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   Edición 68 / Marzo del 2000

Opinión




La Atmósfera
¿Cómo Influye en Nosotros?
Por Miguel Grinberg (*)
info@ambiente-ecologico.com

Argentina


Llamada por algunos poetas el "océano invisible", la atmósfera terrestre es una especie de mar de aire por el que nadamos permanentemente sin darnos cuenta de ello, del mismo modo que los peces se desplazan bajo la superficie marina.

Advertimos algunos de sus matices cuando en el invierno nuestra respiración emite vapor de agua y cuando se empañan los cristales del vehículo en que viajamos.

La fauna marina requiere agua límpida para existir, la fauna humana no puede existir sin aire puro. Hay en el aire una gama de gases, humedad y nutrientes que además de ser transportados sin cesar -en condiciones naturales- establecen curiosos términos de intercambio entre las plantas, los animales, los humanos, las aguas y los suelos.

Ninguno de los componentes del aire, suelto, podría sustentar la vida. Decir que respiramos diariamente 14000 litros de una mezcla natural invariable de 78% de nitrógeno, 21% de oxígeno y 1% de argón, neón helio, kriptón, xenón, hidrógeno, metano y óxido nitroso, entrelazada con una mezcla variable (surgida en gran parte del accionar humano) de agua gastada, anhídrido carbónico, ozono, formaldehídos, bióxidos de azufre y nitrógeno, y monóxido de carbono, además de una gama amplia de particulados, puede ayudar tal vez a visualizar la metáfora del océano invisible, del que extraemos algo más de 3 kg de oxígeno cada 24 horas, que quemamos como si fuésemos un motor, a fin de obtener energía.

Podríamos sobrevivir entre 30 y 45 días sin comer, hasta una semana sin deglutir líquidos, y no más de dos o tres minutos sin aire.

Aparte del vapor de agua que incluye, también inspiramos en el contaminado mundo de hoy polvo, humo, variados productos químicos y partículas, y numerosos microorganismos. Tras cada inhalación, nuestro cuerpo obtiene el oxígeno fundamental para todos nuestros procesos vitales, y al exhalar libera anhídrido carbónico y otros subproductos de la actividad química de nuestros órganos.

El aire es reciclado en el planeta del mismo modo que el agua. Se ha dicho que, al respirar, uno bien podría estar absorbiendo algunas moléculas liberadas días atrás por un león africano. Ello, porque el vapor de agua atraviesa la atmósfera en forma de nubes, de allí la realidad indivisible de los mundos líquido y aéreo. En griego, atmos significa "vapor".

Contrariamente a lo que muchos suponen, la provisión terrestre de aire no es ilimitada. El "espacio" no es un elemento apenas, sino que es una combinación de partes complementarias. En la atmósfera se dan una serie de procesos de almacenamiento, transporte y transmisión, que a la vez reciben energía solar y la vuelcan sobre el suelo, las aguas y los seres vivos.

La temperatura ambiental y todas las variables climáticas configuran situaciones a las que todo lo existente se adapta de modo altamente flexible. La pigmentación blanca, rojiza, marrón o amarilla de la piel de los distintos pueblos del globo responde a ese mecanismo adaptativo. Las diferencias térmicas en los ciclos denominados "estaciones" confluyen con otros fenómenos insertos ante todo en el ciclo hidrológico. Por un lado, la acción térmica del Sol produce la evaporación del agua de los mares y de los ríos que recorren cada continente del globo.

Simultáneamente se produce el mecanismo llamado evapotranspiración de la vegetación y la formación de nubes, la condensación en las alturas de ese vapor de agua, y la ulterior precipitación en forma de lluvias que caen a la vez sobre los océanos o sobre las masas vegetales de la Tierra. Sin esta circulación permanente se extinguiría la vida vegetal, de la cual depende toda vida humana y animal. Las plantas se ven influidas por el régimen de lluvias (humedad) y por la temperatura ambiental.

Actualmente, los meteorólogos señalan un desorden climático por la desaparición acelerada de los bosques tropicales y boreales. Esa deforestación quiebra el ciclo hidrológico normal. Al cortarse la evapotranspiración, se altera el régimen de lluvias, que al caer sobre tierras baldías arrastran los nutrientes y abren el ciclo erosión-aridez-sequía.

La emigración del vapor de agua en forma de nubes condena a la desertificación a zonas otrora verdes (el norte africano dominado por el desierto del Sahara fue remotamente un vergel inigualable), pero al mismo tiempo las nubes que interactúan con la evapotranspiración vegetal han migrado a otras zonas donde no hacen falta y causan las tremendas inundaciones que hoy flagelan a grandes zonas de nuestro mundo.

Antes que "pulmones" del planeta, bosques y selvas son sus "riñones", ya que como esponjas retienen en el follaje el agua caída (no todo lo que llueve desciende hasta las raíces), que vuelve al ciclo nubes-caída sobre mar y tierra-evaporación. Los bosques reabsorben gran parte del oxígeno que emiten, a la vez que fijan anhídrido carbónico. La gran oxigenadora planetaria es la vegetación oceánica. Toda planta actúa como absorbedora y fijadora de anhídrido carbónico.

La movilidad atmosférica depende de un permanente flujo entre zonas de alta y baja presión barométrica, y los vientos pueden ser indistintamente húmedos, secos, calientes o fríos.

Parte de esa movimentación se debe a la rotación de la Tierra, de modo que el aire actúa como portador de cuanta emanación surja de los procesos naturales y de todo lo generado tecnológicamente por la actividad humana. Mientras en la estructura atmosférica se mide la presión vertical, las variaciones de temperatura y su composición física y química, los mecanismos de transferencia de energía plasmada en el espectro electromagnético solar y por la radiación terrestre actúan en longitudes de onda diferentes. A los rayos infrarrojos y ultravioletas naturales se suman la radiación ionizante de las fuentes artificiales de energía nuclear, y todas las ondas sonoras y hertzianas de los medios de comunicación inventados por el hombre.

Al rotar velozmente de oeste a este, la fricción de la Tierra con la atmósfera produce efectos cuya combinación altera el flujo natural norte-sur. Este detalle es crucial para advertir que la contaminación viaja tan rápido como el globo, de allí -como ejemplo- que el hollín de los incendios de petróleo durante la guerra del Golfo Pérsico en 1991 haya caído no sólo sobre Irán y la India, sino que se haya encontrado en las nieves de los montes Himalaya y en Suecia.

La polución atmosférica cae no sólo en el país que la produce, sino sobre todos los habitantes del globo. De ahí que el Norte industrializado tenga una impagable deuda ecológica con el Sur. El aire caliente sube, el aire frío desciende. A medida que el Sol calienta la superficie terrestre, el aire más próximo a nuestro planeta se calienta y sube. En las alturas se enfría y desciende hacia la Tierra. Por ello el aire circula sin cesar, y en la zona del Ecuador, al recibir más luz solar que las regiones polares, esa circulación se produce de norte a sur.

El ciclo del agua, la presión y el reparto desigual de masas de aire, además de la rotación terrestre, son la parte mecánica de la función atmosférica que cuando comenzó a llenarse de oxígeno a esa altura de su evolución en que las formas vegetales superiores detonaron la fotosíntesis, colmó la realidad planetaria de oxígeno. Al incrementarse éste, empezó a formarse el ozono que frenaba las radiaciones ultravioletas del Sol. Se estima que la cantidad de oxígeno existente en este mundo ha sido invariable durante los últimos 2000 millones de años. @



(*) Miguel Grinberg, del libro "Ecología cotidiana: cómo transformar nuestra miopía depredadora en un acto de reverencia por la vida" - Editorial Planeta, 1994






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