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   Edición 75 / Octubre del 2000

Columnistas



Narcóticos Anónimos:
Una Esperanza


Por Juan Javier Álvarez
info@ambiente-ecologico.com

Argentina


Entró a la sala con miedo, mirando nerviosamente a las personas que ya iban tomando asiento. Algunas hablaban entre sí con total cordialidad, y eso relajó un poco sus nervios. Alguien puso la mano en su hombro, y con una sonrisa, le invitó a sentarse. -"No estoy seguro, mejor me voy..." respondió el joven, mirando hacía la puerta. -"No te asustes, eso nos pasó a todos la primera vez. Siéntate, por favor. Si no quieres, no hables; escucha. Escucha con la mejor disposición de ánimo, porque estamos para ayudarte. Todos somos drogadictos, enfermos de ese mal terrible que nos llevó tan bajo. Cálmate. Siéntate conmigo. Ya vamos a empezar"-

Raúl, el joven, se sentó. Y poco a poco, durante toda la reunión, comprendió que su caso no era único. Que con ciertas variaciones se repetía en esas personas. Escuchó sobre los Doce Pasos, que hablaban de confiar en un poder superior como cada cual lo concibiera; realizar un inventario detallado de uno mismo, y pedir a Dios la fuerza y la ayuda necesaria para erradicar todos los defectos posibles; comprender que habían perjudicado a muchas personas, (familiares, amigos, allegados) y que debían reparar el mal causado; admitir prontamente las equivocaciones que se cometan, y orar en busca de la fortaleza necesaria para estar, cada día, sin el consumo de la droga.

Se dio cuenta que, por sí solo, el no podía manejar el problema. Que su enfermedad, pues de eso se trataba, debía canalizarse a través de estos grupos de ayuda. Además, médicos y psicólogos le ayudarían a tratar su mal en forma más completa. Pero el grupo en que estaba, como tantos otros distribuidos en muchos lugares, le acompañaría siempre. Raúl ya no se sentía solo; tenía con quien tratar sus cosas sin recibir la crítica, el desprecio o la más feroz incomprensión.

Atrás quedaron los momentos de extremo dolor, de autodestrucción irrefrenable en que estaba inmerso. Y esa tarde miró al cielo, y suplicó por una esperanza, porque ya no daba más. Los infinitos abismos en que había caído, habían desgarrado su carne y su alma hasta convertirlos en harapos insensibles.

-"Por favor, ayúdenme"- alcanzó a decir. Y lloró. Lloró desconsoladamente, como nunca antes se animara a hacerlo. Le abrazaron, y por vez primera se sintió protegido. Descargó afuera todo cuanto pudo, y a cada palabra que pronunciaba, recibía la fuerza intangible de esas personas, hombres y mujeres, que le animaban a seguir, a subir por fin, de a veinticuatro horas por vez. Esta noche, mañana, la próxima noche, otro día, y otro...

Tuvo nuevos amigos, y lentamente sus relaciones familiares y sociales se reconstruyeron. Un día por vez. Luego otro, y otro.

Aprendió a compartir con el grupo, con SU grupo, cada día que transcurría, fuera bueno o malo. Se agradeció a sí mismo por no haberse dejado morir de a poco, como le estaba sucediendo. Por buscar a tiempo esa ayuda salvadora que le mantenía cada día en pié, con voluntad de vivir y mejorar. Sin drogas de por medio.

Agradeció cada jornada a los miembros de su grupo y familia, a sus amigos, y a Dios, según le concebía.

Aprendió mucho, y a medida que pasaba el tiempo la confianza y autoestima mejoraban. Conoció su enfermedad, y la forma de controlarla. Supo trascenderla, llenando sus horas con una nueva persona. Más limpia. Más sana. Mucho más equilibrada, tanto física como espiritualmente.

Y un día estuvo listo para ayudar a otros. A quienes todavía sufrían. Esas personas destruidas en cuerpo y alma que llegaban temerosas, como él, a su primer reunión. Ahora, la mano de Raúl se tendía firme y confiada. Hacia ellos. Y con mucho amor...

Comprendió que ayudando, también se ayudaba a sí mismo. Que entregando también recibía, y mucho. Hoy Raúl está en un grupo cualquiera. Esperando. A todo aquel que desea subir hacia la luz, pues ya no puede bajar más; a todos los que, con miedo y casi sin esperanzas, piensen que bien vale la pena canjear la muerte o la locura por la vida plena. Por aquella que un día tuvieron, y a la que pueden recuperar de a poco.

Raúl está allí, en cada reunión dispuesto a estrecharles entre sus brazos ni bien crucen el portal. Sólo resta eso: decidirse a cruzar el portal de Narcóticos Anónimos.@






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