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Ella lo esperaba, como todas las tardes. En sus ojitos color ternura, de mirada en blanco y negro, el brillo delataba su ansiedad.
Ansiedad por estar cerca de él, jugar a su alrededor, correteando y saltando alto, hasta casi su cara, con la fuerza renovada de cada día. Porque él, más allá de ser su amo, era su mejor compañía; para ella era símbolo de autoridad, confianza y cariño juntos.
Corría ansiosa el trayecto de la cucha hasta la puerta del jardín varias veces, sentándose al llegar para escuchar, orejas en punta a ver si ya llegaba.
Y cuando él cerró tras de sí la puerta de calle, escucho como cada día, el gemido de felicidad y desesperación de su pequeña compañera. Rápidamente desempaquetó la carne que le había comprado, y caricias de por medio, él y su perrita de pelaje blanco y negro cenaron aquella noche. Él la vio comer con apetito; y ella, luego, se acostó cerca suyo mientras cenaba.
Amaba ese animal, para él, tan inteligente e intuitivo, y le cuidaba con dedicación. Ella, en mil piruetas y miradas, le devolvía todo con creces. Cuando ella murió, ya viejita, dejó un gran vacío en él, y todavía, anciano, se le llenaban de lágrimas los ojos al recordar a su amiga.
Hoy él se ha ido, y se que en una estrella lejana, joven él, briosa ella, todavía juegan juntos, al amparo del viento suave...
Tan hermoso sería que esta historia simbolizara la entrega y dedicación de todos los hombres para con sus animales domésticos, pero no es así. Vagando hambrientos y enfermos, miles de perros y gatos, abandonados por sus dueños, no encuentran consuelo a su miserable soledad. Por excusas inmorales, son dejados a su suerte, desentendiéndose de seres que sólo entregan cariño y fidelidad.
Al olvido van los gratos momentos, cuando se les trataba como "mascotas". Y es que nunca nos detuvimos a pensar que ellos, los animales domésticos, grandes o pequeños, son algo especial. Cada uno es único, pues sólo pasa una vez por este mundo.
Él, como nosotros, tiene derechos y necesidades. Derecho a vivir dignamente; a no sufrir maltratos o actos crueles (físicos y psicológicos); a poseer su entorno propio; a buena alimentación y a cuidados en la enfermedad; a obtener respeto y consideración, entre otros. Necesidad de cariño y ternura; de juegos, caricias y tiempo... Nunca, de recibir abandono y malos tratos.
Que su alimentación sea la correcta, y no sobras míseras de nuestra comida. Porque ellos, como nosotros, tienen sus requerimientos de minerales, vitaminas, proteínas...
No viven de restos de alimentos o sustancias que vayan en contra de su dieta natural. Tampoco deben ser sacrificados, sea por pedido de sus dueños, o aconsejados por el veterinario, ¿o acaso, cuando tenemos un familiar enfermo, en vez de luchar por su mejoría, ansiamos o pedimos su muerte?
Con los animales sucede esto; a veces por ser la solución más fácil: una inyección y se mata el problema en vez de resolverlo.
Solicitemos al veterinario la esterilización de las hembras, para impedir embarazos que luego terminen en la matanza de las crías, o en su abandono posterior.
A esto, sumemos el sentido común y la consideración, cambiando criterios, ideas y conductas. Ellos... se lo merecen. @
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