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   Edición 77 / Enero del 2001

Columnistas



Aproximación al Pensamiento
Filosófico y Religioso de la Vedanta





Por Carlos A. Cambra Palomino
Corresponsal en Panamá del MAE
ccambra@cwpanama.net

Panamá


Por Rubén A. Villarreal R.
La Hoja del Lunes


Estamos en el Occidente Cristiano tan familiarizados y tan acostumbrados a manejar y utilizar el aparato conceptual del pensamiento racionalista de tipo cartesiano que se nos hace difícil entender el contenido conceptual e intuitivo de las ideas del Oriente. En este contexto, hay que poner como ejemplo el rico contenido intelectual, científico e histórico de la Vedanta.


En efecto, el pensamiento de la Vedanta hace relación directa con las doctrinas e ideas elaboradas en la India antigua por una serie de hombres entregados a la reflexión en torno al mundo y al alma. En este sentido se llegaron a interesar, por ejemplo, por el alma del mundo, el principio metafísico del Yo y de la existencia individual. Se trata de un conjunto de doctrinas que se basaban en las verdades de los Upanishads, libros que tratan sobre temas ontológicos, metafísicos, cosmológicos e incluso éticos. Datan estos escritos de varias centurias antes de la formación o génesis de la filosofía griega.

Lo que por lo pronto nos interesa precisar es el decidido afán de los autores de los Upanishads, es su empeño en poner de manifiesto, en un lenguaje un tanto críptico y metafórico, lo que ellos entendieron como verdades eternas y absolutas, verdades no accesibles a la gente de baja racionalidad e incapaz de intuir las premisas fundamentales que estaban reservadas a unos cuantos, esto es, a los brahmanes, es decir, a esa élite de sabios y sacerdotes dotados de una inteligencia superior. En este sentido, se anticipa esta actitud elitista a la Escuela de Platón y quien llegó a decir siglos después que la filosofía estaba reservada a los pocos.

De todas maneras, el pensamiento de la Vedanta hace suyo todo un conjunto de teorías, creencias, actitudes, formas de pensar y hasta de conducirse, en donde la vida de los seres humanos está regida por un Principio absoluto, eterno e imperecedero y cuya esencia e investigación escapan a las capacidades racionales e intuitivas del hombre.

De tal forma que la Vedanta en la antigua India se presentaba como una doctrina que trataba de exponer, explicar e interpretar, no el principio de una supuesta Creación como ocurre en la tradición judeocristiana, sino de una emanación a la manera de una foco de luz que se expande, sin perder su fuerza original, para darle existencia a todo el heterogéneo conjunto de las cosas, las ideas, los hombres, las instituciones, el pensamiento en todas sus formas.

Pero se podrá notar que esta creencia en el principio de la emanación habría de aparecer varios siglos después en la filosofía mística de los neoplatónicos, tales como Plotino y para quien la existencia del mundo es algo así como una eterna deriva cósmica a partir de lo Uno.

Hemos investigado que la Vedanta es uno de los seis grandes sistemas ortodoxos que tuvieron en la India una influencia y una presencia decisiva, mucho más grande y más aceptable que el Budismo, no obstante haber sido esa región del Oriente la cuna de esta última doctrina moral. Se hace notorio en la Vedanta la absoluta negación de toda forma de dualismo, de toda separación entre el cuerpo y el alma, de todo antagonismo entre lo positivo y lo negativo, de toda dicotomía entre lo masculino y lo femenino, ya que lo que impera, lo que domina la vida del universo, es la unidad de los contrarios, la anulación entre una materia tempo-espacial y un espíritu no sujeto a ninguna clase de cambios ni de contingencia.

Hemos aquí de recordar que muchos siglos más tarde -siglo VI antes de nuestra Era- el filósofo Parménides de Elea proclamaba la idea cardinal de la existencia necesaria de un solo y único Ser. Y, en todo caso, la Vedanta no solamente se entrega a especulaciones filosóficas sino que también insiste en la práctica de ritos y ceremonias como una obsecuencia a la dignidad del Ser único y verdadero. Este Ser es, así, la génesis y el origen de todo lo que fenoménicamente existe en el Universo.

Se advierte también en la Vedanta la convicción de que las cosas que existen en la realidad objetiva, por ejemplo, los astros, los árboles, los números, los animales y las plantas, amén de los metales, son realidades extraídas, derivadas, como sacadas del Alma, principio absoluto, innominado, inaccesible al intelecto y a la racionalidad del hombre. Sólo es posible tener, si se quiere, una idea un tanto vaga y difusa de ese Principio, lo que denota, en el lenguaje filosófico de Herbert Spencer, al más patente Agnosticismo o doctrina de lo Incognoscible.

Todo esto plantea dentro de este sistema cosas como el destino del hombre, su vinculación con el alma individual, las ataduras que uncen a la humanidad con el inexorable Karma, la preocupación por la manera de encontrar en medio de tantas tribulaciones la felicidad, la vida equilibrada, la paz interna, la ausencia de sufrimiento, el fin de todo pensamiento impuro.

Pero en el largo proceso de esta doctrina de la Vedanta, se impusieron, de manera autoritaria, las rígidas reglamentaciones dogmáticas que tendrían que chocar, claro está, con las prácticas más flexibles del Budismo original, con la voluntad de deshacerse de todas las aspiraciones ilegítimas que convierten al ser humano en un instrumento de Maya, esto es, de la gran ilusión. En tal orden de ideas, la Vedanta ha llegado hasta nuestros días con una nueva manera de explicar el contenido de su pensamiento y ha demostrado que, a través de muchos avatares y de mucho correr el tiempo, su influencia abarca por lo menos un pequeño sector de la humanidad del Occidente.

En fin, el pensamiento de la Vedanta nos retrotrae a una época en la cual una parte de la humanidad llegó a tener la oportunidad de acercarse a un conjunto de ideas que marcaron pautas de comportamiento moral, social, religioso y político, y en donde la gente de entonces se organizaba siguiendo un conjunto de preceptos que se decían emanados de un Principio, Brahma, ser eterno, ser por excelencia, y del cual nacen, emanan y surgen todas las cosas que uno detecta sensiblemente o que piensa y razona con el poder del intelecto.

Aquí la liberación espiritual del hombre está en función de la extinción del karma. Y como ya se sabe, el término "karma" significa, en el lenguaje sánscrito, "acción", esto es, doctrina de la causa y del efecto. Nadie puede escapar a esta Ley, nadie se puede sustraer a ella. La vida feliz se logrará sólo cuando el hombre haya aprendido la doctrina del karma y cuando también se dé cuenta de que las acciones buenas o malas del presente son semillas que darán sus frutos en la vida del futuro. @






 

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