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   Edición 82 / Enero - Febrero del 2002

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La Historia del Zoo de Kabul y su León Tuerto,
Reflejan la Tragedia Vivida por Afganistán



Por Alfonso Rojo

España . Argentina

Al elefante lo mataron a tiros hace unos años. El tigre falleció cuando un cohete explosivo pegó de lleno en su jaula, y el oso anda como alma en pena, con el hocico en carne viva y frotándose la sarna contra los barrotes. El único que mantiene el tipo es Marjan, el viejo león.


Marjan se quedó viudo hace dos años, está ciego de un ojo, sólo conserva un 5% de visión en el otro y tienen que picarle la carne de burro, porque tiene la boca hecha una pena, pero es la gran atracción del Zoo de Kabul y, a veces, cuando se incorpora y pasea tambaleante por el fondo de su foso, da la impresión de darse cuenta.

El Zoo de Kabul es un horror. Queda a la orilla del río, junto al barrio hazara. Para ser más exactos, junto a las ruinas del barrio, porque no queda allí piedra sobre piedra desde la época en que se mataban entre sí las milicias muyahidin, que ahora integran la Alianza del Norte y son aliadas de Estados Unidos.

La historia del Zoo de Kabul y la desgraciada peripecia de su único león son un ajustado paradigma de la tragedia de Afganistán. Fue fundado en 1950, cuando reinaba en el país Zahir Shah, el anciano monarca exilado en Roma a quien los norteamericanos quieren traer de vuelta al país. Al principio, las cosas marcharon bien. Había jardines, se regaban los árboles, las jaulas estaban limpias y los empleados cobraban un modesto sueldo y no tenían que robar la pitanza de los bichos para sacar sus familias adelante.

Cuando llegó Marjan, un cachorro regalado por Alemania, hubo hasta una fiesta de bienvenida y se impartieron órdenes para que se le buscase compañía femenina. Todo discurrió apaciblemente hasta 1973, cuando Mohamed Daud, que era primo del rey y tenía veleidades izquierdistas, dio un golpe de estado. A esas alturas y sin la protección del monarca, el Zoo empezó a pasar ciertos apuros, que se incrementaron bastante cuando los militares comunistas derrocaron a Daud en 1978.

Un año después, comenzó la invasión soviética, que duró 10 años y estuvo marcada por la sublevación de las tribus, la entrada en juego de la CIA y el desembarco en el país de personajes siniestros como Bin Laden, a los que el presidente de Estados Unidos calificaba entonces de luchadores por la libertad.

Así y todo, el Zoo resistía y el Gobierno de turno se encargaba de que los animales recibieran asistencia veterinaria y comida suficiente. Lo mismo pasó durante los tres años que aguantó en el trono el presidente comunista Najibulá.

En 1992 los muyahidin, respaldados por Estados Unidos, Pakistán y Arabia Saudí, conquistaron Kabul. A partir de ese instante, empezó el cataclismo en forma de carnicerías entre bandas para hacerse con el control de la capital.

En 1995, en la pelea entre tayicos y hazaras, fue cuando acribillaron con ametralladoras antiaéreas al elefante y reventaron al tigre. Marjan sobrevivió.

A finales de abril, cuando los tayicos se impusieron y quedaron dueños de toda la zona, un grupo de milicianos se acercó al Zoo a curiosear. Eran analfabetos semisalvajes bajados del valle del Panshir y al ver a Marjan tumbado al sol quedaron estupefactos.

El más bruto de todos, tras porfiar en que el animal era un cobarde y no mordía, no tuvo otra ocurrencia que encaramarse a la verja y descender al foso. Para demostrar su tesis, primero dio unos pasos, después unas palmadas y, por último, jaló de los bigotes al felino y tiró con fuerza, momento en que Marjan alzó una garra y lo dejó seco.

Al día siguiente, celebrado el entierro del estúpido panshiri, se presentó su hermano decidido a vengar su muerte. Lanzó tres granadas al foso, antes de que un periodista francés interviniera y movilizara a los voluntarios de Médicos sin Fronteras para salvar al animal. La ceguera, la falta de muelas, el labio descolgado y las hondas cicatrices faciales de Marjan son producto de la metralla que le extrajeron aquel día. Todavía no había concluido el calvario.


Morir de hambre

En 1996, ocuparon Kabul los Talibán y según el director del Zoo, Shair Aga, todavía empeoraron las cosas. "Retiraron al veterinario, suspendieron las entregas de comida y nos quitaron la mitad de los empleados", explica Shair Aga. "No es de extrañar que quisieran dejar morir de hambre a los animales, si se tiene en cuenta que tampoco les importaba que las calles estuvieran repletas de niños sucios que comen basura y de viudas famélicas que piden limosna".

Quizá mejore la situación a partir de ahora, pero no será fácil. No hay vallas, las jaulas se desmoronan, la comida escasea y varias de las 19 especies que han sobrevivido a tantos años de espanto puede que no pasen el crudo invierno que se avecina.

Los dos monos tienen la ventaja de ser juguetones, lo que estimula que los niños les tiren trozos de fruta además de piedras, y están en buena forma, pero el resto parece condenado. Las dos lobas, una rusa y otra afgana, se pelean sin cesar; el chacal ya sólo se asoma de noche; y Marjan, el viejo león, está en las últimas. Tiene ya 47 años y ha visto demasiadas atrocidades. @


www.elmundo.es/2001/11/19/ultima/1073557.html


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