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   Edición 72 / Julio del 2000

Flora




La Acacia ...
Conocimiento Místico

Por Miguel Herrero Uceda
Corresponsal en España del MAE
hu@nexo.es

España


Las acacias forman un género muy numeroso, con más de 500 especies. Proceden de todas las partes del mundo, excepto de Europa. No obstante, existen acacias aclimatadas en este último continente desde 1611, fecha en la que se introdujo el Aromo (Acacia farnesiana). La fragancia de las flores amarillas del Aromo justifica la denominación de este árbol pionero. Las flores, aún secas, se utilizan para aromatizar armarios.

Por extensión, se aplica el nombre de Acacia a otros árboles de aspecto similar, pero pertenecientes a familias distintas, como la Acacia Tres Espinas (Gleditschia triacantos), la sófora (Sophora japonica) o la Robinia pseudoacacia. Estas especies son conocidas en jardinería con el nombre genérico de Falsas Acacias.

Como árbol ornamental, una de las acacias más cultivadas en jardinería es la Mimosa (Acacia dealbata). El nombre proviene de Mimo, aludiendo a la sensibilidad y capacidad de modificar su aspecto mediante movimientos fototácticos y sismonásticos de aproximación de los foliolos opuestos de las hojas. Es una especie australiana. Florece de forma vistosa en enero, como anuncio de la primavera que se avecina. Sus perfumadas flores no tienen pétalos, pero sí numerosos estambres. Las densas panículas de pequeñas flores esféricas de color amarillo luminoso ofrecen un aspecto delicado.

En el lenguaje de las flores, las de la Mimosa significan sensibilidad, mientras que las hojas de Acacia quieren decir amistad.

La conocida goma arábiga es una sustancia que procede de una degeneración mucilaginosa natural de las membranas corticales de la A. Senegal. Sus aplicaciones incluyen desde el uso doméstico como pegamento o en repostería hasta la utilización en farmacología, como excipiente para compuestos activos.

Otras gomas, menos usuales en occidente, son la goma del Cabo y la arábiga india, la primera producida por las especies sudafricanas A. karroo y A. giraffae, y la segunda por A. arabiga y A. modesta. Industrialmente, de la A. catechu se obtiene otro producto: el Catecú. Se utiliza como curtiente, también se emplea en medicamentos que combaten afecciones bucales, motivo por el cual algunos dentífricos lo incluyen en su composición.

El nombre de Acacia proviene del griego ákantha que significa espina, pues en general los miembros de este extenso género están cubiertos de numerosas espinas, algunas tan grande, afiladas y abundantes como la temible Acacia Búfalo de África oriental (A. horrida), que puede ocasionar graves heridas a un hombre.

Sin embargo, algunos animales, como las jirafas y los camellos se han adaptado a estas terribles agujas. Las bocas de estos herbívoros están recubiertas con un tejido de textura correosa y sus largas lenguas son capaces de bordear las espinas sin dañarse, gracias a sus diestros movimientos.

Ante la dudosa eficacia de los sistemas defensivos pasivos, otras acacias han recurrido a elaborados sistemas activos, tal es el caso de la Acacia nicoyensis de Costa Rica, donde se presenta un ejemplo curioso de simbiosis entre árboles e insectos.

El árbol ha desarrollado unos dispositivos especiales para ofrecer cobijo y sustento a las hormigas, pues éstas crean hormigueros taladrando las espinas, la Acacia les pone a su disposición nectarios extraflorales, para saciar su apetito y completan su dieta con los cuerpos nutrícios que se forman en los terminales de algunas ramas, los corpúsculos de Belt.

Las hormigas pagan tan buen servicio de hospedaje con sus mandíbulas, ya que estos inquilinos atacan ferozmente a todo herbívoro que se acerque a su árbol anfitrión. Tal es el celo con que realizan esta labor que incluso cortan cualquier planta que intente crecer en su proximidad. Sin duda, estos mercenarios ofrecen la mejor defensa que una planta puede soñar.

Existen acacias en África que en su lucha por la supervivencia emplean armas química. Cuando el árbol se ve atacado por un animal, segrega una sustancia tóxica en sus hojas y lo más sorprendente es que a la vez que realiza esta operación, desprende gas etileno, para avisar a otras acacias que se encuentren en sus proximidades, unos 50 metros, para que a su vez, también produzcan veneno y obliguen a su depredador a alimentarse de otras especies o huir de aquella zona.

En otros lugares del mundo, las acacias se enfrentan a problemas muy distintos: el calor y la desecación en los desiertos y semidesiertos de Oriente Medio. Estos árboles tienen que resistir la deshidratación en un ambiente hostil, su verdor persistente manifiesta una vida que no quiere apagarse. Incluso una vez muerto el árbol, su madera también participa de esta persistencia viva, es incorruptible. Estas características confirman su significado emblemático de esperanza de la vida más allá de la muerte. Por ese motivo, en el antiguo Egipto utilizaban la Acacia para fabricar ataúdes. Los hebreos, que huyeron de este país, conservaron la tradición de emplear Acacia para fabricar su más preciado objeto sagrado.

Hizo Besalel el arca de madera de Acacia, de dos codos y medio de larga, uno y medio de ancha y uno y medio de alta. La recubrió de oro puro por dentro y por fuera y le hizo una moldura en torno. Fundió para ella cuatro anillos para sus cuatro pies, dos a un lado y dos a otro. Hizo después las barras de madera de Acacia, recubriéndolas de oro, y las hizo pasar por los anillos de los lados del arca para poder llevarla.

(Éxodo 37,1-5)


Con madera de Acacia seyal revestido de oro se construyó el Arca de la Alianza, que contiene el pacto de Dios con su pueblo y es el elemento que sigue uniendo a todo el pueblo hebreo, a pesar de su pérdida y de los siglos de diáspora. Mucho tiempo después de la construcción de la mítica Arca, los cristianos identificaron a Jesucristo como la Nueva Alianza, pues afirmaban que los pecados del pueblo de Dios habían invalidado la antigua Alianza. El Mesías no es ajeno a la Acacia. Según una tradición, la corona de Cristo era de espinas de Acacia y de ellas salían rayos luminosos.

En la Arabia preislámica existían tres diosas muy veneradas: al-Lat, al-Uzza y Manat, a las que llamaban "hijas de Dios". El santuario de al-Lat era un bloque de granito, la de Manat una gran piedra negra, mientras que al-Uzza, la más importante de las tres, tenía su lugar principal de veneración en el valle de Nakhla, entre Taif y la Meca. Su santuario consistía en tres grandes acacias.

En la China antigua, las acacias también están asociadas al conocimiento, la luz y la verdad, representan al invierno en el altar del Sol. El invierno se consideraba sinónimo de la luz y sabiduría, pues tras el solsticio de invierno, el sol comienza a elevarse sobre el horizonte. Es el principio yang, que significa el lado visible y luminoso de la realidad, frente a su opuesto yin, que es el mundo oculto y tenebroso.

Es difícil delimitar lo que es una religión, pues hay asociaciones que presenta una creencia, unos ritos de iniciación, una hermandad entre sus miembros, unas actitudes ante la vida y juramentos de fidelidad. Tal es el caso de la masonería. La leyenda de su fundación se remonta a los tiempos de la construcción del templo de Jerusalén, creado para albergar el Arca de la Alianza.

Envió el rey Salomón a traer de Tiro a Híram, hijo de una viuda de la tribu de Neftalí y de padre tirio, que trabaja en bronce. Estaba dotado de sabiduría, inteligencia y pericia para realizar cualquier trabajo en bronce. Vino, pues, al rey Salomón y ejecutó todos sus encargos.

(I Reyes 7,13-14)


Una vez que Híram terminó todo lo que el rey dispuso para el templo de Dios, no se le vuelve a nombrar en la Biblia. Sin embargo, la leyenda prosigue, el hábil artesano no quiso desvelar el misterio de la construcción del templo de los templos. Tres de sus ayudantes se pusieron en tres puertas del templo dispuesto a arrancarle el secreto. Híram se negó a desvelarlo por amenazas y dijo que todavía deberían esperar.

El primero le dio un golpe en la garganta, el segundo en el lado del corazón y el tercero en la frente, matándolo, sin que ninguno adquiriera el conocimiento deseado.

Al darse cuenta del atroz crimen realizado, enterraron al maestro poniendo sobre la tumba una ramita de Acacia para revivir la sabiduría perdida. En el rito de iniciación en la masonería, el nuevo adepto ha de sufrir la muerte simbólica del fundador, con los tres golpes, que lo separa de la anterior vida, mediante la muerte física, sentimental y mental.

Pero como todas las muertes iniciáticas, simultáneamente, marca el nacimiento de una nueva personalidad, que busca la integridad espiritual de Híram, por encima de la ignorancia, el fanatismo y la ambición que representan sus asesinos. Toda persona debe conocer la Acacia, que es poseer la sabiduría conducente al descubrimiento de la esencia de las virtudes del espíritu humano. @






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