|
Cuántas veces hemos escuchado o leído: "desastres ecológicos", "catástrofes ambientales". "Terremotos", "inundaciones", "sequías", "tornados, ciclones o huracanes" (llamadas de acuerdo en qué región del planeta nos encontremos), "erupciones volcánicas", "rayos y centellas" (en las tormentas eléctricas), etc, etc. Algunos más puntuales y estacionales como: "Monzón" (en el sudoeste asiático) o el "Siroco" (en el Sahara), o las "inundaciones periódicas del río Nilo". Justamente, este último, desde hace más de 8000 años creó la mayor influencia de asentamientos humanos en una región geográfica determinada.
Cuando el ser humano cambió su costumbre de nómade a sedentario, la gran mayoría, eligió lugares que le permitiesen tener accesos cómodos y abundantes a sus: alimentos, agua, refugios, cacería, etc, y, fundamentalmente, protección contra sus posibles enemigos (otras tribus) o los naturales (animales carnívoros o ponzoñosos, inclemencias meteorológicas y cambios estacionales). Con el tiempo, descubrió, que tendría que mantener una prudencial distancia de ciertos puntos específicos, que si bien, le producían el sustento diario y en muchos casos el traslado, su continuo cambio le producía trastornos graves, y muchas veces, la muerte.
Con esos conceptos, aprendió a determinar el sitio de la instalación de su morada permanente. Dentro de ese estudio, debían tenerse en cuenta algunos parámetros. Si el lugar elegido estaba cerca de un curso de agua, investigaba por rastros en el terreno, en la medida de lo posible, cuál había sido su marca superior como consecuencias de crecidas estacionales o lluvias torrenciales. Esa actitud, aseguraba de alguna manera que su hogar, no sería arrastrado por la corriente de agua que bajaba por el curso fuera de madre, tanto producido por el deshielo o por tormentas extremas espontáneas. El deslizamiento de lodo, piedras y nieve, eran parámetros que se tenían en cuenta, como también las especies y cantidad de árboles que los rodeaban. Hoy, quedan joyas arquitectónicas que atestiguan su instalación.
Con los siglos, la población mundial se fue incrementando. Salvo las grandes guerras, las pestes y las plagas que acecharon a la humanidad, ese crecimiento estaba limitado por unos pocos factores: la calidad de vida fue unos de los que más influenciaron, y entre ello, la cantidad y tipo de alimentos. Mientras la expectativa de vida en la época de los romanos era de 25 años (por muchas razones), hoy en algunos lugares, asciende casi a los 85 años promedio.
Pero, ¿cuál es nuestro estigma en los dos últimos siglos?. ¿La contaminación ambiental?, ¿La desertificación y salinización de los suelos? ¿La explotación desmesurada de los recursos naturales no renovables?, ¿los residuos en todas sus gamas?, o también debemos tomar en cuenta otros factores para poner en la balanza.
Personalmente creo que, dos de los factores más importantes que influyen tan negativamente sobre la Tierra son:
- El uso irracional de los recursos naturales no renovables, y
- El crecimiento poblacional y sus dos males: la falta o mala planificación de los asentamientos y el hacinamiento.
El mal uso de los recursos naturales no renovables, además de su pronto agotamiento, nos lleva urgentemente a rever el uso racional de los combustibles fósiles y de la energía. Hoy sabemos que el petróleo, el gas, el carbón mineral, tienen los días contados, no solamente por la reserva de cada uno de esos elementos, salvo este último, sino, por el tipo de contaminación que producen. Es hora de poner todos nuestros esfuerzos en las energías limpias (eólica, solar, geotermia, biodigestor, etc) pero que el impacto ambiental que produzcan no sea tan negativo y que éste pueda ser absorbido por la naturaleza "en forma natural", pero también debemos incrementar nuestros esfuerzos en el uso racional y minimización de esa energía.
Claro, nadie previó hace 80 siglos la planificación de las ciudades en la Mesopotamia asiática o en el recorrido del río Nilo. Posiblemente si se tuvo en cuenta en ese momento, el tiempo y el crecimiento poblacional produjo asentamientos en otros lugares no aptos. Pero cómo criticar a esa gente si en la actualidad está pasando lo mismo.
De una población mundial de 5 millones en el año 6000 a C. hemos pasado a los 1000 millones en el 1850 y a 6000 millones en el 2000, es decir, 1200 veces más, y en ese lapso, la expectativa de vida se triplicó y sigue en aumento, además por suerte, las grandes guerras o las grandes pestes se están acabando o controlando, pero, poblacionalmente ¿hasta cuándo creceremos?, o mejor dicho ¿hasta cuánto podremos crecer?, para colmo, la gran mayoría conviviendo en grandes centros urbanos.
En la escuela elemental nos enseñaron en las clases de geografía sobre las placas tectónicas, los volcanes, los accidentes geográficos, el clima y sus consecuencias en el ambiente, etc, etc. Entonces, ¿Por qué no llamamos a las cosas por su nombre? ¿Cuándo llamaremos por los verdaderos nombres a los continuos cambios estructurales y naturales de nuestro joven planeta Tierra?
Sí se incrementaron desde la revolución industrial los factores contaminantes que afectan a nuestro macro hogar. El aire, el agua y el suelo, están pagando las consecuencias de los malos usos y costumbres que hemos adoptado en los últimos dos siglos. De qué nos podemos extrañar sobre las consecuencias del cambio climático, el efecto invernadero o la disminución de las unidades Dobson de la capa de ozono estratosférico especialmente en los polos.
¿Cómo podemos llamar desastres ecológicos a algo que son naturales que ocurra? ¿No será que nosotros, los humanos, estamos ocupando terrenos que antes eran despoblados y los cambios de esas estructuras no eran percibidos?, o no eran transmitidas al instante por la CNN, la BBC o por Internet. Simplemente, allí no había gente, y si había, se morían y pasaban sin pena ni gloria.
Si nos empecinamos en amontonarnos en grandes ciudades, todos hacinados, contaminando a cada instante y contaminándonos de la misma manera, entonces no nos quejemos. Si hasta cuando nos morimos seguimos contaminando y depredando. Nos entierran a todos juntos en los cementerios, potenciando así, la contaminación que producimos al descomponernos, y además, nos envuelven dentro de un árbol al que llamamos ataud. Cuando el hombre era herrante y moría, pasaba a ser automáticamente el alimento de otros seres en la cadena trófica.
Si seguimos caprichosos, y para colmo, elegimos las costas fluviales o marítimas y muy especialmente en las tierras de baja cota, o al pie de los volcanes (por la tierra rica en minerales para la agricultura), o sobre las "fallas" tectónicas, ¿Cuál es la diferencia entre esto y con jugar a la Ruleta Rusa?.
Las zonas están bien determinadas desde hace muchos años. La teoría de las tectónicas está totalmente aceptada: la corteza terrestre se mueve, como si navegara en su aparente inmovilidad, está como a la deriva, sobre un "mar sólido"; en otras épocas su posición era completamente distinta a la actual y, en el futuro, tendrá otra disposición. Recordemos a Pangea (nombre del super-continente que existía antes de su partición) significa "Todos los continentes" y existió hasta el fin del Paleozoico.
Pues bien, esos lugares existen: son sitios en donde la corteza se hunde bajo otra corteza (recordemos el movimiento de las placas), penetra profundamente y llega hasta el manto donde es fundida; luego es eyectada nuevamente en las zonas en que se rompe la corteza y las placas se separan en un ciclo continuo. En esas zonas de formación, las placas se separan, se forma una nueva corteza. En las zonas de hundimiento o subducción, una placa se desliza bajo otra; la corteza es destruida.
Los movimientos en las zonas de subducción causan terremotos; la fusión de las rocas en profundidad origina el magma, que asciende y forma los volcanes. La actividad de los volcanes tiene ya millones de años de historia y continúa, aunque no siempre puede ser observada a simple vista; por ejemplo, a miles de metros bajo la superficie. En el mar, esa actividad incesante y muy intensa produce constantes cambios en la corteza oceánica.
Pero los daños se incrementan en las ciudades, especialmente cuando éstas están construidas sobre zonas pantanosas, inestables o de construcción edilicia pobre y/o insegura. Los movimientos sísmicos intensos cortan las cañerías del agua corriente y las del gas natural de red. Los incendios se propagan en las ciudades y las desbastan por doquier por culpa del gas expandido y los cortocircuitos eléctricos. A eso se le suma la falta de agua para apagarlos. La denominada "tormenta de fuego" puede causar más estragos que los propios movimientos sísmicos.
Tomemos en cuenta los últimos grandes terremotos registrados, la cifra de los muertos es impresionante. Miremos algunos de ellos: China, 1976, 250 mil muertos. Armenia, el 7 de diciembre de 1988, produjo 25 mil muertos y 500 mil personas sin hogares. En la ciudad de México, el 18 de septiembre de 1985 el sismo ocurrido produjo más de 5.500 muertos y 40 mil heridos. En Tokio, Japón, el 11 de septiembre de 1923, murieron 140.000. En esa ocasión, más de 40 mil personas que se habían salvado del movimiento sísmico y estaban siendo atendidas en un parque, y a consecuencia del incendio que se produjo, se formó la temible "tormenta de fuego", ésta arrasó con los supervivientes del primer desastre, únicamente 30 personas pudieron sobrevivir al siniestro.
Si hablamos de los volcanes, debemos comenzar con el más histórico: el Vesubio, que en el año 79 de nuestra era destruyó las ciudades de Pompeya, Herculano y Estrabia al sur de Nápoles, Italia. En 1815, el Tambora en Indonesia, produjo una ola fría por los gases sulfurosos que duró varias semanas, tanto que, en los EE.UU. desde Maine hasta Carolina provocó enormes pérdidas en las cosechas, especialmente a la del maíz. El Pinatubo en Filipinas lanzó durante semanas toneladas de dióxido de azufre a la atmósfera. El Cerro Negro en Nicaragua, en 1992 arrojó más de 2 millones de toneladas de cenizas.
La historia de los terremotos y las erupciones volcánicas está plagada de ejemplos, lo fundamental, es que saquemos provecho de ella.
Todavía, con la tecnología disponible no podemos predecir los terremotos, tal vez anticiparnos unos minutos a los volcanes, pero lo importante, no pasa por predecirlos sólo anticipadamente, sino que debemos estar siempre preparados.
Las futuras ciudades o asentamientos poblacionales deberán instalarse lejos, o por lo menos, con una buena franja de seguridad, de los cursos de agua torrentosos, de las laderas montañosas y especialmente de los volcanes activos o históricamente activos. La planificación urbana y el diseño de nuevos modelos constructivos edilicios y sus redes de servicios, son importantes para la prevención futura de estos "desastres humanos".
Mientras convivamos en atestados y contaminados ambientes urbanos, hacinados y con un continuo crecimiento poblacional, los cambios constantes en la estructura terrestre van a seguir afectándonos sensiblemente. Debemos tener en cuenta que éstos intensificarán los daños que puedan afectarnos. No quiero ser apocalíptico, pero debemos estar preparados para afrontarlos.
El próximo 22 de abril festejaremos el Día Mundial de la Tierra. Ya lo estamos festejando desde hace casi treinta años, pero en realidad, cuales son las acciones reales y productivas que estamos haciendo para demostrar un sincero respeto y un verdadero festejo por nuestra única y maltratada Tierra, y no como en este caso un: "... Solo por Hoy...".
Hasta el próximo número. @
Ing. Antonio Nicolás Gillari
director@ambiente-ecologico.com
Director General
Multimedios Ambiente Ecológico
|