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   Edición 79 / Mayo - Junio del 2001

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Decíamos Ayer ...

El Mercurio de la Salud




Orgánicos o Psicológicos

El Mercurio de la Salud
mareal@sminter.com.ar

Argentina



El debate del origen del comportamiento entre conductivistas y psicoanalistas fue clave en la década del '60.


La mujer -35 años- tenía miedo de matar a su hija. ¿Quién la incitaba? El Diablo. A veces lo veía, cornudo, rodeado de ratones gigantescos. Pasó 12 años en manicomios hasta que fue a parar al Instituto Neurológico de Bristol. Los médicos habían diagnosticado: fobia compulsiva. Los psicoanalistas dijeron que esa mujer, en su inconciente, cree haber concebido una hija de su propio padre. Quiere suprimir al testigo del Edipo.

En Bristol, la mujer se encontró frente a un hombre con barba. Grey Walter, director del departamento de fisiología, tenía una historia casi tan absurda como la suya: en 1930 fue alumno del soviético Pavlov. Durante la Segunda Guerra Mundial diseñó un dispositivo capaz de orientar el tiro de una batería antiaérea contra un avión en vuelo. En la década del 50 contribuyó a "inventar" una ciencia nueva: la cibernética. Luego armó una serie de tortugas electrónicas (que aprenden) y se dedicó a estudiar el cerebro humano.

Walter y la mujer se hicieron amigos. Previamente Walter implantó 68 microelectrodos en el lóbulo frontal de la enferma, midió sus ondas cerebrales, ubicó "el mal" y dirigió contra él un par de pequeñas descargas eléctricas. Entonces Bristol dio el parte del triunfo: "Una fracción de miliamperio lanzada en uno de los electrodos ha exorcizado al Diablo. Ganamos, donde el psicoanálisis había fracasado".

¿Se justifica este optimismo? La operación, consistente en coagular una pequeña parte del cerebro, a nivel de las células, rompiendo sus conexiones con el resto del órgano, y haciendo cesar una acción perturbadora, ¿empuja al psicoanálisis a un cono de sombra? ¿marca el ocaso de un método que alteró la concepción interna del hombre y ayudó, durante más de medio siglo, a modificar sus pautas de conducta?

Los expertos difieren en la valoración de la "operación Walter". Para algunos se trata de un revolucionario camino en el tratamiento de las enfermedades mentales, basado en una ultramoderna concepción cibernética del cerebro. Para otros, es apenas una "variante afinada" de la lobotomía, es decir, de la destrucción de conexiones cerebrales, con resultados inciertos -y tal vez graves- para la personalidad del paciente y sus futuros desarrollos intelectuales. Más allá de esta polémica, Walter ha trazado una "teoría general del cerebro".


Ser computadora

Los fisiólogos clásicos advirtieron que las informaciones recibidas por el cerebro, a través de los sentidos, convergían hacia zonas específicas: la visión hacia el lóbulo occipital y así sucesivamente. Al estudiar las ondas cerebrales, Walter concentró su atención en zonas no específicas (el lóbulo frontal) donde toda esa información se asocia y se producen condicionamientos. Este consiste en que una sensación evoque otra, a la que ha estado asociada. Un perfume repentinamente percibido trae el recuerdo de una situación vivida.

Algo más: el lóbulo frontal emite "ondas de expectativa". Si el sujeto está sometido a una experiencia de laboratorio en la cual a determinado ruido sucede una luz violenta y desagradable, cada vez que oiga el ruido esperará la luz. Si la frecuencia en que la luz sucede al ruido va disminuyendo, por ejemplo a la tercera parte, la "onda de expectativa" decrece hasta un 33 por ciento. De aquí deduce Walter que el cerebro es una máquina de cálculo estadístico. La diferencia con las computadoras es obvia: estas responden solamente "si" o "no" frente a una situación. El cerebro, en cambio, evalúa la gama de posibilidades abiertas.

La complicada maquinaria cerebral sería, en definitiva, una "calculadora probabilística". Walter pone este ejemplo: El bebé aprende que "seno" da "leche". ¿Qué hace su cerebro? Escoge las informaciones y las totaliza. Luego vienen los otros condicionamientos: "cada vez que tengo hambre, el seno se presenta".

Desde luego, esta relación no siempre se comprueba. La madre puede estar enojada, o ausente. El condicionamiento sólo se refuerza en un 65 por ciento. Es para el bebé la primera experiencia de las vicisitudes de la vida. Pero entonces aprenderá a llorar, para aumentar sus chances: "cada vez que lloro ella viene". Y esto funciona en un 95 por ciento.

El cerebro termina por conformar "un modelo reducido del mundo", equivalente al cúmulo de las experiencias vividas (y sus correcciones). A la computadora estadística se añade una computadora "analógica"; el modelo sirve para preparar la acción. Si una persona desea ir al Louvre, instantáneamente "ve" su itinerario en el París en miniatura que tiene en la cabeza.

Cuando acierta el modelo queda reforzado. Cuando el individuo se pierde, está obligado a cambiar o corregir, el modelo. Si cree en sus modelos más que en la realidad, entonces está loco. "El neurótico -dice Walter- es el individuo que posee modelos falsos, seguidos de condicionamientos desgraciados y contradictorios".

La libertad del hombre consiste, por lo tanto, en su capacidad para afrontar riesgos. "Todas nuestras acciones están fundadas en un cálculo de riesgos". Probabilístico, naturalmente.


El ejecutivo asustado

Se trataba de un hombre de negocios asustado. No cruzaba la calle sin sentir miedo. Se negaba a tomar un tren o a reunir su consejo de administración. Fue psicoanalizado y también tratado con drogas. Sin resultado. El equipo Walter advirtió que carecía de "ondas de expectativa". Entonces razonaron: "el cerebro de un peatón normal calcula: si con luz roja los autos se detienen siempre, tengo el 99 % de probabilidades de no dejarme atropellar nunca. El enfermo, en cambio, estima que sus chances de supervivencia son mínimas. Su "calculador estadístico" está descompuesto.

Tras el estudio del caso y la consiguiente operación, afirmaron: "curamos al hombre de negocios, coagulando apenas un pequeño grupo de células situadas más arriba de las cejas y relacionadas con las perturbaciones de personas muy angustiadas. Actualmente cruza las calles y toma aviones, sin temor alguno.

Esta concepción "probabilística" permite un paralelo entre el cerebro humano y las máquinas electrónicas. Las "tortugas" de Grey Walter son aparatos que cumplen una especie de "ciclo vital". Se alimentan de luz y, una vez saciadas, van a refugiarse en un cono de sombra. El recorrido las agota y tienden a retornar a la fuente luminosa, para cargar sus baterías. Si en el camino hallan obstáculos, los eluden.

En los próximos movimientos modificarán su recorrido. Si tienen sensibilidad auditiva (un tímpano) y oyen un silbato antes del choque, asocian ambos elementos y adaptan su conducta. Tienen memoria. Aprenden. Se condicionan. Son diferentes entre sí, mostrando "carácter" y "personalidad". Según su creador "cuando se dota a una máquina de la facultad de explorar el mundo y de guardar la experiencia (por condicionamiento) esa máquina adquiere la singularidad de ser vivo y su facultad de adaptación al medio".

Sirven, además, como "modelos" para reflexionar sobre circuitos eléctricos y cerebrales. "Cada vez que dejamos de comprender lo que está pasando en un cerebro -sigue Walter- nos decimos: Veamos, ¿y cómo haríamos para llegar al mismo resultado?" Una diferencia: la tortuga tiene todavía un montaje elemental, consiste en algunas lámparas, relais y condensadores. El cerebro tiene unos 12 millones de células y un número incalculable de conexiones.


Objeciones

El caso del ejecutivo asustado fue consultado al especialista Antonio Caparrós. Este enumeró algunas de las posibles objeciones al "método Walter": Estamos lejos de producir mecanismos que "dupliquen" al ser humano. Pese a los adelantos, la distancia entre ambos sigue siendo inconmensurable. A nivel psicológico, el cerebro es una parte.

La totalidad se halla en el organismo. La diferencia fundamental entre cualquier imitación cibernética del ser humano y el hombre mismo se encuentra en que este último tiene iniciativa. En que, para él, todo tiene significados humanos. Los significados se ubican en la conducta misma, no en alguno de sus órganos.

En el mejor de los casos, existe la posibilidad que los tratamientos eléctricos del cerebro hagan desaparecer síntomas. Esto mismo es dudoso. El peligro es caer en un "reduccionismo biológico" (reducir toda la comprensión de la personalidad a las bases biológicas de la mente). La cura del sujeto que no podía cruzar la calle puede haber estado afectada por otros factores, como el hecho de infundir confianza al enfermo o los significados humanos que adquirió la experiencia.

Tal vez nos encontremos en una situación semejante a la cicatrización de heridas aplicando telarañas, durante la Edad Media. Sólo en nuestros días llegamos a saber que las telarañas contenían colonias de penicilina, con lo que lograban su efecto contra las infecciones.


¿Fin del Psicoanálisis?

Las teorías de Grey Walter tienen suma importancia para una nueva evaluación de la estructura y el funcionamiento del cerebro humano. Es un campo apenas abierto.

El aporte del psicoanálisis, al filo del siglo XX, fue el descubrimiento de la dinámica del inconsciente. Existía una parte -rica y profunda- de la mente que no se manifestaba al nivel de la conciencia pero influía de manera decisiva en la vida cotidiana. En el análisis de los sueños, en la comprensión de las neurosis, en la terapia, el psicoanálisis demostró desusada vitalidad y contribuyó a clarificar las relaciones interhumanas. Hoy es un elemento casi inextricablemente ligado a nuestra cultura, que se enriquece con el examen del medio social y de los conflictos provocados por la sociedad tecnificada.

Una objeción frecuente al psicoanálisis es que constituye la aplicación a la conciencia humana de "una serie de metáforas energéticas". La lucha de fuerzas y tendencias que describe están desprendidas del organismo físico, biológico, al que pertenecen. A Grey Walter puede reprochársele lo contrario: pone énfasis en la estructura del cerebro para explicar el funcionamiento de la mente.

El grito de guerra de la escuela Bristol no significa el acto de defunción del psicoanálisis, pero previene acerca de un peligro moderno: la excesiva especialización que conspira contra la posibilidad de enriquecer una disciplina con los adelantos brindados por otras ramas del conocimiento como lo es la cibernética.

O la química y la biofísica, que aportaron algunos descubrimientos como el de una sustancia cerebral (la monoaminoxidasa) que es responsable de los estados depresivos. O la comprobación de una droga (la cloropromazina) y sus derivados poseen poder curativo sobre ciertas psicosis. O la utilización de ciertos tranquilizantes que probaron ser aliados en el tratamiento de trastornos psicológicos.

Todos indicios de que el psicoanálisis está cuanto menos un poco viejo. Aunque no se atrevan a confesarlo, los psicoanalistas trabajan con nuevos métodos terapéuticos y parten de nuevos supuestos. Poco queda ya de la ortodoxia freudiana. Pero lo que es más importante, ni los partidarios ni los enemigos del psicoanálisis conocen todavía a ciencia cierta cuál será el nuevo método que vendrá a sustituirlo. Igualmente el avance de la cibernética demuestra que los tratamientos electrónicos podrían llegar a constituirse en los dueños de la voz cantante. @


Fragmento del artículo "¿Muere el psicoanálisis?", publicado en Panorama (agosto de 1968)



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