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El año próximo se cumplirán 20 años de la redacción y aprobación por parte de ICOMOS de la Carta de Florencia, primer documento internacional referido a la preservación y conservación de jardines y paisajes patrimoniales de valor. Este documento vio la luz 18 años después que la Carta de Conservación y Restauración de Monumentos y Sitios -conocida como Carta de Venecia de 1964- referida al patrimonio en general. Esto ya nos muestra un primer y significativo atraso en la consideración del patrimonio verde y paisajístico con relación al patrimonio arquitectónico y urbano. Ante la próxima conmemoración veinteñal, coincidentemente con la reciente emisión de la Convención Europea del Paisaje (último documento referido al tema emitido en Florencia en octubre del 2000 y que muestra significativos cambios en el concepto y tratamiento de ese patrimonio) y, ante el atraso atávico que nos caracteriza en la Argentina, creo oportuno hacer unas reflexiones sobre el estado de la cuestión en nuestro país. En primer lugar me permitiré recordar algunos conceptos fundamentales sobre los que siempre se debe insistir. Tenemos ante nosotros dos temas sobre los cuales existe todavía cierta confusión: El paisaje y el jardín, y más aún, el paisaje "cultural" y el jardín "histórico". Sabemos que el jardín surgió como la necesidad de redimir la culpa original de pérdida del Paraíso Terrenal y por ello conlleva una carga significativa y psicológica inmensa. Por ello, también, acompaña al hombre desde tiempos inmemoriales en sus moradas terrenales (sean éstas las viviendas, las ciudades o los cementerios). El jardín es la reinvención de la naturaleza con sentido estético y mediante un material vivo (la vegetación): Debemos considerar a este bien como la suma e interacción de lo natural con lo cultural. Un jardín público urbano siempre debe ser el resultado de un equipo multidisciplinario que contemple todas las variantes naturales y culturales del contexto físico y social en el que se insertará. El "paisaje", por otra parte, entremezclado con la "naturaleza", siempre -reitero, siempre- es una simbiosis entre lo natural y lo cultural, pues como bien nos enseña César Naselli, paisaje es mirada: es la mirada del hombre sobre su entorno. O sea, un paisaje siempre es la suma e interacción de lo natural con lo cultural. El patrimonio arquitectónico y urbano nace con el afán de perdurar (y muchas veces con el afán de inmortalizar a su autor y por eso no respeta lo existente o la obra de sus antecesores) y sus materiales tienden a la perdurabilidad. Por una cuestión económica, además, los edificios y los barrios, por ejemplo, deben conservarse en el mejor estado posible por la mayor cantidad de tiempo. Los jardines públicos -sean éstos parques, plazas, plazoletas, boulevares o canteros- se construyen sobre terrenos del común y con el dinero aportado por todos los contribuyentes con el objetivo de brindar esparcimiento físico y psíquico a todos por igual. La gran diferencia con el patrimonio arquitectónico y urbano radica en el material cambiante y perecedero con el que están construidos, el que nace, vive y muere a la par del hombre. De ahí la necesidad de su correcto mantenimiento, aggiornamento de sus posibles usos, respeto por las obras singulares y de alto valor paisajístico (los jardines históricos). Estas tareas también deben ser realizadas por equipos interdisciplinarios de técnicos y profesionales apropiadamente entrenados en conjunción con las asociaciones de vecinos. Este patrimonio también tiene un alto valor monetario (sumando el terreno, la vegetación, el equipamiento, las obras de arte, los edificios incluidos, el patrimonio arqueológico subyacente, el valor estético y el significado social) y además es un recurso de lenta renovación pues cuando se muere un árbol para reemplazarlo hay que esperar 50 años a que crezca de nuevo (cuando no 100). Pues bien, nuestro país poseía un patrimonio paisajístico original de excepcional valor debido a su ubicación relativa que comprende variados climas y conformaciones geográficas: montañas, costas marítimas y fluviales, lagos, praderas, valles, cataratas, glaciares, y nuestra inmensa y característica Pampa argentina. Es evidente para todos que con el transcurso de la conquista española y la "urbanización" del territorio en aras del "progreso indefinido", generaciones anteriores y actuales han depredado, degradado, contaminado y destruido variados bienes. La pionera acción en pro de los Parques Nacionales emprendida a principios del siglo XIX por Carlos Thays y Francisco Pascasio Moreno no fue continuada en la misma medida ni con la misma seriedad. Nuestro paisaje original también comprendía al hombre: Los indígenas que fueron masacrados para "ampliar la fronteras de la civilización". El inmenso vacío provocado fue parcialmente subsanado con la importación de nuestros antepasados, los inmigrantes venidos de diversas regiones que contribuyeron a crear una sociedad culturalmente variada. La idea de "una" Argentina identificable llevó a ignorar las diferencias territoriales heredadas (la Argentina es la suma de identidades regionales) tanto como la diversidad cultural de sus nuevos habitantes. La urbanización modelística -española primero y luego genéricamente afrancesada- llevada a cabo sobre el territorio primigenio pensada para que condicionara una tal sociedad uni-identitaria, provocó una uniformidad espacial y estética que va de la Quiaca a Ushuaia. Pero es lo que tuvimos. Igualmente, el modelo de espacio público con plazas secas y municipalistas seguido por la plaza y el parque verdes "a la manera francesa" igualó nuestras ciudades y pueblos dentro del territorio y con aquellas que eran nuestro paradigma a imitar allende el océano. No pocas veces superamos a las metrópolis en cuanto a la concreción de esos espacios pero lejos estamos de haberlos cuidado y respetado como los fueron y son en Europa. O sea, eso que tuvimos ya no lo tenemos. Algunas transformaciones culturales de nuestro paisaje original debidas a la necesidad de alimentación, recreación y desarrollo de nuestros asentamientos, nos legaron paisajes modificados que fueron la representación de nuestra vida cotidiana y que respetaron, por su escala de intervención, el territorio heredado. Me refiero a ciertos sembradíos, costaneras, caminos y puentes, por ejemplo. También las estamos perdiendo. Y llegó el momento de bosquejar en que estado estamos y porqué. Hoy, enfrentamos la realidad de una ruta mendocina trazada sobre un yacimiento arqueológico, la prohibición de filetear los colectivos porteños mientras pedimos aparatosamente que el tango se considere bien de la humanidad, "restauraciones" de MONUMENTO HISTÓRICO NACIONAL que más parecen destrucciones (¿Palacio San José ?), intentos de "privatizar" amplias posesiones de gran valor paisajístico (¿un country en el INTA Castelar?), propuestas de declaración de MONUMENTO HISTÓRICO NACIONAL a bienes otrora excepcionales para beneficiar tributariamente a sus propietarios (el caso más notorio es el Mercado de Abasto luego de su burda deformación a la que hubiera sido preferible un "asesinato" total o sea una demolición). El atropello y saqueo en las estaciones ferroviarias, el intento de cambiar la normativa de protección parcial actual del Parque 3 de Febrero so pretexto de declararlo Área de Protección Histórica permitiendo su explotación y privatización salvaje, Bariloche, las Cataratas ... ¿Cuántos puntos suspensivos debo intercalar? Como el tratamiento de todos estos diferentes bienes patrimoniales excede las posibilidades de este informe, me centraré en los espacios verdes urbanos. Nuestros otrora admirables parques y plazas, heredados de las manos maestras de Carlos Thays I y II, Benito Carrasco y otros preclaros paisajistas, están agonizando y carecen de legislación apropiada de protección. Debemos ponerlos en terapia intensiva. Los principales problemas a resolver son:
Los parques y plazas reemplazaron a la naturaleza virgen y salvaje. Lo hicieron de un modo civilizado y ordenado. Pero es lo que nos resta de contacto con un origen natural que ya hemos casi completamente olvidado. Además de este aspecto "cultural", los parques y plazas contribuyen a escurrir las aguas de lluvia (chocolate por la noticia !), a oxigenar el aire, a moderar el clima equilibrando el hormigón armado, en fin, a mejorar el ambiente excesivamente "artificial" de nuestras ciudades. Hoy nos estamos quedando también sin eso. De nosotros depende el establecimiento de políticas ambientales y de preservación correctas, el acrecentamiento de las superficies verdes públicas, el correcto mantenimiento de los espacios verdes urbanos y en general, está en nuestras manos y en nuestra acción tener una vida más feliz y legar a nuestros hijos la posibilidad de vivir en un mundo mejor. @ Para la realización de este documento han colaborado con informes locales los arquitectos Osvaldo Guerrica Echevarría, Olga Paterlini, Marta Silva, Carlos Page, Raquel García Ortúzar y Ricardo Ponte, a quienes agradezco. (*) Dra. Sonia Berjman. Vicepresidenta del Comité Científico Internacional "Jardines Históricos-Paisajes Culturales", ICOMOS Consejo Internacional de Monumentos y Sitios.
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