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Es el primer día de Agosto de 2000, acabamos de dejar la Ruta 14 con un contingente de 40 alumnos de 5º año de San Fernando, Provincia de Buenos Aires, en dirección a una reserva Guaraní en el Departamento San Pedro, Misiones.
Entramos en un camino abierto en la selva solo apto para ser transitado por carreta con bueyes o con vehículos especiales como los dos Unimog que nos transportaban, uno de Gendarmería Nacional y el otro de la Reserva Yaguaroundí (colaboradores del proyecto).
El paisaje es excepcional, a pesar de que la enorme masa selvática está manchada por la presencia de colonos que arrasan sus hectáreas para luego cultivar. Después de recorrer 6 ondulantes kilómetros se termina el camino, descendemos y cargados con harina, arroz, grasa, porotos negros, golosinas, juguetes, ropa, etc. emprendemos el penoso ascenso hacia el poblado Guaraní, cruzando arroyos, subiendo cerros, tropezando con las piedras y patinando en el barro ya divisamos el caserío con techo de Tacuaras y paredes de corteza de Pindó, se acercan a recibirnos varios hombres mientras las mujeres cubiertas de hijos, se mantenían a prudente distancia, saludamos, nos damos a conocer y Cornelio Martínez, cacique del grupo nos impacta haciéndonos saber que nos esperaban, puesto que el Paí (hombre con poderes) había invocado a los dioses quienes le comunicaron que recibirían una visita con ayuda.-
Esta gente, vestida con ropas rotas y mimetizadas con el rojizo tono de la tierra misionera, nos miraban con tanta curiosidad como nosotros a ellos, su lengua es Tupí-Guaraní pero su poder de adaptación los llevó a manejar rudimentariamente la lengua castellana y de esa manera nos fuimos enterando de distintos aspectos de su situación, como la ausencia total de alimentos y abrigos, por lo tanto nuestra visita fue más que oportuna, y generó una recepción que es poco común hacia el hombre blanco. Fuimos homenajeados con una ceremonia religiosa dentro del edificio destinado a tal fin (construido en el centro del poblado, con adobe y cañas, mucho más grande y confortable que las demás chozas).
Fue llamativo el silencio que se produjo entre los inquietos jóvenes visitantes al observar las invocaciones y la música que surgía de una guitarra y un rústico violín, acompañado de voces guturales emitidas por dos mujeres, de las cuales la mayor marcaba el ritmo golpeando el piso de tierra con una caña gruesa, que vibraba bajo nuestros pies. Los rezos tenían por objeto protegernos de todo mal y que los dioses nos cuidaran en el viaje de regreso. Fue muy emotivo, agradecimos ese regalo, valorizándolo, luego fue la despedida con una gran reunión de la tribu y un discurso en Guaraní expresando el deseo de que se estableciera un lazo futuro entre los dos grupos.
Collares de semillas de la selva y tallas de animales en "Fumo Bravo", (madera blanda teñida) llenaron nuestras mochilas compensando la tristeza de la vuelta. Retomando el sendero, desde sus partes más altas, se podía observar la Reserva Yaguaroundí, no muy alejada de la reserva aborigen donde nos hallábamos.
Llegamos a los dos Unimog y sufriendo los embates del camino en media hora arribamos a Yaguaroundí, nos recibieron 5 coatíes que cruzaban el sendero vecinal, huyendo de una chacra, donde almorzaron en un maizal.
Disfrutamos de un asado, escuchando el agradable rumor del Salto de las Hadas, muy próximo a las cabañas y volvimos a San Pedro a hospedarnos en la Escuela María Ana Mogas que nos fuera ofrecida gentilmente por su directora, la señora Gladis Kuzuk, para que nos sirviera de base para las distintas actividades solidarias que se realizarían. @
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