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   Edición 68 / Marzo del 2000

Opinión




El Derecho a Andar y
el Privelegio de Conducir

Por Greg Grisham
Corresponsal en España del MAE
earcom@nexo.es

España


Conducir un vehículo motorizado es un privilegio a lo cual todos tenemos derecho a acceder. Pero el carnet de conducir no es un derecho en sí sino una licencia para ejercer un privilegio. En cambio, andar o utilizar la bicicleta es un pleno derecho tan básico como es nacer.

La Ley de Circulación da prioridad a quien ejerce su pleno derecho, por ejemplo el peatón, sobre quien ejerce privilegio, por ejemplo el conductor de un vehículo motorizado. En general, La Ley evita que la ley medieval "del más grande" no vuelva a reinar por las calles del siglo XXI.

Sin embargo, en práctica, la ley no se aplica y el más pequeño, el peatón, no tiene prioridad y el más grande, el conductor, sí. No por falla en la ley ni por falta de otra. En cuanto a la protección del peatón y ciclista en la vía pública: no hace falta que se cambie ley alguna ni que se creen nuevas sino que se apliquen y cumplan las ya existentes. En la realidad legal actual, para poder cumplir estas leyes en vigor, es necesario en muchos casos que el peatón ande por encima de los coches.

En la actualidad, en cualquier calle de cualquier población española, el derecho del peatón ha sido atropellado por el abuso del privilegio de poseer y conducir un vehículo motorizado. Ninguna población española ni siquiera se acerca a cumplir las normas vigentes europeas, nacionales, autónomas o municipales.

Legalmente, los derechos del peatón y su prioridad sobre otros modos de transporte menos fundamentales están bien protegidos. Lo que le hace falta al peatón no es más alegato en el debate público sino valentía en la calle pública. Valentía para cuando la ley le obliga andar por encima de un coche, que obligatoriamente ande por encima de un coche.

Hoy otra vez anduve por encima de un coche. Estaba ocupado y aparcado en un cruce peatonal. Llevaba un libro como si lo leyera, subí por la rueda como si fuera un peldaño de escalera, al capó del coche y bajé al otro lado igual, todo rato leyendo el libro como si el coche no existiera. La ocupante se puso como era de esperar, mientras seguía con mi paseo como si no hubiera pasado nada. Unos señores que charlaban por ahí se descojonaron por lo sucedido. @






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