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Edición 67 / Febrero del 2000
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Ochenta millones de estadounidenses empiezan a sospechar de sus teléfonos móviles. Y no es por la molestia de oírlos sonar a todas horas y en los lugares más inoportunos, sino por algo más grave. Desde que una serie de reportajes recientes en los medios de comunicación expusieron los posibles peligros para el cerebro humano de las ondas emitidas por los celulares, los norteamericanos se afanan en mantener sus celulares lo más alejados posible de la cabeza.
Ya es común ver a ejecutivos deambulando por Wall Street con el móvil a la cintura y un micrófono estilo teleoperadora en la cabeza, gesticulando con ambas manos y dando la impresión de estar manteniendo acaloradas conversaciones consigo mismos.
Los norteamericanos no son los únicos que se empiezan a preocupar por los móviles. En mayo pasado, el tercer fabricante de electrodomésticos de Europa, la empresa italiana Merloni, equipó a todos sus empleados con teléfonos celulares provistos de micrófono para la cabeza por "razones de seguridad".
Lo que más llamó la atención fue que el presidente de Merloni había sido anteriormente presidente de la segunda operadora de telefonía móvil de Italia, Omnitel. Enseguida surgió la sospecha de que Omnitel poseía información desconocida por la mayoría del público acerca de la peligrosidad de los móviles.
Aunque todavía no existen datos concretos que demuestren que los móviles sean dañinos, investigaciones gubernamentales llevadas a cabo recientemente en Norteamérica y Europa indican que podría existir una relación causa-efecto entre el uso prolongado del teléfono móvil y la incidencia de males menores como dolores de cabeza, así como de dolencias graves como la pérdida de memoria e incluso varios tipos de cáncer.
El Departamento de Sanidad canadiense ha encargado un estudio para determinar si los celulares pueden cambiar la composición química del cerebro, y para medir la "fuerza de asociación" entre el uso del móvil y los dolores de cabeza, el cansancio, la depresión, y el cáncer cerebral.
La industria de la telefonía móvil -que sólo en Estados Unidos mueve 200.000 millones de dólares al año- se defiende diciendo que no hay pruebas. "No hay datos que demuestren la existencia de efectos sobre la salud," afirmaba recientemente el presidente de la Asociación de la Industria de Telecomunicaciones Celulares de EE.UU. (CTIA), Thomas Wheeler, en el programa de televisión 20/20, que en octubre emitió un reportaje sobre el peligro de los celulares.
Sin embargo, un científico contratado por la misma CTIA, George Carlo, declaraba en noviembre, en una carta dirigida a los líderes de las mayores empresas de telefonía móvil, que "algunos segmentos de la industria han ignorado deliberadamente los hallazgos científicos que sugieren la existencia de efectos negativos para la salud; y han seguido manteniendo que los teléfonos móviles son seguros para todos los consumidores, incluidos los niños". La industria ahora admite que hacen falta más datos para zanjar el tema y ha prometido patrocinar parte de las nuevas investigaciones.
Lo que nadie pone en duda es que los móviles emiten radiación. Un teléfono celular es esencialmente un aparato de radio, y como tal emite ondas electromagnéticas. La radiación emitida por los móviles, de entre 800 y 2200 MHz, es muchísimo más baja que la de los rayos X, por ejemplo, que emiten ondas de más de 1 millón de MHz, y por lo tanto la peligrosidad para el cuerpo humano no es comparable. El problema de los celulares es que, al ir pegados al oído, las ondas penetran directamente en la cabeza, e incluso pueden penetrar en el cerebro hasta una profundidad de una pulgada y media.
El efecto se puede reducir considerablemente manteniendo la antena alejada del cuerpo. Aunque en Estados Unidos todos los teléfonos pasan un test del Gobierno federal para limitar la emisión de radiaciones, en la práctica resulta que un mismo teléfono, dependiendo de cómo se sujete, o bien puede no alcanzar, o bien sobrepasar los límites gubernamentales. Una ley italiana de 1995 ya aconsejaba mantener la antena del móvil a una distancia mínima de 20 centímetros (8 pulgadas) del cuerpo, posición que dificulta considerablemente la recepción de la voz.
Así pues, hasta que se invente algo mejor o se demuestre la inofensividad de los celulares, puede que el "look teleoperador" se vaya imponiendo poco a poco entre los usuarios de móviles de todo el mundo. @
Redacción New York
www.telepolis.com
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