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   Edición 68 / Marzo del 2000

Columnistas



Los Chicos de la Calle

Por Juan Javier Álvarez
info@ambiente-ecologico.com

Argentina


Son las diez de la noche pasadas. El tren subterráneo avanza, culminando su último viaje. Se abren las puertas en las estaciones y suben ellos, los chicos de la calle. Gritando, columpíándose en los pasamanos, corren por el pasillo de los vagones hasta concentrarse en los asientos vacíos del fondo. Se preguntan cuánto juntó cada uno y cuentan cómo les fue. Alguno de los más chiquitos, de cinco o seis años, dirá al grupo indiferente que hoy, por primera vez, ha conocido el centro de la enorme ciudad.

Y llegan finalmente a la estación cabecera de la línea, y de allí, a las corridas, suben las escaleras, pasan los molinetes haciendo brincos y se pierden en la noche, hacia la estación del ferrocarril. Pero no están solos. Gente sin escrúpulos los explota en beneficio propio, tomando lo que recaudan en sus salidas diarias. Gente ésta que peina las calles en busca de esos niños que ni saben defenderse en la vida, y así como los dejan, así los reunen al terminar la jornada. Algunos casi no han comido (tal vez una porción de pizza o un pancho -hot dog-) y todos tienen frío y sueño.

A la mañana siguiente, a otros les veremos dormir en los zaguanes, en las plazas y andenes, acurrucados de a dos o tres para darse calor en las noches de invierno.

Pero la ciudad nos muestra a otros integrantes que aún en una noche como esta, abren puertas en los taxis, venden flores, piden limosna o canjean una estampita por algunos centavos. Otras, las niñas, caminan por las calles sabiendo que su mercadería puede ser hasta su propio sexo. No tienen dieciocho años, no; algunas apenas pasan de los doce o trece, como la que vimos cercada por dos mozos que, en plena calle y a las puertas del bar, la retenían con un juego de "ingenuas" caricias.

Estos menores que llegan a las calles provienen, en su gran mayoría, de hogares con problemas, donde ven a diario los efectos del alcoholismo, las palizas, la prostitución de las hermanas o la propia madre y sobre todo, las enormes carencias económicas, afectivas y culturales que en ellos imperan. Chicos como éstos son sometidos a una violencia familiar que pasa del golpe a la desatención total, donde los hermanitos mayores cuidan a los menores como pueden o les dejan.

Y un buen día deciden írse, abandonar la casa. Correr su propia suerte. Otros son obligados o conducidos por sus padres a que salgan a mendigar. Sea como sea, vagan por las calles en busca de un sustento, al principio, que les permita vivir.

Pero pronto las cosas se complicarán. No siempre se será niño, inspirando con ésto lástima entre la gente. Se crecerá. Se acercarán otros chicos que tienen experiencia en la calle, pues ya llevan un tiempo en ella. Y con ellos, comienza el menor a vivir otra suerte, mezcla extraña de explotación, drogas y la posibilidad de incurrir en el delito.

Pero veamos el caso desde un principio. Al abandonar el hogar, por el cual muchas veces sienten desprecio, los menores vagabundean entre las calles circundantes a las estaciones de ferrocarril, donde existen bares y mucha gente. En los bares pueden pedir algo de comer, y a la gente, plata. Ese es el inicio de muchos. Allí conocen a otros chicos, de los que aprenden ciertas reglas del juego: lugares donde dormir, la forma de eludír a la policía, cómo pedir bíen, robar, esto por supuesto, enmarcado casi siempre con la presencia de adultos que sacan provecho del esfuerzo de los menores, y hasta incentivan actividades infames, como el ejercicio de la prostitución en las niñas. Y también así, muchas veces, se acercan al mundo de las drogas, empezando por una de las más utilizadas: el pegamento. Eso les hace olvidar sus miserias y les quita el hambre. Pero también los destruye muy rápidamente.

Al tiempo, algunos están en una patota. Pasaron algunos años, y ya no se dedican a pedir; ahora roban. Comienzan las entradas en la policía, y las visitas a los reformatorios o, como ahora se denominan, Institutos de Menores. Según ciertas fuentes policiales, la mayoría de los menores que comienzan abriendo la puerta de los taxis, pidiendo o vendiendo estampitas, con el tiempo caerán en la delincuencia. Esto en los varones. Y en las mujeres, el paso será directamente a la prostitución. El pasaje es caro: del hogar destrozado a la calle, y de ésta a la patota que reemplazará a la familia, por la cual el menor siente un total desapego. Con el tiempo, este desapego puede transformase en resentimiento hacia la sociedad que le rodea, por la cual el niño no siente ningún lazo de pertenencia, sino más bien, de aislamiento.

Comete un delito, y es arrestado. De allí a un reformatorio hay un sólo paso. En la temporada que le toque pasar a este menor allí, conocerá otra cara cruel de la moneda. Verá cómo los más chiquitos son objeto de maltrato por parte de los mayorcitos, y cómo impera una intrincada cadena de favores y servilismos a cambio de la protección de los líderes.

Decir que en esos institutos se cambia sexo por favores no es nada nuevo, como tampoco lo es el hecho que el líder tenga a su "mujercita", como tiene a su "valerio", quien hace tareas serviles, como lavar la ropa, por ejemplo. No, nada de esto es nuevo, pero pasa a diario.

En esas paredes, los más pequeños copian a los mayores. Copian sus vicios y su manera de actuar pues, a fln de cuentas, ellos lo toman como un trabajo para sobrevivir. Y esos líderes, muchachos que llevan varios años, de mayor experiencia, serán los maestros, los guías, el único y mal ejemplo que tienen. A esto habría que sumar el hecho de que conviven menores que han cometido raterías con otros que lisa y llanamente son asesínos o violadores. Y sí nunca han admirado a nadie, aprenden a admirar al más rudo o al que tiene delitos graves que purgar.

Ese menor que comenzó su peripecia en las calles, ahora se halla en una ambiente quizá mucho más hostil, donde la promiscuidad y la adicción a las drogas es moneda corriente. Sistemas para introducir pastillas mediante el uso de artículos que, como golosinas, comestibles o hasta cigarrillos, proveen de paquetes donde alojar, muy bien disimulada, la "mercancía", no resultan novedosos para el personal del establecimiento. Todo un submundo que lejos de ayudar, le ahoga aún más.

Y si, cuando grandes y al salir de los institutos sin otra posibilidad, deciden recurrir a ciertos amigos e iníciarse de nuevo en el delito, sus vidas muchas veces no tendrán otra escapatoria que la cárcel o la vida dejada en un tiroteo. Triste e inmerecido fin de ese niño que abrió sus ojos al mundo tan inocente como cualquiera, pero que, a diferencia de otros, no tuvo lo necesario para concebir una infancia y adolescencia normal, sin carencias, y mucho menos, la necesidad de ser un "chico de la calle". @






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