes nitrogenados, aunque menos importante cuantitativamente, es su contribución al efecto invernadero a consecuencia de la desnitrificación que transforma el nitrógeno mineral en óxido nitroso y la volatización, que forma amoniaco (NH3). Estos gases contribuyen al calentamiento global de la tierra.

La globalización propicia la uniformidad de los sistemas de producción, agravando la pérdida de biodiversidad agrícola y ganadera, favorece sistemas de producción intensivos con un gran impacto ambiental (contaminación por plaguicidas y nitratos, liberación de organismos transgénicos) y ocasiona el empobrecimiento de los campesinos. La participación de las exportaciones agrícolas ha crecido mucho menos que las industriales o las del sector servicios. Los mismos países ricos que defienden la apertura de mercados ponen todo tipo de barreras a los productos agrícolas de América Latina y subvencionan su sector agrícola, mientras que al mismo tiempo imponen la desaparición de todo tipo de ayudas en los países del Sur. La competencia entre éstos y las políticas de la OCDE se han plasmado en la caída de los precios de los productos agrícolas convencionales, ya sea el azúcar, el café o el cacao, agravando la pobreza y la marginación de los campesinos, que igualmente sufren las consecuencias de la apertura de los mercados latinoamericanos a los productos agrícolas de EE UU y la Unión Europea.

Tras la Ronda de Uruguay del GATT (hoy OMC) los países del Sur fueron obligados a suprimir las subvenciones y otras ayudas a su producción agrícola, mientras que en los países de la OCDE se han reforzado las subvenciones a los agricultores. La liberalización aumenta la inseguridad alimentaria, al abocar a los campesinos del Sur a una competencia desigual, propicia la pérdida de biodiversidad agrícola, fomenta la concentración de la propiedad de la tierra, beneficia a las multinacionales y promueve la monopolización de los recursos genéticos y agrícolas por parte de éstas. La teoría de la ventaja comparativa se convierte en desventaja y coartada para forzar la apertura de los mercados del Sur a las exportaciones de Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que éstos países protegen su mercado interno de la competencia del Sur con aranceles, todo tipo de barreras comerciales y no comerciales y las subvenciones a sus agricultores, que en gran parte acaban beneficiando sólo a las grandes explotaciones y a las multinacionales que controlan el sector.

El problema del hambre no es de falta de alimentos ni de producción, sino de distribución y de un injusto sistema de propiedad de la tierra. Los gobiernos y las élites latinoamericanas defienden un modelo agrícola fundado en la gran propiedad y en el latifundio, en la industrialización intensiva, en los monocultivos y en unos pocos productos para la exportación, mientras se abandona y se descuida la producción destinada al mercado local.

En 1983 se creó la primera planta transgénica, y en menos de 20 años los cultivos transgénicos, impulsados por unas pocas multinacionales, pasaron de la nada a más de 43 millones de hectáreas en el año 2000, sin que aún se conozcan sus consecuencias sobre la salud y el ambiente. El 87% del área plantada con transgénicos corresponde sólo a una empresa, Monsanto, hoy en manos de Pharmacia. Monsanto tenía el 80% del mercado en 1999, seguida por Aventis con el 7%, Syngenta con el 5%, BASF con el 5% y DuPont con el 3%. Hoy representan una parte importante de las cosechas de Estados Unidos, Argentina, Canadá y China (éstos 4 países representan el 99% de la superficie plantada con transgénicos), aunque en el resto del mundo afortunadamente no pasan de ocupar un lugar marginal. En España en 1998 se autorizaron las primeras variedades de cultivos transgénicos, y en la actualidad es el país de la Unión Europea con más cultivos modificados genéticamente.

El actual modelo agrícola es a largo plazo totalmente inviable, no ya solo por el problema derivado de la contaminación de ríos, mares o suelos, sino por el consumo excesivo de los recursos no renovables y por la ineficiencia energética que supone. Como alternativa surge, ya desde hace decenas de años la agricultura ecológica, también llamada biológica.

La agricultura ecológica busca la producción agrícola y ganadera sin la utilización de fertilizantes y plaguicidas químicos de síntesis, en un entorno respetuoso con la naturaleza. La fertilidad del suelo se mantiene con la utilización moderada de estiércol, compost y abono sideral (cultivo de plantas, leguminosas y gramíneas principalmente, que son incorporadas al suelo). La lucha contra las plagas y enfermedades es preventiva, con la selección de variedades y especies resistentes y adaptadas al medio, con programas de rotación y asociación de plantas y con el tratamiento con productos de origen natural. Se favorecen la presencia de la fauna útil: Aves insectívoras y insectos depredadores de plagas. Las producciones de la agricultura ecológica tienen en la actualidad una denominación de origen controlada, estando legislada en el ámbito de la Unión Europea. En España son las comunidades autónomas las responsables del control de la producción y del cumplimiento de la normativa. En general se obtienen producciones libres de residuos de plaguicidas y de nitratos, con contenidos nutricionales superiores a la producción agrícola convencional.


Globalización y Democracia

Aunque se habla de la "mano invisible" del mercado como único motor regulador de la economía, esta mano que aprieta y ahoga tiene actores concretos, y responde a influencias políticas y económicas no sujetas a control democrático: El G-7 (o G-1, EE.UU.), la OCDE, el FMI, el Banco Mundial y la OMC actúan como los verdaderos garantes de un gobierno mundial. Los países en desarrollo, donde vive cerca del 80 por ciento de la población mundial, apenas tienen voz en las instituciones donde realmente se decide el destino de la Humanidad. El FMI y el BM con sus planes de ajuste estructural obligan a privatizar las empresas públicas y a reducir los gastos sociales y de protección ambiental. Los Estados pierden capacidad de decisión tanto económica como política, en favor de las grandes multinacionales. Imbuidos por esta lógica neoliberal, los países dictan normas y leyes liberalizadoras; firman acuerdos comerciales que favorecen las dinámicas del "libre" mercado; se integran en bloques económicos regionales y subsistemas globales (Unión Europea, TLCAN, Mercosur, ASEAN, entre otros); impulsan las privatizaciones; abandonan las políticas de tipo social y condenan a los más desfavorecidos a la miseria y la marginación. La crisis financiera del Este de Asia en los años 1997-99 demuestra los peligros de la globalización financiera, al igual que la crisis de Rusia en 1998 y Brasil y otros países latinoamericanos en 1999.

Ante la sucesión de las tormentas financieras -desde el efecto tequila al efecto vodka, pasando por el efecto samba-, por primera vez se alzan algunas voces críticas dentro incluso del propio FMI. La farmacopea neoliberal que sigue utilizando los planes de ajuste estructural impuestos por el FMI, obliga a que el país que recibe los créditos abra de par en par sus mercados financieros para permitir que la gran banca extranjera compre los bancos nacionales; fuerza a elevar las tasas de interés -lo que ocasiona el hundimiento de las empresas locales-; impone subidas de impuestos que son soportadas por las capas medias y bajas cada vez más empobrecidas; y conmina a draconianos recortes en el gasto público.


Globalización y Ambiente

La globalización supone la transformación del espacio natural en espacio mercantil, y agrava la crisis ambiental. El dióxido de carbono presente en la atmósfera se ha incrementado en un 30% respecto al siglo pasado, y hoy añadimos cada año más de 8.000 millones de toneladas de dióxido de carbono (CO2), acelerando el cambio climático, al que también contribuye el metano (CH4), el óxido nitroso (N2O) y los clorofluorocarbonos (CFCs).

El cambio climático afectará de manera muy grave a los ecosistemas, a la agricultura, a la pesca y a los bosques. Miles de especies de animales y plantas pueden desaparecer, al no poder afrontar el aumento de la temperatura (unos 2 grados centígrados en el 2050 como mínimo, probablemente más), la subida en el nivel del mar (20 centímetros para el 2030 y de 60 a 70 cm en el 2100) y los cambios en las precipitaciones, entre otras variables. Todo el sistema mundial de parques nacionales y naturales está amenazado, al carecer de suficiente espacio como para poder permitir un desplazamiento de 400 kilómetros hacia los polos de las especies existentes, distancia necesaria para adaptarse al aumento de la temperatura. Las incertidumbres acerca del cambio climático son todavía muy grandes, pero el más elemental principio de precaución aconseja reducir las emisiones de los gases de invernadero. La sociedad industrial está realizando un enorme e irresponsable experimento con la biosfera.

Frenar el cambio climático requiere una disminución drástica de las emisiones de los gases de invernadero (C02, CH4, CFCs, N2O), y para ello hay que frenar la deforestación y el consumo de combustibles fósiles, aumentar la eficiencia energética, basar el sistema energético en las fuentes renovables, y eliminar los CFCs, entre otras medidas. Combatir y frenar el cambio climático supone una auténtica revolución en el consumo y en la manera de producir, necesaria pero extraordinariamente difícil, dados los intereses de las grandes multinacionales y los hábitos consumistas de una parte de la población, sobre todo en los países industrializados, como muestra la negativa de la Administración de George W. Bush a ratificar el Protocolo de Kioto. Tal cambio debe hacerse de una manera equitativa, y no a la manera usual de hacer pagar a quién no tiene ninguna culpa: Los pueblos del Sur, excluidas las élites gobernantes, y las capas más desfavorecidas del Norte.

Cada año, según el Programa de las Naciones Unidas para el Ambiente (PNUMA), se emiten 99 millones de toneladas de dióxido de azufre y 68 millones de óxidos de nitrógeno, sustancias causantes de la deposición ácida, así como 177 millones de toneladas de monóxido de carbono y 57 millones de partículas. Buena parte de Europa recibe lluvias con más de un miligramo de azufre por litro.

El accidente de Chernóbil, la proliferación nuclear y la acumulación de residuos radiactivos, muestran los riesgos de la energía nuclear, tanto los usos pacíficos de las 429 centrales nucleares en funcionamiento en todo el mundo, como los militares; miles de bombas atómicas siguen existiendo (sólo EE.UU. y Rusia poseían 17.890 en 1993), y no hay ningún plan en marcha de desnuclearización. Las bombas atómicas almacenadas poseen un poder destructivo equivalente a 1.800 kilogramos de TNT por cada habitante de la Tierra. Entre 1945 y 1990 se realizaron, según las cifras oficiales (inferiores a las reales), 1.918 ensayos nucleares, de ellos 489 en la atmósfera. El volumen de residuos radiactivos producidos en 1990 en las centrales nucleares fue de 21.000 metros cúbicos de alta actividad, 27.000 m3 de actividad intermedia y 370.000 m3 de baja actividad.

El consumo de energía supera los 9.000 millones de toneladas equivalentes de petróleo (375 EJ), y más de 700 millones de vehículos, la mayoría en el Norte, circulan por costosas infraestructuras. La producción, transformación y consumo final de tal cantidad de energía es la causa principal de la degradación ambiental. La acumulación irreversible de residuos radiactivos, el efecto invernadero y el subsiguiente calentamiento de la atmósfera, las lluvias ácidas, la contaminación atmosférica, la desertización causada por el consumo de leña en el Tercer Mundo, los destrozos de la minería a cielo abierto de carbón, los vertidos y las mareas negras de petróleo y el anegamiento de grandes extensiones provocado por la construcción de centrales hidroeléctricas, son algunos de los efectos indeseables del actual modelo energético.

El consumo de energía comercial está muy desigualmente repartido, pues el Norte, con sólo el 25% de la población mundial, consume el 72% de la energía, mientras el Sur, donde vive el 75% de la población mundial, sólo consume el 28%. El pensamiento oficial y la planificación energética han fracasado, exagerando interesadamente el crecimiento de la demanda de energía, como justificación para acometer la construcción de costosas centrales nucleares y en general para incrementar la oferta energética. Los esfuerzos y recursos destinados a incrementar la eficiencia energética y la penetración de las energías renovables son a todas luces insuficientes. Algunas aplicaciones de la energía solar, como las células fotovoltaicas, podrían a medio plazo cubrir gran parte de las necesidades energéticas, empezando por las de las más de 2.000 millones de personas sin electricidad, pero para ello se requerirán importantes recursos para investigación y desarrollo, al objeto de mejorar los rendimientos y abaratar los costes de producción.

La pérdida anual de cerca de 20 millones de hectáreas de bosques tropicales y la destrucción de todo tipo de hábitats, están ocasionando la pérdida irreversible de miles de especies. La Convención Internacional de Especies Amenazadas de Flora y Fauna (CITES) no logra evitar el tráfico de especies en peligro de extinción. Miles han desaparecido, y al ritmo actual el 25% de las especies desaparecerán en los próximos 20 años. La introducción de especies exóticas amenaza a los ecosistemas y a las especies autóctonas.

Las especies hoy inventariadas alcanzan la cifra de 1,7 millones, pero tal cifra es sólo una pequeña parte de las existentes; se calcula que pueden existir entre 10 y 100 millones de especies. El hombre ha llegado a la Luna, pero ni siquiera sabe cuántas especies hay en la Tierra. El ritmo de extinción, según el PNUMA, es de 150.000 especies al año, la mayoría sin describir y localizadas en los bosques tropicales, que con sólo el 7% de las tierras emergidas, albergan más del 50% de las especies. Entre las especies ya descritas hay 250.000 plantas multicelulares, un millón de insectos, 47.000 hongos, 50.000 moluscos, 19.000 peces, 9.000 aves, 4.200 anfibios, 6.300 reptiles y 4.000 mamíferos.

La agricultura y la ganadería actual está acabando con miles de variedades genéticas de plantas y animales, con graves consecuencias para el futuro. Unas pocas multinacionales se están apoderando de las variedades genéticas, sin pagar nada a los agricultores, y pretenden obtener grandes beneficios vendiendo determinadas variedades mejoradas de semillas de plantas y animales domésticos. Las cuatro mayores empresas productoras de plaguicidas en el mundo controlan las semillas transgénicas y participan en el mercado de las semillas mejoradas, y paulatinamente ejercen un enorme control sobre la producción mundial de alimentos; tales compañías no tienen ningún interés en que se desarrolle la investigación para producir alimentos con menor empleo de plaguicidas, y menos aún en el acceso libre de todos los agricultores a los bancos de germoplasma.

La ingeniería genética y el desarrollo de la biotecnología plantean nuevos problemas, para las personas y para los ecosistemas. Precisamente en el momento en que la biotecnología permite en teoría aprovechar con gran eficacia la gran diversidad de especies y variedades genéticas, el recurso básico, la biodiversidad, desaparece a un ritmo nunca conocido desde que hace 65 millones de años desaparecieron los dinosaurios y otras muchas especies, sólo que ahora no ha hecho falta que caiga un gran meteorito. Los nuevos organismos creados por la biotecnología pueden traer algunos beneficios, como el aumento en la producción de alimentos o nuevos fármacos, pero los peligros son muy superiores, al desconocerse sus consecuencias y efectos en las personas y en los ecosistemas. En cualquier caso la biotecnología deberá ser objeto de una atención prioritaria por parte de todos los ciudadanos, para impedir que los intereses de unas pocas multinacionales puedan poner en peligro a las personas y a los ecosistemas.

Muchos ecosistemas han sido destruidos, otros están seriamente dañados y prácticamente ninguno escapa a la amenaza de ser transformado. El 23,9% de los sistemas biogeográficos de la tierra han sido completamente transformados por la raza humana (el 36,3% si se excluyen las superficies heladas, de roca y los desiertos), el 24,2% parcialmente y sólo quedan bien conservados el 51,9%, cifra que se reduce a sólo el 27% si se exceptúan las superficies estériles.

Hoy los bosques cubren más de la cuarta parte de las tierras emergidas, excluyendo la Antártida y Groenlandia. La mitad de los bosques están en los trópicos; y el resto en las zonas templadas y boreales. Siete países albergan más del 60 por ciento de la superficie forestal mundial: Rusia, Brasil, Canadá, Estados Unidos, China, Indonesia y Congo (el antiguo Zaire). La mitad de los bosques que una vez cubrieron la Tierra, 29 millones de kilómetros cuadrados, han desaparecido, y lo que es más importante en términos de biodiversidad, cerca del 78 por ciento de los bosques primarios han sido ya destruidos y el 22 por ciento restante están amenazados por la extracción de madera, la conversión a otros usos como la agricultura y la ganadería, la especulación, la minería, los grandes embalses, las carreteras y las pistas forestales, el crecimiento demográfico y el cambio climático. Un total de 76 países han perdido ya todos sus bosques primarios, y otros once pueden perderlos en los próximos años.

La mitad de las zonas húmedas han sido desecadas o contaminadas, proceso que no ha detenido ni siquiera el Convenio de Ramsar, firmado en febrero de 1971, y los procesos de erosión y desertificación afectan a extensas áreas. La Tierra pierde cada año 24.000 millones de toneladas de suelo agrícola. Los corales, los manglares y los estuarios padecen procesos irreversibles de degradación. Los bosques templados y boreales son reemplazados por monocultivos para las industrias papeleras y madereras, y la tundra sufre la contaminación provocada por derrames de petróleo y de residuos radiactivos, especialmente en Rusia y Alaska. Los bosques tropicales son talados para exportar la madera y destinar el terreno a la ganadería o a los cultivos de exportación, como la mandioca y la soja para alimentar el ganado estabulado en Europa y Japón, o para instalar una agricultura de postres (cacao, café, té y azúcar). Los cultivos de coca, amapola para producir heroína y kif (hachís) son la principal fuente de divisas para algunos países del Sur, con un gran impacto social (violencia, corrupción) y ecológico, debido a la deforestación y a la contaminación (pesticidas, decenas de productos químicos empleados en la transformación de la coca en cocaína).

Las regiones montañosas se degradan a ritmo acelerado en todos los continentes, desde los Alpes al Himalaya, desde los Pirineos a los Andes. El turismo, la deforestación y el sobrepastoreo son algunas de las causas de degradación de estos frágiles ecosistemas, que suelen jugar un papel clave en el ciclo hidrológico, tan importante para la agricultura.

Los cinco grandes océanos y los mares regionales sufren las consecuencias del adelgazamiento de la capa de ozono y el calentamiento causado por el efecto invernadero, la sobreexplotación pesquera, la contaminación por vertidos de petróleo, residuos tóxicos y radiactivos, los problemas causados por los embalses y los regadíos que alteran el ciclo hidrológico y las cantidades y cualidades de los sedimentos, aguas residuales, eutrofización, y la gran presión urbanística y turística sobre los litorales. Las tres cuartas partes de la población mundial vive en las zonas costeras, a menos de 60 kilómetros del mar.

La pesca excesiva (casi 100 millones anuales de toneladas), el sobrepastoreo, el consumo de leña, el empleo de plaguicidas y abonos químicos, la contaminación, la producción de residuos y el crecimiento de las áreas metropolitanas, destruyen los recursos a un ritmo nunca conocido.

El agua, recurso escaso y cada vez más contaminado, puede llegar a causar serios conflictos en todo el Oriente Próximo. El 60% de la población mundial carece de agua potable; las aguas contaminadas ocasionan cada año la muerte de 9 millones de personas. En la actualidad 39 países del Sur sufren la escasez de agua dulce, agravándose el problema de año en año, a medida que crece la población y el consumo. Los miles de embalses construidos (entre 1950 y 1986 se construyeron 31.059 presas de más de 15 metros de altura) han sumergido 600.000 kilómetros cuadrados y, junto con los pozos, los trasvases y los regadíos (más de 240 millones de hectáreas), han alterado los ciclos hidrológicos, con graves consecuencias ecológicas y sociales.

La reducción de la capa de ozono, a causa de los CFCs, tendrá graves consecuencias, y a pesar de los acuerdos internacionales, como el Protocolo de Montreal de 1987 y las revisiones posteriores, no se recuperará hasta bien entrado el próximo siglo. La capa de ozono en la estratosfera forma un escudo protector frente a la radiación ultravioleta solar de onda corta, mortal para los seres vivos. Cada átomo de cloro de los CFCs puede causar la destrucción de más de 100.000 moléculas de ozono. El incremento de la radiación ultravioleta aumentará la incidencia de los cánceres de piel y de las cataratas en las personas, reducirá el fitoplancton, las capturas pesqueras y las cosechas, causando daños a todo tipo de animales y plantas. Aunque ya en 1974 los científicos Rowland y Molina mostraron los peligros de los CFCs para la capa de ozono, la oposición de las multinacionales productoras de CFCs (Du Pont, Union Carbide, Allied Signal, Hoechst, ICI, Atochen, Akzo y Asahi, entre otras) impidió adoptar ninguna medida práctica para reducir la producción de CFCs hasta 1987.

Los CFCs son una muestra de como las multinacionales y la clase política practican el principio de precaución. Las multinacionales se resisten a cambiar los procesos y productos industriales, y están frenando el inevitable desarrollo de la llamada producción limpia y la creación de una nueva economía ecológica. Anualmente se producen más de 400 millones de toneladas de residuos tóxicos y peligrosos. Las multinacionales controlan la economía global, dictan la política y son las grandes responsables del desempleo, de la destrucción del ambiente y de las economías locales, y sin embargo el control sobre ellas es escaso o nulo. Las políticas de final de tubería, sin cambios en los procesos que generan todo tipo de residuos tóxicos y peligrosos, son muy costosas e inútiles, pues sólo trasladan los residuos de un lugar a otro, ya sea al aire (incineración), los ríos, mares o suelos. El ciudadano medio europeo a lo largo de su vida genera una cantidad de residuos superior en mil veces a su peso, y el norteamericano en 3.900 veces.

La química del cloro produce más de 11.000 compuestos organoclorados, la mayoría dañinos para las personas y los animales. Fue un error del desarrollo industrial, como confirman las últimas investigaciones sobre los efectos de las dioxinas, pero todavía se producen en el mundo cerca de 40 millones de toneladas de cloro. Las emisiones de metales pesados, como mercurio, cadmio y plomo, al igual que otros productos tóxicos, contaminan el agua, los suelos y la atmósfera. Desde principios de siglo se han sintetizado alrededor de 10 millones de compuestos químicos, y actualmente se producen comercialmente más de 110.000, sin que en la mayoría de los casos se conozcan sus efectos. La exposición a sustancias tóxicas causa cáncer y malformaciones.

El Norte desarrollado no quiere asumir sus responsabilidades en la destrucción ambiental y en la explotación de los pueblos del Sur, negándose a hacer ninguna concesión sustancial (deuda externa, comercio internacional, patentes, ayuda al desarrollo, reducción de las emisiones de CO2), y a cambiar su insostenible modo de vida. A las élites que gobiernan el Sur tampoco les interesa que algo cambie. Ellas son el Norte del Sur, y no están dispuestas ni a redistribuir más equitativamente la renta y la tierra, ni a democratizar sus países, ni a respetar los derechos humanos, ni a acabar con la corrupción, ni a frenar la destrucción de sus ecosistemas. Las élites del Norte y del Sur ofrecen como única alternativa la liberalización del comercio, a pesar de que la experiencia demuestra que con más comercio se agrandan las diferencias entre ricos y pobres, se destruyen economías locales y millones de empleos, aumenta la contaminación (más transporte), la destrucción de hábitats (infraestructuras como autopistas o aeropuertos) y la pérdida de biodiversidad (monocultivos para la exportación, embalses para producir electricidad, minería a cielo abierto). La especie humana, sobre todo los ricos del Norte, ya consume directa o indirectamente el 40% de la producción neta de biomasa terrestre.

La población mundial se duplicó entre 1950 y 1987. En 1999 superó los 6.000 millones de habitantes, con un crecimiento anual de 78 millones de personas, y en el año 2050 llegará a los 8.900 millones. La práctica totalidad del crecimiento demográfico se produce en el Sur, mientras que en el llamado Norte la población apenas. El crecimiento demográfico en el Sur sólo se frenará con una mejora de la situación de las mujeres y con más educación, repartiendo la renta a nivel mundial de una manera más justa y con mayores gastos en sanidad y pensiones.

Según la OIT, más de 820 millones de personas están en paro o subempleadas. Sólo en la OCDE el paro supera los 35 millones. Cada año 43 millones de personas se incorporan a la población activa, a un mercado de trabajo sin perspectivas y cada vez más degradado, en una economía global, en la que van desapareciendo las economías locales.

Los asentamientos humanos, sobre todo en el Sur, padecen graves problemas sociales y ambientales, como la vivienda, el paro, la delincuencia, la pobreza, la congestión, la contaminación atmosférica, la falta de agua potable, la depuración de las aguas residuales y la eliminación de los residuos. La casi totalidad del crecimiento urbano, al igual que el demográfico, se producirá en las próximas décadas en los países del Sur.

El enorme fracaso del socialismo real ha dejado una penosa herencia de desastres ecológicos; una sociedad sin democracia y sin libertades políticas no puede cuestionar ni decidir sobre los proyectos con graves impactos sociales, económicos y ambientales. El socialismo burocrático fracasó, pero las políticas neoliberales agravan igualmente los problemas y carecen de alternativas para enfrentar las grandes contradicciones de este final de siglo: La crisis ambiental, las desigualdades entre el Norte y el Sur y dentro de cada país, los conflictos étnicos, la violación de los derechos humanos, la erosión de las libertades y el desempleo estructural. @


(*) El Dr. José Santamarta Flórez es director de la edición en castellano de la revista World Watch.



 

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