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Primera Parte
El viaje de ida, Salto Encantado y la estadía de tres días en Moconá. Técnica de avistaje de aves.
Sábado 24
De Buenos Aires hasta la Selva Encantada
Partimos de Buenos Aires el Sábado 24 de Julio de 1999, a media mañana. Un micro colmado con unos 50 pasajeros, entre los que se encontraban nuestros guías, los ornitólogos Germán Pugnali y Hernán Rodríguez Goñi, además de cocineros y asistentes del campamento. Los campamentistas estabamos conformados por un grupo muy heterogéneo: niños, biólogos, médicos, personas mayores, en fin, un poco de todo.
Para algunos, como mi familia, era el primer viaje a Misiones; para otros no, pero todos compartíamos la inquietud del descubrimiento, ya sea de un nuevo lugar, de ver nuevas especies de aves, o la primera experiencia en campamento.
El plan era visitar dos localidades de Misiones: Moconá, sobre el río Uruguay, y el área de Iguazú, incluyendo una visita a los fabulosos saltos.
El viaje en el cómodo micro nos llevó hacia el norte, mientras todos, muy concentrados, leíamos un interesante apunte técnico sobre flora y fauna de la selva, preparado por la AOP y entregado a cada pasajero. Luego de tres paradas de descanso en la ruta, y tras ver un par de videos, nos dispusimos para intentar dormir durante el tramo nocturno. No era fácil. Es que mañana, antes del amanecer, estaríamos ya en la misteriosa selva misionera.
Recordaba cuando, de niño, llegaba de noche a un paraje en la Cordillera de los Andes, en mi primera visita a esa región. Allí nomás estaban las inmensas moles, pero a causa de la oscuridad no podría verlas hasta la llegada de la luz, el día siguiente. ¡Que ansiedad! Y esto, era igual.
Domingo 25
Salto Encantado
Mucho antes del amanecer ya estábamos un Salto Encantado, un paraje exótico junto a la ciudad de Aristóbulo del Valle, en el corazón de Misiones. Apenas llegamos, y sin un minuto de demora, salimos del calefaccionado micro a enfrentar la fresca noche. Con linterna y binoculares en mano, seguiríamos a nuestro guía, Germán, en una atrapante cacería nocturna de lechuzas. Cacería es una manera de decir, por supuesto, ya que nuestro fin sería sólo de observarlas, o al menos detectar su presencia.
Recorrimos las inmediaciones del parque durante más de una hora. Haciendo el más absoluto silencio, repetimos una y otra vez, hasta el cansancio, las voces grabadas de las especies más probables de encontrar allí, esperando oír una contestación, pero lamentablemente no tuvimos eco.
Vimos una Comadreja Orejas Negras, que se alejó rápidamente, pero nada de lechuzas! Una sola respuesta desde la aún oscura selva hubiera entibiado nuestras almas, deciéndonos: "Todavía anda una de nosotras por aquí". Pero no ocurrió, así que el grupo tuvo que encontrar ese calor en una taza de café, amablemente servida en el quincho por los dedicados cuidadores del lugar.
Llegaba el amanecer. Un valle, una caverna dispuesta en sentido vertical y una delgada catarata, todo a la vez, se fue dibujando ante nuestros ojos a medida que la luz del día se intensificaba lentamente. Las aguas del pequeño y encantador arroyo ciertamente no estaban preparadas para afrontar tal violento destino, al avanzar hasta el precipicio. Caen en un oscuro valle bordeado de roca y vegetación selvática. En la penumbra, y con la luz artificial con que cuenta el salto, se genera un aura fantástica. En esas condiciones, la mente complementa lo que aún no puede verse, llenando los huecos con aportes que brotan de la imaginación, intensificando así el misterio del lugar. Es la manera de ver esos saltos: al alba.
Desde el mirador observamos la cascada mientras hacía su aparición nuestra primera especie de ave misionera: un Trepador Garganta Blanca (Xiphocolaptes albicollis dicen los entendidos). Estuvimos a la hora correcta para presenciar la huida de los vencejos de sus empapados dormideros detrás de la cortina de agua, osadamente colgados en la roca vertical.
Y la selva comenzó a cobrar vida, con el surgimiento sutil de diversas voces de aves, aquí y allá. Se vieron varias especies, pero ya algo me empezaba a indicar que, en esta selva, no iba a ser fácil incorporar nuevos nombres a mi lista de aves.
Nuevo y Difícil Entorno
En efecto, en las selvas de misiones habita una enorme variedad de aves, alrededor de 500 especies, y muchas de ellas serían nuevas para mis ojos y oídos: sus colores, voces, hábitos, en fin, todo lo que el observador utiliza para la identificación. Y el desarrollo vertical de la selva determinaría que muchas aves estarían a distancias considerables, y a veces a contraluz. ¡Cuán difícil sería esto! Cuán distinto de la práctica mucho más fácil, a la que yo estaba acostumbrado, de observar aves en las pampas o en un bañado. Había subestimado la preparación previa necesaria para aprovechar mejor este viaje.
Para contar aquí el final de la historia, puedo decir que, tras una semana de selva, regresé a Buenos Aires con un "bagaje" de conocimientos que aprendí en el campo, durante el safari. No creo que hubiera podido asimilar ese aprendizaje simplemente leyendo y releyendo las guías, oyendo las cintas de los cantos o memorizando nombres. Hay que estar ahí. Se aprende a afinar los sentidos: ver y oír, aunque en realidad, se oye, pero se ve muy poco. Hay que vivir la experiencia de cómo la selva dosifica sus secretos con cuentagotas. Y de pronto, expone ante uno aquel ser alado de colores estupendos, y que, tras una consulta en la guía para darle nombre, quedaría registrado en el alma, donde el olvido no existe...
Pero, más probablemente, el pájaro avistado sería: marrón, inquieto, y... ¡Ya se fue! En la guía hay 30 o 40 especies parecidas, de diversas familias, y en esos casos no lograría ni siquiera "arrimar el bochín". Otro cantito allá... Pero no se muestra. Cien metros más adelante, otro cantito... un movimiento... un avistaje. Es casi igual, algo distinto. Cuál será?
Me fui dando cuenta que la gran variedad de especies distintas no implicaba abundancia de aves. Todo lo contrario: había una cierta escasez, incluso de las especies más comunes. Pero había un lado bueno: prácticamente no habría figuritas repetidas: con cada avistaje tendría la probabilidad de agregar nuevas especies a mi lista - siempre que logre identificarlas! Para ello sería imprescindible la ayuda de los guías.
¿Cuento el final otra vez? La realidad es que una semana de selva no me alcanzó siquiera para comenzar a conocer algunos grupos como los marroncitos Ticoticos y Picolenzas. Quedan como desafío para otra visita.
A la vuelta costaba convencerme que había visto personalmente casi 150 especies. Por eso recorrí mi lista una y otra vez, totalizando cantidades y llegando, curiosamente, siempre a la misma suma. Pero puedo contar un dato más positivo. Antes del viaje leí dos veces un corto capítulo del "Manual del Observador de Aves" (Narosky / Bosso), sobre las aves de la selva, escrito por J. C. Chébez. Al leerlo, no conocía ninguna de las especies allí mencionadas. Consulté mi guía para profundizar la lectura, hice resúmenes, volví a leer el mismo capítulo. Cada nombre de ave seguía siendo tan misterioso como en la primera lectura.
Pero ahora, de regreso del viaje, leí otra vez ese capítulo. Y ahora era pura música. Me sentía familiarizado con todas las especies citadas. Seguramente mi esfuerzo de estudio había aportado algo, pero el viaje al lugar fue lo que generó el verdadero aprendizaje.
Peripecias Misioneras
El micro se dirigía hacia el Norte, y en 2 horas estaríamos en San Pedro. Allí todo el contenido de sus inmensas bauleras serían transbordadas a otros 4 vehículos, capaces de realizar el trayecto más difícil a Moconá, mas 80 km por camino de tierra. En San Pedro esperaba un autobús, que a primera vista ya presentaba cierto aspecto de "vaqueano". Junto a él, dos Land Rover 4x4 que serían los móviles "expreso", y un camión para trasladar carpas, comida, cocina, garrafas, ollas, valijas y otros enseres que formarían parte de nuestro sustento para los próximos 3 o 4 días.
Una cadena humana fue efectiva para movilizar la mayoría de los bultos. Mientras ayudábamos a acomodar, mi hijo Nicolás se acomodó al frente de la cola para realizar la travesía en un 4x4, y consiguió su plaza. Junto al resto de mi familia subimos al destartalado micro, y al rato ingresábamos, emocionados, en un camino de tierra colorada, donde el cartel de la ruta marcaba simplemente "Saltos del Moconá". El sentido de aventura nos invadía, reforzado por el brillante contraste que provocaba la combinación del verde de la selva con el rojo de las tierras.
Pero, me preguntaba: ¿Ese bosquecillo interminable de árboles y palmeras, enmarañado con lianas y cañas, eso era la verdadera selva? ¿No se supone que debería haber grandes árboles, cuyas ramas altas, con hojas, formarían un tupido techo contínuo, llamado "dosel" a 20 o 25 m de altura, que creara la oscura sombra del sotobosque inferior? Un dosel solamente interrumpido por los gigantes, aquellos árboles que se habían destacado por sobre sus hermanos, para convertirse en lo que los textos llamaban "emergentes". Eso es lo que decían las diversas descripciones que había leído de la selva paranaense. Pero aquí no había dosel. ¿Cuándo lo vería?
Lamentablemente aquí debo contar el final: nunca vi un verdadero dosel. La razón es que todos los bosques que visitamos ya han sido víctimas de la extracción maderera. Perdón, hablo de los bosques de un Parque Provincial (Moconá) y de un Parque Nacional (Iguazú). Es que la protección llegó demasiado tarde. La provincia de Misiones toda es como un huerto, donde se han cosechado las mejores piezas, y se ha dejado sólo lo que no sirve. Los grandes árboles no existen más. La selva es un Gruyere de claros o "capueras", lugares donde han brotado diversas cañas y arbustos que, si bien son autóctonos, invaden de manera tal que dificulta la recuperación de la selva a su estado original.
Guatambú, Pitiribí, Lapacho,... la lista es interminable, por que para mí, hace una semana, esos eran todos nombres de maderas. Ahora, conmocionado, me doy cuenta que todos son nombres de árboles. De especies autóctonas que se cosechan de la selva sin replantar. Quedan todavía estos arboles, pero cada vez hay menos, y son los más pequeños.
En el medio de la selva, apareció una inmensa plantación de pinos. Ahí la selva seguramente fue quemada, y se plantaron estas especies que no pertenecen aquí. En las fotos satelitales esas áreas igualmente aparecen como tupidas selvas, pero no lo son.
Vimos pasar estos paisajes a una increíble velocidad, gracias a la pericia y alocada habilidad de nuestro nuevo conductor. Cuando subí al micro en San Pedro estaba ya sentado al volante. Apenas observé su sonrisa ancha y desenfrenada, y ya me pareció contar con suficiente información para arriesgar una descripción de su personalidad, y de cómo manejaría... ¡Y no me equivoqué! El camino era serrano, cubierto de esa patinosa barrotina marrón anaranjada. Ya sea en subida o en bajada, exista o no una curva, precipicio, puente o barreal, o cualquier combinación de todos estos, nuestro micro igualmente avanzaba a lo que parecía ser la máxima velocidad que brindaba su mecánica. Un rebaje aquí, porque había un bache, y luego de nuevo la alocada carrera.
Así avanzamos una mitad del camino, hasta que llegamos a un bache embarrado que superaba al vehículo. Parecía muy difícil de cruzar. Todos abajo. El conductor cató el barreal con su pié descalzo, y luego se mandó. Casi enseguida vimos que las ruedas delanteras se presentaban muy torcidas, y pasó lo que temíamos. Pude sacar una foto del micro empantanado. Pense: mi hijo había acertado al tomar el 4x4.
Las perspectivas de sacar el micro del barro parecían muy poco probables. Tras un análisis de la situación llegamos a la conclusión que, solos, nada podíamos hacer. Había que buscar ayuda.
Nuestro chofer salió a pié, hacia un obrador que habíamos pasado recién. Volvió unos minutos después, y anunció que esperaba el arribo de un vehículo de auxilio. El viaje ya había sido demencial, pero pensar que en ese desolado paraje llegaría un vehículo de salvamento, así como así, era totalmente descabellado. Pero el milagro se produjo, ya que, puntualmente a los 5 minutos, del otro lado de la loma, apareció el poderoso camión que lograría sacar el autobús. Tirando hacia atrás, desenterró el micro de eso que parecía mas bien una mezcla de chocolate y dulce de leche.
El cruce del bache fue conseguido en el segundo intento, gracias a un enfurecido embale del micro, humeante y ruidoso. En un momento realizó una barrenada oblicua, salpicando barro y largando mucho humo. Luego hubo un repentino engrane de las alisadas cubiertas al pisar tierra firme. Luego más ruido del motor para enfrentar la segunda parte del bache, y una coleada para el otro lado. Todo este salvaje espectáculo fue coronado con el colorido grito de "arriada" que emitió nuestro guía, mientras revoleaba su campera disfrutando de la escena, tanto como a mí me hacía fruncir los hombros y morder la dentadura hasta el punto de desgarro de la musculatura mandibular. "Uiijaaaa!!!...".
Durante esta maniobra, los pasajeros nos habíamos apostado a una distancia prudencial del camino, puesto que, conociendo ya la sangre del conductor, se había pronosticado la posibilidad de todo tipo de despistes y vuelcos. Pero habíamos subestimado su verdadera pericia, ya que no pasó nada de esto.
Luego del cruce, a inspeccionar los daños del paragolpes delantero, que se había clavado en el suelo al atravesar la zanja. El camión de comida también hizo su cruce no menos espectacular, y por suerte no hubo que lamentar víctimas. Y de nuevo la carrera enardecida hacia Moconá...
Moconá
Los primeros sabores del campamento: bajar del micro, descargar equipos, reconocimiento del lugar, elegir donde colocar la carpa, armarla e incorporar el mobiliario (léase bolsa de dormir). Por cada una de estas acciones intercalaría antes, durante y después, una rápida "miradita" en derredor del suelo, para cerciorarme que no estaba en la mira de una venenosísima yarará. Después de todo, ahora estaba en Misiones!
El final de la película: tal como me habían anticipado varios expertos en la materia, dada la época del año (aún demasiado frío) en toda la semana no vi una sola víbora venenosa. Una sola vez encontramos una finísima y corta culebrita, muerta, por tratar de resistir con su cuerpo el peso de un auto. Era de un color verde vívido, casi esmeralda, y con una manchita cobriza cerca de la cabeza. Mi hijo tuvo oportunidad de tenerla en sus manos. Nos queda tratar de determinar la especie.
Almorzamos, y no perdimos tiempo en organizar la primera salida ornitológica.
Tecnología
De nuevo me hallaba tratando de compatibilizar las sutiles pistas de la presencia de aves que brotaban de la selva, versus los limitados conocimientos que tenía de las aves misioneras. Seguía preguntándome como era que una selva con tanta variedad parecía a la vez ser tan escasa de aves. Si bien la mayoría de los colegas del safari ya tenían varios viajes a la selva misionera, y pertenecían a una categoría de naturalista muy superior a la mía, encontré, con cierto cínico alivio, que ellos también debían renunciar a los avistajes de tantas especies de aves. La razón: muchas de ellas se mantienen al abrigo de la oscuridad y la vegetación, y son casi imposibles de observar - a no ser por un arsenal de trucos y armas secretas, personificados por nuestro guía y por el fantástico equipamiento que traía consigo.
Así que ahí estoy, en un camino de tierra, bordeado en ambos márgenes por la selva, listo para iniciar la observación de aves misioneras. Pero no veo un solo pajarito, y casi no se oye ninguno. ¿Es éste el lugar donde he venido a ver tantas aves? Efectivamente lo es, pero, donde están? Prácticamente la única pista son esos pocos e infrecuentes cantos. Se oye algo en la copa de ese árbol, pero no veo en cual rama está, y no hay movimiento alguno. Me quedo quieto, espero un buen rato, y aún nada se ha movido. Es claro que estoy ante uno o más pájaros pequeños pero, de que especie, no puedo decir.
Aparece en escena Germán "Caburé" Pugnali, quién comienza a silbar una secuencia monocorde de notas cortas y agudas. Y las aves, inquietas, se movilizan! Ahora, todos podemos mirar con el binocular en la dirección del alboroto, y probablemente identificar el ave. ¿Qué es lo que ha ocurrido? Germán ha estado imitando el llamado de la pequeña pero temida lechuza Caburé Chica. Temida por los pájaros por que es rapaz, y por lo tanto no es bienvenida cerca de la bandada. De hecho, el pánico las inunda. Sería para nosotros como encontrar una cascabel entre las sábanas.
El truco ha funcionado bien, y tenemos una especie más en nuestro haber.
Otras aves ocupan estratos más bajos del bosque. Las escuchamos bien, incluso están muy cerca, a solo 2 o 3 m, pero no las podemos ver debido a las sombras y oclusiones que producen los frondosos helechos y arbustos. La provocación con el canto del Caburé no ha resultado con la especie que tenemos ahora enfrente. ¿Cómo hacer entonces para verla? Germán acude ahora con su tecnología: un grabador de audio de alta calidad, con un micrófono muy direccional. Germán solicita al grupo que haga silencio. Y exige que el silencio sea total, absoluto, para que la grabación sea de la mejor calidad posible. Nadie habla, nadie se mueve, a la espera que el ave vuelva a vocalizar.
Germán apunta el micrófono y espera con el brazo extendido. Luego de obtener mas de medio minuto de audio útil, comienza ahora la segunda fase: la de emitir el sonido que se ha grabado. Los observadores del grupo saben que ahora puede ser el momento de ver una nueva especie, y las manos inconscientemente suben lentamente hasta envolver los binoculares, y ajustar el foco a la distancia mínima. Todos estamos listos...
El ave escondida oye la grabación y cae en la trampa: ha detectado la presencia de un intruso en su dominio, y siente la necesidad imperiosa de actuar, y lo hace. Por más que deba exponerse a mil y un peligros, su instinto la obliga a salir de su verde cueva. Se moviliza un poco. Baja al piso y avanza. Súbitamente toma vuelo y cruza al otro lado del camino, buscando desesperadamente, de reojo, la silueta de su adversario. No lo ve, claro. En su lugar hay gente, con sombreros y curiosos grandes ojos negros que han seguido su trayectoria como si fuesen unos radares antiaéreos. Confundida, decide exponerse de otra manera: subiendo a una ramita y acercándose. Alguien del grupo la ve, y lo anuncia en una voz baja, en un tono que es extraña combinación de serenidad y delirio, subrayado con triunfalismo: "Ahí está...! Lo veo...!". Los cuerpos de los humanos ahora se acercan al afortunado avistador, y comienza a tomar forma una curiosa medusa compuesta de brazos, piernas y binoculares.
Arrodillados, de pié, amontonados como sea, los observadores nos congregamos frente a la pequeña abertura entre las ramas, esa ventana gloriosa que permite visualizar el ser alado. No es fácil ubicarlo, y hay intercambio de instrucciones, desaliento y, de repente, uno más se siente integrado a la exclusiva y creciente hermandad de los que han logrado el contacto visual.
En nuestra mente se inicia ahora una intensa actividad de aprendizaje y memorización: es como tomar una fotografía cerebral. La exposición seguramente será corta, y en pocos instantes tendremos que conformarnos sólo con el dibujo del libro. Tengo poco tiempo! ¿Podré retener su forma, la coloración, esa manchita, el tamaño del pico? ¿Habrá que observar el color de las patas? Todas estas alternativas atormentan y bloquean el cerebro de quién no conoce la especie, y quiere, por sí solo, registrar en 2 segundos todas las características de un complejo ser viviente. Y con la finalidad de, luego, poder verificar la totalidad de esas características en el dibujo y los textos de la guía de aves. Sólo así sentirá uno que realmente vio a la especie, que la reconoció. No vale que otro se lo diga.
Algunos se retiran para dejar su lugar a los que aún no han visto. Pero el tiempo corre.
Lamentablemente, y debido a mi falta de preparación previa, no siempre pude alcanzar la plena satisfacción de identificar el ave. Y así es como la lista que logré en este safari contiene algunos nombres que trato con total indiferencia, casi no merecen estar ahí. Probablemente los tache.
Otros, los de las aves que pude descubrir por mi propia cuenta y que pude identificar solo, provocarán por siempre toda la carga emocional del descubrimiento. Pienso que es así como somos los observadores.
El contacto visual se interrumpe súbitamente cuando el ave cambia de lugar. ¡Qué experiencia efímera ha sido ésta! ¡Qué limitada fue la observación, por lo oscuro, por esa hoja que interfería en la visualización de parte del cuerpo, y por lo breve! Pero... ¡Qué experiencia cargada de victoria y éxito! Algunos de los más experimentados observadores del grupo lograron identificar el animal sin lugar a duda. Claro que ya conocíamos su voz, y eso ya era determinante, o sea que sabíamos la especie de antemano.. Pero, al verlo, el triunfo es mayor. Tal vez haya muchos lugareños que han visto un Batará Pintado en las selvas de Misiones, pero somos pocos quienes han disfrutado tanto al observarlo. Es que, a causa de la destrucción del bosque, pronto tal vez no queden más. Como naturalistas, somos conscientes de esa posibilidad - es nuestra cruz.
Así, de avistaje en avistaje, se desarrolló la primera tarde en Moconá. Al atardecer, el distante canto de los atajacaminos prometía interesantes recompensas para las próximas jornadas. Entre otros acontecimientos de interés, mis hijas vieron su primer tucán silvestre, y se maravillaron con las increíbles mariposas.
Más allá de la aventura ornitológica en sí, el primer atardecer fue para mi familia un abanico de muchas inquietudes y novedades, puesto que nos exponíamos por primera vez a la vida de campamento, integrados a un gran grupo. No era lo mismo acampar con el colegio, o de pareja, sin chicos, en la solitaria Patagonia de 1983. ¿Cómo será la comida? ¿Quién lavará los platos? ¿Con quién nos sentaremos a comer? Por su puesto, todas estas ansiedades se fueron contestando, una a una, sin ningún tipo de inconvenientes. Las salchichas y arroz con sufrito de cebolla y morrones que preparó nuestro "chef", Facundo, fue deliciosa.
Y la noche fue fría
Lunes 26
Este día lo dedicamos a buscar pájaros todo el día. A la mañana caminamos hasta un lindísimo arroyo. Nos lamentamos ante las huellas que dejaban la tala de árboles. Mis magros conocimientos se iban enriqueciendo, y confundiendo a la vez, ya que rápidamente desbordó mi capacidad de aprendizaje y memorización de tantas especies nuevas que descubría el grupo. Sin embargo, recuerdo bien el precioso Bailarín Azul, la inquieta Tacuarita Blanca, el gran picaflor Ermitaño Escamado, la curiosa cola del Yetapá Negro, y el fabuloso colorido del Saí Azul. Un Surucuá Común, con su increible colorido y fisonomía, hiza las delicias de un arbusto de frambuesas al costado del camino, delante de nuestras atónitas miradas.
Luego de un exquisito almuerzo de pastel de papas caminamos hasta el río Pepirí Miní. Salvo el Carpintero Garganta Estriada, no vimos muchas aves en ese trayecto, tal vez por la hora del día, pero al llegar al valle nos emocionó la tranquilidad y belleza del lugar. La vuelta fue muy cansadora por las repetidas subidas y bajadas del camino, pero, ya cayendo la noche, se presentó un raro atajacaminos. Al menos, eso es lo que pensaba nuestro guía, quién caminaba unos 150 m detrás de mí. Germán había oído el canto, y lo había reconocido. Le parecía que estaba unos 100 o 200 m más adelante. Dejó a otros a cargo del telescopio, buscó fuerzas y apuró el paso. Luego aceleró, pasando a ser casi un trote. Con Zully, que me acompañaba en ese momento, veíamos las curiosas gesticulaciones de Germán que se iba acercando a nuestra posición. Germán sólo se moviliza así por una ave importante, pensé. Parecía que algo nos quería decir... Para escuchar mejor, apagué mi pasacassette, que estaba emitiendo el canto de algún desconocido atajacaminos... ¡Y en ese preciso momento Germán se detiene: se había silenciado también el ave que buscaba!
Creo que al guía le insumió 3 días perdonar mi travesura...
Mas tarde, el grabador cumplió su propósito al atraer a un Atajacaminos Oscuro que sobrevoló nuestra posición reiteradas veces, buscando la pareja virtual que le ofrecíamos. Lo pudimos ver bastante bien a pesar de la penumbra.
Al llegar más cerca al camping, ya estaba oscuro. El grupo se detuvo en el cruce para escuchar la quietud de la noche. Había una luna llena espectacular, sin viento. Comenzamos a oír un ruido extraño. Cada vez era más curioso, y era algo grande. En el fondo de nuestras mentes todos pensábamos secretamente en el temible yaguareté. Parecía que se estaba acercando. Ahora, silencio... La intriga inundaba al grupo, mientras cada individuo intentaba aplacar los emergentes sentimientos de terror. ¿Qué será? De repente un grupo de asalto femenino salió bruscamente de entre las tinieblas, gritando, y en clara actitud fantasmagórica. Liderados por Carolina, una de las guías, creyeron que nos habían asustado.
Pero Carolina tenía interesante información: había oído una lechuza. Partió entonces una comitiva en la dirección señalada. Era una distancia apreciable, y mi cansancio no me permitió acompañar el grupo. Pero viví la experiencia a través de mi hijo, quién no iba a perder esta oportunidad excepcional. Y no fue defraudado, puesto que pudieron observar una rara Lechuza Listada, que respondió agresivamente a las vocalizaciones del grabador de sonido. Había al menos dos ejemplares, y tan bien se pudieron observar que el grupo tardó mucho en regresar, provocando cierta preocupación en el campamento, donde ya prácticamente habíamos terminado la cena: tallarines con una exquisita salsa blanca, con cebolla y tuco de carne.
Al final del día llegó el momento para tratar de poner algo de orden ornitológico a las entremezcladas anotaciones diurnas. Dentro de la carpa, a la luz de una linterna, traté de memorizar algunos nombres de aves. Traté de no pensar en las picaduras de insectos. Y así me dormí.
Pero a las 3 o 4 de la mañana me desperté, con las manos encendidas y ácidas de picazón. Eran los dichosos insectos, tal vez gegénes o mosquitos. Tenía que acceder ya al Caladryl para apagar esa irritación insoportable. Para ello tuve que salir de la carpa y llegar a la habitación donde dormían mi esposa e hijas. En mi desesperada carrera para llegar al solaz que garantizaba el bálsamo no sé a cuántos desperté, a causa de las crujientes puertas y pisos que, en la quietud y silencio de la noche, parecían amplificarse mil veces.
Martes 27
Comenzó igual que el Lunes. Desayunamos. El plan para ese día era caminar hasta la Reserva Provincial Moconá, para pasar ahí el día. Nuestro letargo matinal no nos permitió estar listos para acompañar al primer grupo expedicionario, integrado, como siempre, por los ornitófilos más serios. Me dio bronca perder el tren. Lo mejor estaba perdido, así que continuamos desayunando. Pero pronto cambió nuestro parecer, ya que con la mejor luz del día se observaba que el tiempo estaba desmejorando. El primer grupo había salido preparado para un día de clima amenazante, pero pronto las gotas se convirtieron en diluvio. Desde la comodidad del quincho enviábamos mensajes mentales al grupo para que tenga la fuerza de enfrentar valientemente su suerte. Había pasado más de media hora, y se discutía qué tan lejos habrán llegado. ¿Se estarán refugiando en el bosque? No. Habían vuelto, empapados. Decayó la imagen de héroes que hasta ahí tenía de todos ellos!
Siguió lloviendo una hora. Pronto, de la inquietud de los guías, brotó un plan que salvaría el día. En grupos de 10 o 12 personas seríamos llevados al destino original, pero en vehículo LandRover. Así es como nos encontramos, toda la familia, bajo un alero perteneciente a la vivienda del guardaparques, mientras la lluvia seguía, y con pronóstico malo. Pero pronto juntamos coraje, y nos internamos en la selva con nuestros pilotos o capas de agua. Caminamos media hora por un hechizante sendero, entre árboles, helechos y todo tipo de plantas hermosas. Mientras el agua caía, más sentido le daba a nuestra caminata. Después de todo, si esto era una verdadera pluvioselva, tenía que llover, ¿no?
Pasamos por un árbol inmenso, el único que vi de tamaño semejante en todo el safari, y que, según me dijo la gente del lugar, se salvó "por estar enfermo, no sirve para madera". Así llegamos a un paraje donde había un bosquecillo de inmensos helechos arborescentes, de varios metros de alto. Nunca vi nada igual. Lamentablemente las fotos que saqué ahí no salieron bien, así que la experiencia quedará mejor en la memoria. ¡Pero estuvimos en el Jurásico, de eso estoy seguro!
Frente a ellos me enteré que esos helechos se utilizan para confeccionar macetas irónicamente llamadas "ecológicas". Lo que ha tardado tantos años en crecer, lo que tanto escasea y es tan hermoso, se corta y se pone en repisas de supermercados. No creo que los compradores sepan realmente lo que están llevando, y creo que aquí hay un mensaje a divulgar para detener realmente esta actividad que ha sido prohibida.
Del alero observamos muchas aves: entre muchas otras, mi primera Urraca, Tingazú y Tucán Pico Verde.
En las primeras horas de la tarde se detuvo la lluvia, y pudimos finalmente escapar de la protección del alero, aunque, por los tesoros que ya habíamos visto, el día nunca había sido menos que excepcional. Con mi hijo recorrimos parte del camino que conducía al Río Uruguay, donde están los famosos Saltos de Moconá. Pero ante la recomendación de otros, que volvían de efectuar esta trabajosa caminata, no completamos el trayecto. Las intensas lluvias de días anteriores habían hecho crecer el río, y en estas condiciones no se puede uno acercar al salto, que tiene su caída desbordada y convertida más bien en rápidos. No importaba. Había más aves para ver hoy, y de todas formas, más al norte nos esperaba Iguazú.
Caminamos con mi familia de vuelta hasta el camping - haciendo mula ya que una parte del viaje fue en vehículo. Luego de una merienda, y mientras el chef preparaba un rico guiso, los ornitófilos abandonamos al resto para realizar una de las aventuras nocturnas más recordadas del safari.
Encerrado en ese pequeño compartimento, incómodo, comprimido y acalambrado, no podía más que pensar en nuestro inevitable destino:
"Moconá, miércoles 28. Por razones que se tratan de esclarecer, ayer, durante la oscura y lluviosa noche, volcó un vehículo Land-Rover mientras circulaba por un camino embarrado, con 13 personas a bordo. No hubo que lamentar víctimas, pero las autoridades sospechan de los auténticos motivos de esta curiosa comitiva, ya que al ser consultados, todos sostuvieron que estaban buscando un Atajacaminos Coludo."
Por suerte no se produjo tal vuelco. Y encontramos al atajacaminos, un macho con su larga cola de 60 cm.
Creo que hicimos un recorrido de más de una hora de ida y otra de vuelta, sin éxito. Durante todo este tiempo el chofer hábilmente franqueaba los más patinosos baches, Germán mantenía su mano fuera del vehículo sosteniendo un luminoso faro especial, y los que se sentaban en las ventanas de atrás direccionaban potentes linternas a los beriles del camino. Seguramente Germán sufriría el congelamiento de su mano, pero la ilusión de encontrar nuestro insólito objetivo le permitía superar todas las inclemencias y penurias.
Buscábamos los brillantes reflejos rojos de los ojos del atajacaminos, que tienen el hábito de apostarse, justamente, en los caminos. En la ida vimos dos, pero ninguno era el preciado macho de la especie buscada, el único que tiene esa cola larga. Cuando ya estábamos saliendo del área de mayor probabilidad, fue Daniel, creo, quien advirtió al chofer. Nos detuvimos. Un poco de marcha atrás y un momento de búsqueda con el haz de luz confirmó inmediatamente que era un ojo rojo.
Pero de nuevo podría tratarse de cualquiera de las otras especies, o de una hembra del Coludo. Siempre apuntando las linternas al animal, iniciamos el dificultoso operativo de salir del apretadísimo vehículo. Uno a uno, los ocupantes efectuaban las maniobras de descompresión y estiramiento para cambiar de medio, como mariposas saliendo de su capullo. Uno a uno, nos acercamos hasta unos 10 metros del ave, que estaba posada en el rojizo barreal misionero al costado del camino.
La premisa era no interrumpir el haz de luz que estaba apuntado a sus ojos. Lo primero era determinar la especie: ¿Se trataba del tipo que buscábamos? ¿Era macho? ¿Entonces tenía cola larga? Una a una, las respuestas a estas preguntas se iban contestando en forma afirmativa. Se trataba entonces de un avistaje insólito, que muy pocos han podido presenciar! Hernán puso a trabajar su cámara, disparando una y otra vez, siempre un pasito más cerca. El resto, agrupado detrás del fotógrafo, avanzaba silenciosamente en patota, pasito a pasito, como una tribu de indios, temerosa al descubrir un niño blanco.
A cada paso alguien del grupo, sufriendo de incontinencia mental, dejaba exclamar un "¡que sensacional!", un "¡mirá la cola!", un "¡wow!". La hermandad ornitológica nunca había llegado a un momento de clímax tan intenso. El que no entendía nada era el pobre atajacaminos, pero se portó realmente muy bien, muy tranquilo, ya que nos dejó acercar, creo, a menos de 2 metros. Luego voló, desplegando su magnífica cola al viento. Los observadores no pudimos más que explotar en un emocionante aplauso, como forma de festejar tan insólito encuentro.
El guiso estuvo delicioso. Me fui a la carpa a dormir, bien muñido de mi frasquito de Caladryl.
continuará... @
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