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La Patagonia andina, en Argentina, tiene algo que pocos lugares ofrecen: todo. Su naturaleza y la variedad de sus inviernos y veranos hacen de este lugar al sur del continente un monumento a la belleza natural.
Queda en el fin del mundo. Y aún así, a pesar de la nieve en medio del verano, de los lagos helados y de las noches largas en invierno, da la sensación de que fuera el hogar.
Un grupo de gauchos sentados en un tronco beben mate. Con el pitillo de metal toman de la calabaza su líquido sagrado. Los labios los tienen quemados por la costumbre de beberlo sin pausa, recién servido, en ayunas, de labio en labio. Pero también tienen quemada la piel por el golpe del sol al igual que las manos por el calor de las brasas sobre las que preparan la carne.
Cerca a ellos, bajo la tierra, media hora atrás, pusieron sobre piedras y envuelta en costales la carne de la cena, y esperan bebiendo mate para desenterrarla y comer. No tienen prisa. Ni tienen por qué tenerla. Viven en la Patagonia andina, entre bosques milenarios con lagos intactos, justo entre la pampa y el cielo e inconscientes de que habitan un lugar semejante al paraíso.
El calor de las brasas parece defenderlos de las temperaturas bárbaras de la región que oscilan entre los 30 grados al mediodía y los -10 grados en la noche y que los obliga a vivir en casas de madera con chimeneas que arden casi todo el año. Pero es verano y hace sol. Arde el día.
Los gauchos, igual, se queman los labios con el mate. Será por esa afición que tienen apuro en hablar a toda hora y a grito entero como si vivieran en el Caribe, y con una amabilidad que espanta a los colombianos acostumbrados a desconfiar de cada cosa, pero que termina por volverse una especie de abrazo de palabras altisonantes cargadas de significados.
También debe ser porque en su tierra sureña, donde hay mucha más naturaleza que gente, hay que hablar fuerte para sentirse alguien entre la inmensidad de las montañas puntilleadas de nieve, los lagos de 400 metros de profundidad, las piedras de granito donde arañas humanas clavan sus dedos y los bosques que no acaban de recorrerse de tanto pino y rosa mosqueta que lo repite.
Para todos los gustos
Los turistas lo sospechan y le temen, pero igual acuden a la región tanto en verano como en invierno.
Durante el calor llegan a Bariloche, Villa la Angostura y San Martín de los Andes en busca de chocolates y excursiones ecológicas entre senderos plagados de liebres y ríos henchidos de truchas.
Los fanáticos del morral, casa en las espaldas, acampan en el parque nacional Nahuel Huapi. Los del dinero se hospedan en hoteles lujosos en madera sacados como de un molde suizo o canadiense. Los más arriesgados escalan los cerros imposibles, Catedral, Torre y Fitz Roy, paredes en absoluto verticales que cubren los horizontes.
Los curiosos visitan la maravillosa mole de hielo del Glaciar Perito Moreno y esperan con paciencia de felinos a que se desprenda un témpano y la cámara no les falle. Mientras los aventureros se arriesgan a ir hasta hasta el verdadero fin del mundo, Ushuaia, donde el viento de la Antártida le soba el lomo a los pingüinos de Magallanes.
En invierno el Cerro Villa Catedral, a 21 kilómetros de Bariloche, parece un hormiguero. Seres humanos -que no lo parecen - suben en telesillas con esquíes de dos metros y sacos térmicos y bajan ondulando los 67 kilómetros de pistas de esquí del mayor centro de este deporte en Suramérica.
Los que respetan el pasado visitan las reservas indígenas de los mapuches, pasan a Chile y descubren la similitud de los ancestros.
Los que pueden, hacen parapente, navegan entre témpanos en catamaranes panorámicos, prueban fortuna en los casinos y buscan la rumba en las discotecas que empiezan a llenarse apenas a la medianoche de jóvenes alebrestados.
Y la gente. "Mina, qué gambas", le dice un anciano a una piernona en una playa en Bariloche.
Un conductor hace escándalo con el uso que el resto de latinoamericanos le dan al verbo coger y hace gestos obscenos: "Esto es coger para los argentinos".
Una muchacha se acerca y se pone a hablar conmigo porque sí, sin prevenciones, mientras espero un bus.
Los gauchos comienzan a desenterrar la comida bajo tierra, invitan a grito entero, y el 'curanto' despide olor a naturaleza cocida. Hay de todo allí. Incluida la miseria, los niños de la calle, la droga y las fatalidades de la civilización en los centros urbanos. Pero abunda, antes que todo, la amabilidad y la naturaleza.
La carne aflora de la mano de los gauchos que cabalgan durante el día por las mesetas de la Patagonia. Crecen el sauco, los alerces, los ciruelos, las orejas de los ciervos que huyen de las pisadas humanas.
Brotan las palabras de los argentinos de provincia que borran sin saberlo su mala fama de prepotencia en el exterior. Y nace, de uno de ellos, el ofrecimiento de su mate. Bebo y me quemo los labios con el líquido sagrado. Sabe a hogar.
Si Usted va a la Patagonia
Para ir a la Patagonia, Avianca y Aerolíneas Argentinas ofrecen vuelos diarios...
Para llegar a Bariloche tiene que salir del Aeropuerto Internacional Ezeiza (Para llegar a Bariloche, tome un remís (taxi) por 14 pesos en el Aeropuerto Internacional Ezeiza y diríjase al Aeroparque Jorge Newbery, cerca de una hora de distancia) y conectar con un vuelo que dura dos horas.
Si va hasta Ushuaia, el viaje tardará casi cinco horas.
Si puede, lleve pesos argentinos. Allá aceptan el dólar y el peso por igual (Un peso tiene paridad a un dólar de: 1 a 1), pero le devolverán en moneda local. Sin embargo, los negocios pequeños no aceptan dólares. No visite el comercio de 1 pm a 4 pm porque en verano cierran las puertas. Sin embargo, compensan la hora de la siesta abriendo hasta altas horas de la noche.
Coma carne, a menos que sea vegetariano. Aproveche. En la Patagonia además hay 30 variedades de chocolates, curantos (comida cocida bajo tierra) y patés de jabalí.
El voltaje es de 220 voltios (por si lleva aparatos eléctricos).
Cuidado con las palabras. No todo lo que es de uso corriente aquí es sensato decirlo allá.
Arriésguese a cambiar de destino. El lugar es tan espectacular que no se arrepentirá. @
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