|
El acuciante problema de los que esperan un transplante de órganos, volvió a ganar la tapa de los diarios en estos días -como en muchas ocasiones anteriores- por dos casos que podemos llamar emblemáticos, a pesar de las diferencias existentes entre ellos. Uno es el de un joven médico, Sergio Barreiro, quien hace apenas unas semanas era un exitoso profesional, padre de una nena de 1 año y medio, en la plenitud de sus facultades. Una fulminante infección virósica del hígado, lo dejó al borde la muerte. La hepatitis que contrajo no es curable y lo único que logró salvarlo fue el transplante.
El otro caso es el de Cristina Leguizamón, que desde hace más de tres años sufre de insuficiencia renal, pudiendo subsistir gracias a hemodiálisis a las que tuvo que someterse tres veces por semana. Como al cabo de todos estos años no consiguió un donante cadavérico, tuvieron que efectuarle un transplante de riñón -por suerte con éxito- hace dos días, siendo la donante su propia abuela de 55 años.
En la actualidad existen 4.550 personas en la Argentina, -muchos desde hace años- que aguardan un donante de riñón, sufriendo entretanto varias diálisis semanales para sobrevivir. Asimismo, 278 personas esperan la donación de un hígado ya que sin éste tienen una sentencia de muerte a corto plazo, porque padecen diversas enfermedades del hígado que no son curables de otra manera.
Aún cuando casi diariamente se realiza una operación de transplante en el país, el índice de mortandad entre los que aguardan un transplante es muy alto. Por otra parte, el 30% de los transplantes que se llevan a cabo se hacen con donantes vivos -generalmente parientes- por falta de donantes cadavéricos.
El "INCUCAI" como las correspondientes organizaciones gubernamentales a nivel nacional y provinciales, gastan ingentes sumas en campañas "pro donación" sin demasiado éxito, a juzgar por los resultados. Los agentes del Gobierno que se dedican a este quehacer, son numerosos y disfrutan de sueldos altos, viáticos y otras prebendas. También los gastos en publicidad son muy elevados y salen del presupuesto.
Como gran parte de los posibles donantes no son rigurosamente seguidos en cuanto a sus domicilios reales, la mayoría de ellos al fallecer, son enterrados sin efectuar la ablación, porque los del "INCUCAI" no se enteran del fallecimiento. Esta organización civil, cuenta con algún representante voluntario en la mayoría de los hospitales, y ahí consiguen los pocos donantes, a veces cumpliendo un desagradable papel ante los familiares de los moribundos.
Quizás una solución sería que el Gobierno ofrezca una recompensa (tal vez u$s 5.000) a los familiares del occiso, en el caso de que donen algún órgano necesario para un transplante. Desde ya este método no será agradable para los deudos y una oferta similar tendrá muchos detractores por motivos éticos o morales, pero debemos tener en cuenta las vidas que salvarían y los sufrimientos que serían evitados. Los que se oponen a esta solución, deberían pensar que cuando se contrata un seguro de vida a favor de algún ser querido, el resultado en cuanto a la ética o moral es similar. Incluso esta medida podrá funcionar como un seguro de vida gratuito, donde naturalmente los casos de suicidios serían excluyentes.
En cuanto a los costos económicos, serán muy inferiores a los actuales costos médicos para mantener con vida a un enfermo, sin resultados ciertos a la vista.
¡Piénselo! @
|