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A diario, el concepto de globalización se va arraigando -o enquistando- en la sociedad mundial. Algunos, con ella, ven ampliarse extensamente sus fronteras comerciales, mientras que, "el mercado" -ese semidiós encumbrado mundialmente por diversos individuos- se va concentrando en menor cantidad de manos, que en forma corporativa, manejan los destinos de la población mundial, decidiendo quién puede comer y quién no, es decir, quién puede seguir viviendo y quién está condenado a morir por inanición y en la extrema miseria. Sigo afirmando, que la solución para erradicar el flagelo del hambre mundial, no pasa por extender la superficie cultivable actual o producir transgénicamente cultivos más productivos, simplemente, lo que hay que realizar es una mejor distribución de los alimentos, que en la gran mayoría de los casos, deberán ser dispuestos en forma equitativa como "Ayuda Humanitaria". Se deberá dejar de lado, entre otras cosas, las ideologías, el color, la raza y las situaciones políticas existentes en cada nación, y ponderando simplemente, el concepto "humanitario". Pero, el tema que quería tocar en esta editorial, no es el hambre mundial y sus consecuencias, eso, es "harina de otro costal" -alimentariamente hablando- si bien en esa cuestión no bajaremos la guardia ni los decibeles para combatir a ese flagelo, el de ésta, es otra temática. También es cierto que, la globalización no debe tomarse como algo totalmente negativo y nefasto. Es más, el estar comunicados por este medio, prácticamente en tiempo real o por un archivo almacenado en nuestro portal ambiental, sin depender de los horarios ni de los días, tiene sus beneficios, Lo mismo, se produce con las millones de páginas recopiladas en la red, que abordan distintos temas. Con variados conceptos, idiomas, criterios, objetivos y valores éticos y morales, y con total independencia del entorno, y que también tiene sus beneficios. "La libre expresión de los pueblos" es uno de ellos. Lástima, que también están los que se aprovechan, ajan y desvirtúan los objetivos y principios de los que crearon a la Internet. Pero sirviéndome de la disponibilidad de esta tecnología globalizada, quiero aprovechar para discutir la necesidad de la creación de un "Código Ambiental Básico Mundial" (CABM), que deberá ser consensuado por todos los representantes de las naciones, tanto políticos como de las ONGs Ambientalistas legalmente constituidas (con sus correspondientes personerías jurídicas, para evitar los "sellos de goma") al igual, de lo que se está pretendiendo en la Unión Europea. ¿El por qué de esa necesidad? Muy simple. Vemos a diario cómo países industrializados se van sacando de encima a las tecnologías obsoletas, antieconómicas y contaminantes, y que las venden a países en "vía de desarrollo", (del Tercer Mundo, subdesarrollados, emergentes, o cómo quiera llamarlos, pero sí estaremos todos de acuerdo en llamarlos "países con economías pobres") con préstamos a medianos plazos con intereses imposibles de repagar, (por culpa del riesgo país) incrementando sus deudas externas y sumergiéndolos aún más en la pobreza, especialmente, a la gran mayoría pobre de sus habitantes, mientras que la minoría rica, continuará incrementando su abultada riqueza. Para colmo, esas tecnologías "vendidas", generan altos costos en la producción, y causan un desfasaje sobre los precios internacionales por la competencia antieconómica de los sistemas obsoletos, incrementando la cantidad de pobres, dado que, las variables de ajuste para competir en ese mercado, las más fáciles de aplicar como siempre se hizo, son la reducción de los salarios de los trabajadores, por un lado, y el "no" respeto de las normas ambientales por el otro. Por lo tanto, además, producen la contaminación física del ambiente. El concepto del deterioro de la salud humana, está arraigado como un producto de la consecuencia lógica del progreso tecnológico de la humanidad. Esto sería totalmente falso, si la tecnología aplicada cumpliese con las normas ambientales (por ejemplo: las ISO 14000), donde el consumo energético se redujera eficazmente, la totalidad de sus efluentes y residuos serían tratados correctamente, y sus materias primas se generarían a partir de recursos renovables verdaderos. A no dudarlo, el resultado sería otro. Si se combatiera especialmente a la "contaminación moral" enquistada en la sociedad y a escala mundial, también las consecuencias serían otras. No existe en la historia de la humanidad un país o estado, que no tuvo y/o tenga dentro de su seno una cuota importante de contaminación moral, que como siempre digo, es la madre de todas las contaminaciones. La historia nos da múltiples ejemplos donde se muestran cómo cayeron y desaparecieron enormes y poderosos imperios que aparentemente parecían invulnerables, casi todos, fueron corroídos moralmente desde su interior, y en su gran mayoría, desde la cúpula gobernante hacia abajo. Si se dispusiese de un Código Ambiental Básico Mundial, al igual que los tratados y convenios internacionales signados hasta el momento (Montreal, CITES, Basilea, etc. y con la esperanza que el de Kyoto sea ratificado por los EE.UU.) con sus normas y regulaciones, donde todos los países industrializados deberían respetar como mínimo ese Código, las cosas serían distintas. No se podría "exportar" tecnologías sucias, ni se permitiría la radicación de industrias contaminantes en los países pobres. Las incongruencias y negociados con las plantaciones de monocultivos como solución al problema mundial de emisiones de gases del efecto invernadero se verían al descubierto, y sus teorías, sin ningún tipo de rigor científico demostrable se caerían como un castillo de naipes. Si igualamos la posibilidad de producir con la misma tecnología limpia en todos los países del mundo, los productos manufacturados tendrían valores casi similares, y en principio, el beneficio mayor seguiría siendo del industrial. También se beneficiarían sus empleados porque tendrían sueldos equiparados internacionalmente y con un mayor poder adquisitivo por la mejora de sus ingresos. A su vez, éstos, pueden pasar a ser consumidor de los productos que manufacturan, aumentando el mercado, y por consiguiente, se reducirían los costos de producción por la rápida amortización del capital invertido. Toda esta movida, incrementaría los puestos laborales, bajando el desempleo. Así, entrando en un círculo productivo donde los beneficiarios seríamos todos: Los fabricantes, por mayores ganancias; los obreros-empleados, por mejores ingresos y calidad de vida; los consumidores, porque tendríamos productos mejores y más baratos; y los gobiernos, con una mayor recaudación de los impuestos para afectar a las obras. Es una falacia afirmar que en una economía de mercado, siempre debe haber un alto porcentaje de desocupados para que la rueda productiva trabaje bien lubricada, más cuando el lubricante, es el sudor e incluso la sangre de los trabajadores. Lo más importante, es que la generación de los puestos laborales que se generen se condice con los productos. Éstos deberán priorizar la calidad de fabricación y cumpliendo todas las normas ambientales "desde su cuna hasta su tumba". El próximo 5 de Junio, festejaremos todos el "Día Mundial del Ambiente y el Respeto de la Naturaleza". Podemos comenzar dándole un buen regalo a nuestro cansado y vapuleado Planeta Azul, por lo menos, empezando a pensar cómo arreglamos todos los desastres que ocasionamos, consensuando todos los criterios ambientales y las legislaciones. La necesidad de un CABM, pasa prioritariamente, por la justa, limpia y equitativa exigencia de jugar todos con las mismas reglas de juego, o en otras palabras, todos... con la misma pelota. @ Hasta el próximo número.
Ing. Antonio Nicolás Gillari
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