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   Edición 73 / Agosto del 2000

Opinión




La Joya Perdida...

Anécdota de mis Viajes
Por Jean Pierre Valec
info@ambiente-ecologico.com

Francia




Estaba destinado por la Legión Extranjera en una fortificación en el medio del desierto del Sahara. Ya hacía tres años que en ese lugar compartía con una veintena de compañeros temperaturas tan extremas que nunca podíamos acostumbrarnos o ellas.

Un día, me tocó salir a patrullar la zona cercana al oasis junto con tres subalternos. Cuando salimos de la ciudadela, el sol, apenas emergía del horizonte, pero ya se hacia sentir.

Éramos cuatro puntos que se desplazaban en esa Inmensidad de arena, calor y muerte. Nuestros camellos estaban frescos y eran, de todos, los más adiestrados que disponía la compañía.

A las dos horas de marcha, desde el horizonte, vimos el avance de una gran nube negra. Venía en nuestra dirección. Sin duda, era una de las tan temidas "tormentas del desierto' que con su furia arrasan todo a su paso. En pocos minutos llegó con tanta fuerza que fueron en vano nuestros esfuerzos por protegernos.

Fueron no más de dos horas, pero para mí, me parecieron una eternidad. Cuando el viento dejó de soplar, comencé a Incorporarme lentamente. Busqué a mis compañeros sin poder verlos a primera vista. El paisaje había sido cambiado casi en su totalidad. Los busqué por horas sin poder hallarlos. Mi instinto de supervivencia me indicaba no perder la calma y buscar agua inmediatamente, pues, la que llevaba, se había perdido.

Recordé el oasis del Peregrino. Apunté mi brújula, y tomando el rumbo indicado me dirigí hasta allí. No estaba a más de cuatro kilómetros de donde me encontraba. Tenía La esperanza de encontrar allí a mis compañeros sanos y salvos. No estaban. Me arrojé al agua calmando mi sed hasta el hartazgo.

Cuando elevé mi vista pude ver a un árabe debajo de una palmera. Él no me había visto. Saqué mi pistola reglamentaria; sigilosamente y sin dejar de apuntarle con ella caminé hasta él. No reaccionó hasta que estuve frente a frente. Le grité que levantara los manos y no hiciese ningún movimiento brusco sino le disparaba. El árabe se encontraba llorando y lamentando tremendamente.

Por sus ropas me di cuenta que no se trataba de un guerrero Tuangs, más bien eran la de un mercader. Así fue, era un mercader que se había perdido por culpa de la tormenta de arena. No le importó que siguiera apuntándole con mi arma, seguía y seguía lamentándose. Me acerqué a él, lo vi tan indefenso que enfundé mi pistola. Le pregunto qué le pasa, y responde: ¡Soy un desafortunado. Alá me ha castigado por algo que hice mal. No paraba de lamentarse.

Entre lamentos y sollozos me comenta: He perdido una valiosa joya que jamás recuperaré. Le pregunto cómo era esa valiosa joya que había perdido, pues estaba dispuesto ayudarlo en su búsqueda.

Siempre entre lamentos me la describe: Es uno joya de platino de forma circular como una corona. Tiene 24 diamantes grandes distribuidos equitativamente a su alrededor. Cada uno de esos esplendorosos diamantes está rodeado de 60 rubíes perfectos. En cada uno de esos rubíes están engarzados a sus alrededor 60 zafiros bellísimos.

Cuando terminó de describirme esa fabulosa joya, le pregunté si tenía algún nombre esa maravilla. Sí, me respondió todavía entre sollozos, se llama "Día". He perdido un día por culpa de la tormenta y no podré recuperarlo jamás.

En ese momento reaccioné. Vi a un ser abatido. Vi a un ser lamentándose por la pérdida de una joya, por la pérdida de un día de su vida que no recuperaría jamás. Seguía quejándose sin parar.

Con mi reacción, lancé un fuerte grito; era la única forma de hacerlo callar y que me escuchara. Le tuve que gritar que, lo que él había perdido no lo recuperaría jamás. Que dejara de lamentarse porque mientras lo hacía, estaba perdiendo para siempre otra joya, otro día.

Desde aquel momento, mi vida, también cambió. Comencé a valorizar cada instante de mi existencia, Comencé a vivirla y recordando a cada instante: esa joya que, es... "un día". @









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