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   Edición 74 / Septiembre del 2000

Opinión




La Naturaleza del Hombre





Por Alejandro Benavídez
Navegante_Sol@yahoo.com

Argentina


"Lo que ha de suceder, sucederá"



Unos mansos corderos pastaban en el verde prado de las cercanías del árbol en donde se encontraba descansando El Hombre. Eran tres pequeños y voraces. Uno de ellos se aburría de comer e iba a molestar a sus hermanos. Corría alrededor de ellos y los topaba con sus cuernos invisibles. Pero sus hermanos estaban hambrientos y no querían jugar. Los blancos corderitos lo ignoraban y continuaban con el hocico asido a la hierva.

El Hombre observaba la escena regocijado. Esos corderos eran de él, así como todo lo que se encontraba alrededor. De él y de su Señor. Porque lo que a él pertenecía, pertenecía también a su Padre. Esos corderos estaban allí para regocijarlo; para servirlo; para saciar el hambre cuando lo tuviere. Al igual servicio estaban los árboles vecinos. Sus frutos le servían de alimento; sus ramas de refugio ante el sol del mediodía; sus troncos de descanso. Todos. Todos menos uno. Uno del que estaba prohibido comer; refugiarse o descansar en él no era posible. Un árbol entre todos los árboles; una cosa entre todas las cosas del paraíso, que sólo le pertenecía a su Padre.

Una pequeña brisa llevó un olor extraño a su encuentro. Era fuerte y rancio. Alzó la vista entre el pastizal y detectó un leve movimiento. Algo se arrastraba oculto por las matas y se dirigía hacia los corderos que pastaban. Poco a poco, se notaba el cambio de color en el verde de la pastura, intercalándose con un anaranjado opaco; y un hueco oscuro en la superficie verde, que avanzaba de continuo.

Los corderos no se percataron de este movimiento. Dos de ellos continuaban pastando con inocencia, mientras el más inquieto corría entre sus hermanos, brincando y balando. El cazador, un felino de gran tamaño y potentes garras, salió de su escondite y de un salto se abalanzó sobre los indefensos animalitos. Los dos que pastaban corrieron asustados, escapando de la feroz hambruna de la bestia. Pero aquel más inquieto, a quien el cazador había señalado como víctima, no tuvo esa suerte, y quedó aplastado bajo el peso de su atacante, quien mordiéndole el cuello, le quitó la vida.

El Hombre vio la escena con espanto; tal como la había visto tantas otras veces, y como sabía que la volvería a ver. Si su Señor lo permitía, era porque debía ser así. Todo aquello que pasaba en el paraíso, su Señor lo sabía; y si pasaba, era con Su permiso; por lo que estaba bien.

Se incorporó El Hombre y caminó entre las matas. Los pequeños corderos se habían perdido de su vista, y allí estaba la feroz bestia despedazando su presa. Se acercó a su lado y el animal le dirigió una mirada indiferente. Se arrodilló ante éste y estiró la mano. El animal separó su hocico bañado en sangre y olfateó la mano que le ofrecían. Luego ofreció su cabeza para recibir las caricias de su amo, a las que estaba acostumbrado. El Hombre pensó que ese feroz animal también le pertenecía y estaba allí para servirlo.

Cuando veía sucumbir a los tan pequeños e inocentes bajo la ferocidad de las bestias, algo en su corazón se modificaba. No comprendía ese sentimiento, ni sabía que de sentimientos se trataba, pues no había sido enseñado. Pero sí era capaz de diferenciar aquello que le era grato, como el juego de los corderos, y lo que no le era, como aquello que acababa de presenciar. Aún así no podía evitar que cazaran para sobrevivir, pues todos ellos eran animales inferiores y se valían de su fuerza para no sucumbir, regidos por planes trazados en la mente de su Señor, y que sólo Aquel conocía.

Entonces, esta vez, la brisa le trajo un sonido suave y armónico. Agudizó el oído y percibió mejor la procedencia. Su compañera estaba buscándolo. Respondió al llamado y se alejó del animal. Sentía en el pecho una extraña sensación que lo atosigaba desde hacía tiempo. Era algo parecido al hambre, pero que se calmaba cuando se hallaba junto a su compañera. Mas no podía decir que era una calma absoluta, sino un mero cambio de esa opresión; un sosiego.

Se introdujo en un bosque de altos y finos árboles. La sombra lo cubrió y sintió el alivio de su frescura. El sol le quemaba el cuerpo y lo agotaba.

De atrás de un tronco salió al encuentro del caminante La Mujer. Al Hombre se le oprimió el corazón y dibujó una sonrisa en su rostro. Ella también sonrió y se quedaron mirando el uno al otro por largo tiempo. Sentía él que disfrutaba más de esa mirada, que de la presencia de otros animales, del juego de los felices corderos o de la sombra de los árboles. No sabía por qué, pero su compañera lo consolaba de penas que no era consciente de que sufría. Le había puesto nombre a todo; pero esos sentimientos le eran aún desconocidos.

Se tomaron de la mano, y en silencio, caminaron por debajo de los árboles del bosque. Salieron así a la luz del sol, y su resplandor reflejado en el prado les hirió los ojos, hasta que volvieron a acostumbrarse a él. Corrieron entonces sobre la hierva, riendo y saltando con alegría, siempre tomados de la mano, juntos el uno al otro. Y pasaron por campos de colores, donde las flores eternas matizaban el horizonte. Pisaban sobre ellas sin dañarlas, acariciando la planta de sus pies desnudos. Y cruzaron vastas tierras floridas, como también campos donde la salvaje hierva crecía por encima de su altura y los cubría.

Llegaron así a la cima de una colina y se detuvieron. Bajo su base, un lago reflejaba el celeste del cielo y el amarillo del Sol. Agitados se miraron nuevamente, dejándose sentir el uno al otro; y tras el palpitar incesante de sus corazones al unísono, volvieron a sonreír y disfrutarse. Atrapados por el extraño sentimiento que los albergaba, bajaron corriendo la colina, seguidos de una bandada de pájaros cantores que levantaban vuelo a su paso, y se arrojaron al agua sin desasirse. Y así nadaron, siempre enlazados; y bajo la superficie de la laguna de agua transparente continuaban riendo y mirándose.

Hasta que una voz sonó en el cielo, como un trueno de tormentas que no existían, y todo se estremeció alrededor. Las aves levantaron vuelo y se alejaron del lugar, mientras que numerosos roedores que vivían en las costas de la laguna se ocultaron en sus cuevas; todo, antes de que la voz volviese a retumbar, sobre y bajo la superficie del gran lago.

El Hombre y La Mujer soltaron sus manos de inmediato al escuchar la voz del Padre que los llamaba, y subieron nadando aprisa hasta salir del agua. Se postraron entonces de rodillas en la costa del lago y fue él quien habló: - Dime, Padre: ¿qué deseáis?

La voz preguntó:

- ¿Qué hacíais?
- Nadábamos en el lago, Padre.
- ¿Y por qué nadabais en el lago? ¿Os cubríais del Sol?
- No, Padre. Si bien el Sol arde cada vez más, no era esa la razón de que lo hiciésemos.
- Entonces ¿cuál era la razón?

El Hombre reflexionó, pues quería contestar la verdad, que era la única forma que conocía de hablar.

- Tal vez, Padre nuestro, queríamos divertirnos.
- ¿Es que no tenéis suficiente diversión fuera del agua?
- No es eso, Padre. Cada una de todas las maravillas que habéis puesto en esta tierra para nosotros, no pueden ser mejores y más perfectas, como que vienen de vos, Padre. Y si te ofendemos al nadar en el lago, no volveremos a hacerlo ya jamás.

Mientras esperaban de rodillas la respuesta de su Señor, un silencio profundo se percibía en todo el paraíso.

- Haced lo que os plazca. Nada en el paraíso les está prohibido, salvo que comáis del fruto del árbol de La Ciencia del Bien y del Mal. Sois libres y obedientes a vuestro Padre. Levantaos y continuad.

Y tal como había llegado, la voz de trueno se marchó, dejando estremecido el corazón del Hombre y de La Mujer.

Ambos se incorporaron al mismo tiempo. Pero ya ese día no volvieron a nadar; ni a correr; ni a tomarse de la mano; ni a sonreír. Aquello que los impulsara a hacerlo había desaparecido de sus corazones. A cambio, en ellos se gestaba otra sensación que El Hombre percibía y sólo podía comparar con lo que oprimía su corazón cuando estaba lejos de su compañera, o veía a una bestia atacar un animal indefenso. Desconocido sentimiento, lo turbaba y afligía, confundiéndolo, pues se oponía éste al incondicional Amor y Respeto que le profería a su Padre.

Se sentía un manso cordero en un valle de abundante pastura, acechado por las bestias ocultas.

En el paraíso los días sucedían sin noches, sin oscuridad. Apenas el Sol mermaba su calor y su luz, para que los habitantes pudiesen descansar. El Hombre entonces se recostaba bajo cualquier árbol y cerraba sus ojos, sumergiéndose en una paz absoluta, llena de hermosas imágenes de bellísimos y altivos ángeles, quienes tocaban para él fantásticas melodías que lo regocijaban. La Mujer hacía lo mismo, y también a ella la regocijaban los sueños que tenía.

Una vez sucedió que El Hombre, siguiendo a un siervo en su carrera, se condujo a un paraje lejano, en medio de una vasta llanura que no recordaba ver con frecuencia. Emprendió entonces el regreso, pero sintiéndose cansado, decidió buscar un árbol y recostarse en él hasta reponer fuerzas. Esa vasta planicie carecía de belleza. La hierva era amarillenta y débil, y cubría apenas al suelo árido. No había flores, ni colores hermosos como en otras que conocía, y sólo un árbol en su centro crecía aislado y sombrío. Hacia allí se dirigió, pues su sombra protectora le era valiosa. Y rendido a su agotamiento, bajo él se quedó dormido.

Al despertar se sintió extraño en ese lugar. Se incorporó y notó la vasta sombra que lo cubría. Miró el árbol: un grueso tronco con enormes raíces que lo sostenían firme al suelo, y amplias ramas de gran peso que salían a los lados, como estirándose para alcanzar el lejano horizonte. También hacia arriba continuaba el ramaje, alcanzando una altura prodigiosa, que hizo pensar al Hombre en que ese era el árbol más altivo de todo el paraíso. Sus hojas, del tamaño de un cordero recién nacido, cubrían las ramas con tal supremacía, que impedían por completo el paso de la luz solar. Y observando esto maravillado, descubrió entre ellas esferas oscuras, de menor tamaño que el más pequeño de sus dedos, levemente perceptibles desde donde se encontraba. Entre una y otra había tal separación, que una rama apenas tenía una o dos de estas esferas.

Reconoció entonces, como si de una revelación se tratara, los frutos del árbol prohibido. Y supo así el por qué de su aislamiento y de la sombría zona en donde se encontraba; pero lo confundía su grandeza, la soberbia con la que se impelía hacia el cielo.

El corazón le latía con fuerza; casi la misma fuerza con que latía cuando miraba a los ojos a su compañera. Una sensación extraña lo invadió y un pensamiento desordenado lo llenó. La sensación era como el hambre, pero sabía que sólo se saciaría con esos frutos que se hallaban sobre el árbol del que no le estaba permitido comer.

Entonces una voz a su espalda se escuchó:

- No lo hagas.
Volteó para ver la silueta de su compañera; el rostro afligido que llevaba y la gran preocupación de sus ojos.
- ¿Por qué no?
- Porque desatarías la furia de nuestro Padre.
El Hombre volvió la vista hacia los frutos del árbol prohibido, y como si les hablara a ellos, dijo:
- ¿Qué tenéis en vuestro zumo que es tan valioso a mi Señor? ¿Qué ocultáis bajo la protección del Creador?

El Hombre sintió la mano de La Mujer apoyada en su hombro. Era la primera vez que un roce entre ellos no era ocasional, salvo cuando se tomaban de la mano. Se puso de frente a ella de repente, como quien es sorprendido por un enemigo al ataque, y su compañera retiró la mano. Se miraron sin sonreír, el uno al otro, extrañados de lo que sucedía. Estiró entonces él el brazo y apoyó la mano en el hombro de ella. La sensación le resultaba agradable. Sonrió, algo perturbado. Luego posó la otra mano en el otro hombro, y volvió a sonreír. Ella lo imitó, quedando ambos enlazados por sus brazos. Por primera vez sentía uno la piel del otro en la suya propia. Una sensación nueva, un nuevo juego que nunca habían experimentado.

Intentaron entonces caminar así, como cuando se tomaban de la mano, pero lo encontraron incómodo. Se tropezaban y reían. Entonces El Hombre giró alrededor de La Mujer, arrastrándola consigo en este juego, y así bailaron y rieron el resto de la jornada, alejándose inconscientemente del árbol que les estaba vedado.

Luego pasaron las horas de reposo, bajo la sombra de cualquier árbol, más cerca el uno del otro. Y hermosas imágenes invadían sus sueños, sumergiéndolos en la paz que necesitaban para el descanso perfecto. Bellas melodías les tocaban diestros ángeles para halagarlos en los sueños.

Bajo la sombra de los árboles ellos contemplaban sus rostros gozosos. Y El Hombre subió su mano a través del cuello de La Mujer, y llegó, ya no sólo con la mirada, sino con su propia piel, a sentir la suavidad de su belleza. Y sintió que algo extraño le pasaba a su cuerpo, pues su corazón palpitaba más de prisa que nunca, aún que cuando viera al árbol prohibido. Entonces ella lo imitó, y ambos reconocieron sus rostros con el tacto de sus dedos.

Este juego les agradó tanto, que pasaban el tiempo en él, rozando con su piel, la piel del otro; sintiendo bajo su cuerpo, la tibieza del cuerpo del compañero. Olvidaron así comer, beber, y regocijarse con los juegos de los animales; y abandonaron poco a poco sus costumbres diarias y a todo ser que viviera en el paraíso.

Hasta que una vez la voz de trueno los sorprendiera:

- ¿Dónde estáis?

Ambos se separaron y se postraron de inmediato.

- Aquí estamos, Padre nuestro. ¿Qué deseáis?, -contestó El Hombre.
- ¿Qué estabais haciendo?, -inquirió la voz.
- Jugando, Padre, -respondió El Hombre con inocencia.
- ¿Y con qué jugabais esta vez?
- Con nuestros cuerpos, Padre.

Un silencio espectral envolvió todo.

- ¿Jugabais con vuestros cuerpos? ¿Qué significa eso?
- Padre: sentíamos la tibieza de nuestra piel y las formas de nuestras partes con la yema de los dedos y la palma de nuestras manos, así como sentimos siempre la suavidad de la hierva bajo nuestros pies o la aspereza de la corteza de los árboles cuando en ellos nos apoyamos, o la frescura del agua o el ardiente calor del sol.

El silencio siguió a la respuesta del Hombre, antes de que la voz volviera a sonar, inquisidora:

- ¿Habéis comido del fruto prohibido?
- ¡No, Padre! ¿Cómo pensáis que íbamos a desobedecerte a ti, a quien le debemos todo?, -contestó El Hombre sorprendido.
- Dejaréis de jugar con vuestros cuerpos, y continuaréis haciéndolo con los animales, que son vuestros y están para serviros.

El corazón del hombre se agitó, sensación que nunca había experimentado ante su Señor. Un impulso le creció desde dentro y no se pudo contener.

- ¿Por qué nos castigáis privándonos de nuestra libertad, siendo que hemos sido buenos hijos y obedientes?

Un espantoso temblor sacudió el suelo, y un estrépito lo acompañó hiriendo los tímpanos.

- ¿Dudáis de la Bondad, de la Sabiduría y de la Justicia de vuestro Padre?

Y El Hombre, que estaba impedido de mentir, contestó:

- Sí.
- Entonces seréis desterrados del paraíso, y viviréis solos, sin protección alguna, bajo las inclemencias de una vida mortal, para que podáis comprobar cuál desagradecidos habéis sido ante vuestro Padre que os ama. Sufriréis al igual que los animales inferiores, y pasaréis martirio como ellos. Deberéis procuraros vuestro propio alimento para no desfallecer; deberéis protegeros del clima, tanto del frío como del calor; deberéis defenderos de la voracidad de las fieras; deberéis descansar al finalizar la jornada, pues la noche lo invadirá todo entorpeciéndoles el trabajo con sus misterios llenos de peligros.
- Y esto sucederá así hasta que recibáis el perdón de vuestro Padre y Creador.

Y de esta manera, Adán y Eva, los primeros moradores de la Tierra, fueron despojados de los favores del Creador, y desterrados del paraíso, quedando expuestos a la vida, a la enfermedad y a la muerte. Nunca más descansaron bajo la sombra de los árboles, arrullados por hermosas melodías angelicales, ni complacidos con bellas imágenes de ángeles altivos que les alababan. No, pues a los días le sucedieron oscuras noches a partir de entonces.

Y comenzaron a aprender... @


Cuentos sin Pena ni Gloria
Navegante_Sol@yahoo.com






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